Martes 24 de septiembre de 2013
El órdago secesionista del nacionalismo catalán está retratando las dos realidades que hay actualmente en el PSOE; realidades que ayer escenificaban los dos últimos ex presidentes socialistas. Felipe González, El ex presidente del Gobierno, aseguraba en una conferencia que “la independencia de Cataluña como objetivo es imposible”, pidiendo así mismo “que se deje de galopar hacia un imposible, ya que esta actitud puede provocar una fractura económica y social de la que nos costará recuperarnos más de cuarenta años”. José Luis Rodríguez Zapatero, por su parte, escribía una columna en el diario El Mundo donde, en una argumentación tan confusa como plúmbea, culpa de casi todo a la Constitución y vuelve a amagar con el concepto de federalismo, aunque sin definirlo con precisión y propiedad.
Este es, precisamente, uno de los dramas del socialismo actual: frente a un sector representado ayer por Felipe González, con un sentido de estado incuestionable y un discurso claro y conciso sobre las cuestiones que importan, está el de los que comparten la forma de hacer política de Zapatero, y que ha llevado al actual estado de cosas. A día de hoy, nadie en Ferraz ha salido a la palestra a explicar qué entiende el PSOE por federalismo. Tampoco se aclaran con el modelo territorial, atenazados como están en Cataluña y Euskadi con sus complejos nacionalistas. El zapaterismo puso en práctica diversos pactos cuyos resultados a la vista están: de legislatura tanto en clave nacional -con Esquerra- como autonómica –el tripartito- y de exclusión -el Tinell-. Además, está su actitud ante el Estatut, origen de múltiples problemas. Pero, sobre todo, lo que los zapateristas nunca han explicado es con arreglo a qué mágica filosófica un partido internacionalista y de ciudadanos deviene en nacionalista y de territorios. De esos polvos vienen hoy estos lodos. Más le valiera a los socialistas actuales mirarse en el espejo de Felipe González en detrimento del de Zapatero.
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