Alicia Huerta | Miércoles 25 de septiembre de 2013
Resulta tan inconcebible que un padre o una madre mate a su propio hijo que, cuando parece que pudiera haber ocurrido, a lo primero que nos lanzamos es a buscar posibles causas o motivaciones. Lo hacemos con mucho más ahínco que en cualquier otro tipo de homicidio, incluso en aquellos en los que el presunto culpable también guarda algún tipo de relación familiar con la víctima. Y es, quizás, el filicidio materno el que más incomprensible se presenta a nuestros ojos, a pesar de que el mismo ha existido desde siempre y en cualquier rincón del mundo. Pero, ¿qué puede llevar a una madre a terminar con la vida de su hijo? En 1969, el psiquiatra estadounidense Phillip Resnick diferenció cinco motivaciones principales que le sirvieron para clasificar el filicidio en cinco categorías a partir del estudio de 130 casos documentados ocurridos desde 1751 a 1967. Resnick, cuya clasificación sigue vigente, propuso la misma partiendo de las explicaciones dadas por los propios agresores. Según el estudio, el filicidio podía ser de tipo altruista (se quiere proteger al hijo de algún tipo de mal y suele estar relacionado con una depresión mayor de la madre que posteriormente se suicida), agudo psicótico (también muy asociado a trastornos psíquicos, como los delirios que el agresor luego no puede explicar), el llamado del niño no deseado, el de tipo accidental (consecuencia de malos tratos que no buscan la muerte pero desembocan en ella, “síndrome del niño zarandeado”) y, por último, el de Medea, que toma el nombre de la mitología clásica en referencia a la venganza de uno de los progenitores que castiga al otro arrebatándole la vida de su hijo.
Sí, la pregunta de por qué una madre o un padre mata a un hijo se nos plantea cada cierto tiempo y siempre, en cada una de las ocasiones, volvemos a enfrentarnos a ella con estupor. Cuando un niño desaparece o es asesinado, el primer sospechoso es uno de los progenitores. Está comprobado que la mayoría de asesinatos de niños tienen como culpable a uno de sus padres y los estudios más recientes señalan que el porcentaje podría estar en torno al 85%, siendo las muertes de tipo extra familiar casi excepcionales. Aún así, no importa su frecuencia. Pocos crímenes conmueven y horrorizan a la opinión pública con tanta fuerza como los homicidios de hijos a manos de sus padres. Por eso, desde que este martes se conoció la detención de Rosario Porto Ortega, la madre de la niña de doce años cuyo cadáver fue encontrado la madrugada del domingo en una pista forestal a pocos kilómetros de Santiago de Compostela, los medios se han volcado en entrevistar a amigos y familiares de la detenida, en recabar opiniones de expertos, siempre en busca de un porqué capaz de “aliviar” esa sensación de que los humanos podemos llevar a cabo atrocidades inhumanas. Queremos encontrar como sea una respuesta que vuelva a reconciliarnos con nuestros pares.
En todo caso, ha pasado tan poco tiempo desde la terrible muerte de Asunta y la posterior detención de su madre, así como de la imputación de su padre, que lo primero que corresponde hacer es poner por delante de cualquier tipo de análisis, teoría u opinión la presunción de inocencia. La de Rosario, conocida abogada de Santiago y ex cónsul honorario de Francia en su ciudad, y la del periodista Alfonso Basterra, padre de la niña adoptada en China por la pareja cuando aún era un bebé que no había cumplido el año. Por el momento, la policía continúa realizando registros y ha contado con la inestimable colaboración de ese indiscreto ojo que a todos nos vigila cuando caminamos por la calle sin reparar en las cada vez más numerosas cámaras que enfocan indiscriminadamente desde las esquinas o fachadas de tiendas, gasolineras, parkings, cajeros automáticos, edificios públicos, etc. Del visionado de las grabaciones de esas cámaras extrajeron los investigadores el hilo del que todavía siguen tirando hasta saber a dónde les lleva. Dos imágenes, como mínimo, parecen contradecir las declaraciones realizadas por Rosario cuando acudió a la comisaría acompañada de su ex marido para denunciar la desaparición de la niña el sábado por la noche. Porque se ha hecho público que en las citadas grabaciones se puede ver cómo Asunta sube al coche con su madre a una hora en la que, según la denuncia realizada, la niña ya había desaparecido.
Por otra parte, la imputación de Rosario refiere “incongruencias y ambigüedades” en sus declaraciones, que llevaron a su detención en el mismo tanatorio momentos después de que fuera incinerado el cuerpo de Asunta. No entiende la policía tampoco el relato que hace ahora Rosario de un intento de agresión que supuestamente sufrió Asunta el pasado mes de julio en el domicilio familiar a manos de un hombre y que nunca fue denunciado. Y lo más definitivo de lo que hasta ahora ha trascendido: un pedazo de cordel naranja hallado en las inmediaciones del lugar donde se encontró el cadáver es, en apariencia, igual a otro encontrado en la casa de campo que Rosario heredó de sus padres – un prestigioso abogado y una profesora universitaria fallecidos en 2011 y 2012 sólo con seis meses de diferencia – y que ha llevado a la policía judicial a hacer un exhaustivo registro en dicha finca. Allí se busca también la escena de este crimen que ha conmocionado a los vecinos de Santiago, muchos de los cuales aún siguen sin dar crédito a que una de sus ciudadanas modelo pueda estar en el punto de mira de la policía. Pero mientras se investiga policial y judicialmente, fuera, en la calle, desde los medios, se seguirá escrutando la vida de Rosario para, si finalmente es juzgada y declarada culpable del homicidio o asesinato, encontrar esa causa mayor o irresistible motivo al que aferrarnos. Porque parece que las cosas no descansan, no terminan, hasta que encontramos el porqué, aunque se trate de uno que brota delirante de la cabeza enferma del agresor. Igual que siempre ha existido el filicidio, es un hecho demasiado cierto y demasiado cruel que los niños son las víctimas más directas de las enfermedades mentales que aquejan a su padre o a su madre. Puede que no lleguen a perder la vida, pero no será ya nunca como la de los demás.
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