Martes 01 de octubre de 2013
Apenas pocos meses después de la formación del Gobierno Letta, Italia ya vive nuevamente una grave crisis de Gobierno. Se trata de una crisis provocada por Silvio Berlusconi que, tras el fútil pretexto de la subida de un punto del IVA, ha impuesto las dimisiones de los miembros del Gobierno de su partido. Berlusconi se opone a las sentencias que recientemente le han condenado, considerando que el voto está por encima de la Ley. De la misma manera, el cavaliere sigue concibiendo la política como una actividad personal, un instrumento para la defensa de sus intereses. Años marcados por la confusión público/privado, en los que los intereses personales del magnate han condicionado la política nacional. La decisión de Berlusconi no modifica su destino judicial, pero si compromete el futuro del país, empujando a Italia, una vez más, al borde del precipicio.
La actitud de Berlusconi liga indisolublemente su situación personal al destino del centroderecha italiano, tratando a los parlamentarios de su partido como vasallos que deben anteponer la voluntad del dueño a los intereses del país. Cabe esperar que dentro de las filas del Pueblo de la Libertad se levante alguna voz crítica, hartos de esta sujeción y de tolerar los caprichos de un líder cada vez más distante de los problemas del país. Podría ser la ocasión perfecta para que se produjera una implosión en el centroderecha italiano, que finalmente diera vida a una derecha liberal, moderna y moderada. En esta encrucijada, los políticos italianos deben demostrar si les interesa más el futuro del propio líder o el futuro del país. Se trata de renegar de la irresponsabilidad política del líder y abogar por la lealtad hacia las instituciones.
Con los presupuestos de 2014 aún por aprobar, la situación de Italia resulta grave: no debe extrañar el aumento de la desconfianza de los inversores en el mercado de deuda italiana, debido a la constante inestabilidad política. Los mercados toleran mal la disgregación de un Gobierno. La debilidad económica y la inseguridad política representan un gran peligro. Cabía esperar que el Gobierno Letta diese la máxima prioridad a la adopción de aquellas medidas realmente necesarias para el interés del país, de aquellas reformas improrrogables que salvasen a Italia de esta difícil situación. No obstante, una vez más los problemas políticos han enturbiado la situación e imposibilitado las reformas. La emergencia de Italia ya no se llama sólo prima de riesgo, desempleo o recesión económica, sino nuevamente también ingobernabilidad. No obstante, el país no puede permitirse asomarse nuevamente al abismo de la ingobernabilidad o al caos de unas nuevas elecciones, sin haber modificado anteriormente la pésima ley electoral. Hace falta un cambio, no una nueva panacea temporal: la búsqueda de una nueva mayoría podría ser insuficiente para evitar la parálisis gubernamental. Al mismo tiempo, no se puede permitir que la tercera economía de la eurozona siga siendo rehén de un político sin escrúpulos, preocupado por sus problemas personales. El futuro de Italia –y, en buena parte, el de Europa- no puede ser secuestrado por Berlusconi.
TEMAS RELACIONADOS: