José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 04 de octubre de 2013
A poca que sea la experiencia de la vida atesorada, siempre bastará para saber que historia y verdad no se identifican invariablemente. “Veritas filia temporis est” reza el conocido apotegma clásico. Pero, en ocasiones, aun la historia debida a cultivadores profesionales y encanecidos en el oficio de Clío no responde, parcial o absolutamente, al auténtico discurso de la realidad pretérita.
Por fortuna, y como suele acontecer en la mayoría de las veces –se añadirá con prisa para evitar la acusación de iconoclastia a lo escrito-, ambos términos se adunan estrechamente en el caso referido a continuación. Ha pocas semanas un periódico de la mayor audiencia y ennortado en sus líneas programáticas por el rigor de sus textos reproducía un artículo de célebre diario norteamericano en el que su autor volvía a entonar cantos epinicios a la tolerancia imperante, según él, en la Córdoba musulmana. Para robustecer los cimientos de su tesis, traía igualmente a colación afirmaciones del mismo tenor expresas en fechas recientes por escritores árabes muy sobresalientes de la hora actual, en particular, de nacionalidad libanesa y aun palestina, arrobados en su reciente visita a la ciudad de la Mezquita con el espectáculo, en verdad, deslumbrador de su contemplación. Con imaginación unos y otros de auténtica progenie islámica aducían que su construcción debiose, en ancha medida, al clima dialogante y fecunda interacción entre las culturas del “Libro” que reinaron en la Córdoba de la fecha indicada.
El cuadro, en su irenismo, no puede ser, ciertamente, más irisdicente, al tiempo que estimulante para apostar con toda decisión por la solidaridad entre los humanos y la convivencia de pueblos y estados de diferentes credos políticos y religiosos. Nadie dudará, desde luego, que la apuesta ha de mantenerse a toda costa, a redropelo incluso de los atentados y desfallecimientos que en tan gran número ofrece la crónica cuotidiana del planeta. Pero mantener la fe en tan noble empresa con el ejemplo de lo sucedido en la Córdoba de un milenio atrás es sencillamente una grosera deturpación de la historia, en modo alguno disculpable por la pretendida o real buena intención de los manipuladores. La ignorancia no concede ningún salvoconducto para la instrumentalización y uso falaz de la historia, sin que el fin justifique en forma alguna el medio empleado. Si alguna unanimidad existe en el gremio de los estudiosos con estatus académico contrastado en la investigación de la etapa califal y la precedente, es que su vera imagen no responde en absoluto a la de “un mundo feliz”, del que estaban desterradas la opresión o, si se quiere, la exclusión de judíos y cristianos, sobre todo, de éstos. Castigos excruciantes, asesinatos y vejaciones no dejaron de extender su negra sombra en los sectores acabados de aludir en todas las páginas del periodo indicado.
Pero sin duda aún más pesarosos que la divulgación desde tribunas mediáticas de gran ascendiente semejan el olvido o preterición de los muchos y acreditados expertos que en nuestra comunidad científica se cuentan en la materia. Sólo de manera muy excepcional son reclamados para emitir su solvente juicio en cuestión tan remecida hoy en los foros políticos y en los de algunas organizaciones internacionales. Y mientras tal conducta no se modifique, será quimérico albergar esperanza alguna en la regeneración de nuestra vida cultural. El arabismo es, sin cuestionamiento posible, uno de los grandes activos del acervo humanístico de la España contemporánea. Cualquier ofensa a su justo y elevado prestigio se traducirá, ineluctablemente, en una fractura de nuestra identidad como pueblo.