Opinión

Rusia, 22 años después

Juan José Laborda | Sábado 05 de octubre de 2013
El 20 de agosto de 1991 me encontraba navegando en un pesquero de unos amigos de la infancia. Era un barco de mucho porte, y que con una mar bella nos habíamos atrevido a separarnos más de 60 millas de la costa. La intención de aquella navegación era pescar bonitos, y ciertamente, la “marea” estaba siendo muy satisfactoria; no sólo por el número de peces entrados a bordo, sino por el tamaño de muchas presas; conservo aún las fotografías, en las que se aprecian unos “matreros” (los bonitos más grandes) que pesarían más de arroba y media.

Pero el motivo esencial era encontrarnos los amigos en medio de la mar. Los placeres elementales que Oscar Wilder atribuye a los seres complejos: narrar historias, comer con el hambre que sólo la brisa del mar produce, beber mucho sin miedo a emborracharse, el placer que se siente cuando los carretes silban, y los más atentos gritan: ¡preso! A continuación se inicia un rito muy antiguo: subir a bordo con las manos un pez increíblemente fuerte. Carlos Barral cuenta que algo así le sucedió en Cuba; sólo que el marinero desconocía la ciencia de hacer nudos pesqueros, la llamada “cabuyería”; recuerdo muy bien el comentario de Barral, que fue un pescador clásico: “aquel marinero ignoraba empatar anzuelos con unos nudos que los griegos usaron hace 2.500 años”.

Por aquellos años salíamos al mar con un compás, a veces con un radar, y con una o dos emisoras de VHS. Las comunicaciones por satélite existían, pero casi nadie las tenía por su elevado precio. A media tarde recibimos una llamada por radio, en la que un patrón de otro barco, que me conocía mucho, comunicaba que yo debía volver a puerto lo antes posible; para tranquilizarme, me aclaró que no me preocupase, que no había sucedido ninguna desgracia en tierra, aunque le habían dicho que en Rusia se había producido un golpe de Estado contra Gorbachev, y que desde Moncloa me avisaban que había riesgo de que estallase una gran crisis internacional. El patrón amigo tenía instalado un aparato de banda lateral, y con esa frecuencia había recibido el mensaje, con la que mis colaboradores, desesperados, intentaban localizarme.

El golpe de Estado duró tres días. Gorbachev estaba inmovilizado, y los golpistas -generales soviéticos, altos funcionarios y miembros del KGB, todos ellos nomenclatura del PCUS (el partido comunista de la Unión Soviética)-, estaban difundiendo que Gorbachev se encontraba mentalmente incapaz.

Fueron unos días angustiosos. Sin embargo, Europa y Norteamérica seguían de vacaciones, aunque sus poblaciones curioseaban en las televisiones lo que estaba pasando en el Kremlin y en la otra “Casa Blanca”, la sede del gobierno de Boris Yeltsin, el responsable de Rusia, la más importante Federación de la URSS.

Nuestro presidente del Gobierno, Felipe González, estaba en contacto con los principales dirigentes occidentales. Cuando llamé a la Moncloa, el presidente me hizo un breve resumen de los riesgos que existían, y añadió que no todos los líderes europeos pensaban lo mismo; no se extendió más, y me señaló que la ministra Rosa Conde nos informaría en adelante a los dos presidentes de las Cámaras legislativas.

Más tarde supe qué significaba que algunos líderes occidentales “pensaban de forma diferente”. El presidente francés, François Mitterrand, había “entendido” el golpe de Estado, y la consiguiente vuelta al régimen soviético anterior a la “perestroika” de Gorbachev.

Mucho tiempo después, Felipe González manifestó que Mitterrand prefirió el regreso a la política de bloques de la guerra fría, en la que Francia, desde los tiempos de De Gaulle, había jugado ventajosamente con las tensiones entre Washington y Moscú.

Esta semana escuche en Madrid a uno del personajes claves de aquel drama colosal: Gennady Eduardovich Búrbulis, que en aquellos días se desempeñaba como Secretario de Estado para Rusia, y que fue uno de los colaboradores más leales a Boris Yeltsin. Todo el mundo que por televisión le vio encaramado en un carro de combate, asocia a Yeltsin con el héroe que impidió así el triunfo de los golpistas. Gennady Búrbulis insistió en la imagen del carro de combate, el arma con la que soviéticos sometieron a los berlineses, a los polacos, a los húngaros y a los checos, cuando estos pueblos se rebelaron contra ellos. En Moscú bastó un gesto de audacia, el de Yeltsin, para que los carros se retirasen sin abrir fuego contra el pueblo de Moscú. ¿Por qué ese cambio? Las imágenes trasmitidas con inmediatez hicieron más que los cabildeos de ciertos líderes occidentales. El caso fue que la URSS desapareció, y el todopoderoso PCUS fue declarado ilegal.

Fue magnífico escuchar a Búrbulis sus reflexiones 22 años después. Él defiende la democracia con pasión, y tiene una visión política que sitúa los valores morales por encima de los logros materiales.

Le hice una pregunta que resumo aquí: ¿Por qué Gorbachev no pudo ser Den Xiaoping? ¿El Estado chino tiene una fortaleza que no tenía el Estado soviético? ¿O fue el factor humano el que explica lo que sucedió en uno y otro país saliendo del comunismo leninista o maoísta? Gennady Búrbulis se inclinaba por los protagonistas individuales.

TEMAS RELACIONADOS: