Opinión

En torno a la corrupción

Alfonso Cuenca Miranda | Domingo 06 de octubre de 2013
Nos guste o no, corrupción ha habido siempre, y siempre acompañará a la aventura humana en el planeta Tierra. Basta leer a Tucídides para ser conscientes de su presencia incluso en uno de los modelos más perfeccionados de la democracia, el de la Atenas clásica (reconociendo la limitación que suponía su restricción a una parte de la población). Suele afirmarse, no obstante, que en los últimos tiempos la corrupción se ha intensificado. Sin poder dar una respuesta rotunda a tal aserto, sí debe señalarse que la mayor imbricación Estado-sociedad propia de los modernos modelos de Bienestar, multiplicando los puntos de contacto entre el primero y la segunda, hacen que las ocasiones propiciatorias de la corrupción sean mucho mayores que en el pasado. Pero, en cualquier caso, con independencia de que haya en la actualidad más o menos corrupción que en épocas pretéritas, lo cierto es que se hace imperioso el intentar atajarla (ya que pretender erradicarla es algo que roza lo utópico), minimizándola lo más posible y, sobre todo, acotar su espacio respondiendo con contundencia ante los casos que se susciten. Si ello ha sido y es necesario en todo tiempo y lugar, en la actualidad lo es más, ya que la corrupción está siendo crecientemente utilizada como elemento de descrédito del sistema político, algo muy peligroso para la propia supervivencia de nuestras democracias.

Es importante subrayar al respecto que la pretendida crisis política presente no sería sino la correlación de una más amplia crisis social. Existe una clara correspondencia entre una y otra, algo que debe tenerse muy en cuenta si no se quiere errar completamente el diagnóstico y, sobre todo, el tratamiento. Sin embargo, esta correspondencia raramente es mencionada en los análisis que aparecen en los medios de comunicación.

Y es que, efectivamente, asistimos en los últimos tiempos a una sociedad en crisis, en especial en lo que se refiere al terreno de los valores morales. La propia palabra, moral, por increíble que pudiera parecer, es rechazada o, cuando menos, silenciada socialmente, considerada como una intromisión inadmisible en la libertad e intimidad de cada uno, o despreciada como ingenuidad propia de otros tiempos. Pensadores como Dahrendorff o, ya en nuestro país,la profesora Adela Cortina han puesto de relieve los perjuicios de tal relegación, principalmente, en lo que se refiere a la continuidad de nuestro modelo democrático de libertades.

La base social de la problemática situación actual es indudable. En primer término, por el simple hecho de que la tan denostada (en numerosas ocasiones injustificadamente) clase política no es sino, en muchos aspectos, un reflejo de la sociedad que la “produce”. Los políticos nos son alienígenas depositados en nuestro mundo, son producto de la sociedad de la que proceden. A ello, deben añadirse una serie de consideraciones. Así, el nivel cultural de la sociedad en general no es ajeno a lo que nos sucede. Está demostrado que una comunidad culta tolera en menor medida la corrupción que otra de más bajo nivel cultural. Por ello, la labor a realizar es mucho mayor de lo que podría suponerse. Implica un formidable desafío de regeneración social que exigeun cambio que abarca desde la escuela y la universidad, pasando por los productos televisivos que se ofrecen, hasta nuestras propias conversaciones de café.

La tarea ha de suponer implicación, compromiso (otro vocablo desgraciadamente desterrado del uso social y político). Es necesario articular una sociedad civil fuerte. La experiencia demuestra que los países con un robusto tejido social se defienden mejor de la enfermedad de la corrupción; por el contrario (y los países del este de Europa son un claro ejemplo) aquellos en los que la sociedad civil es inexistente o muy débil (precisamente uno de los más devastadores efectos de los antiguos regímenes comunistas) son campo propicio para el florecimiento de las conductas corruptas. En este sentido, España ha de mejorar mucho, máxime si se tiene en cuenta que nuestro país posee una de las tasas de asociacionismo privado más bajas de todo el Viejo Continente.Como observara hace casi dos siglos Tocqueville, el asociacionismo es una de las claves imprescindibles para el adecuado funcionamiento de un sistema democrático, como elemento visible de una sociedad civil con conciencia crítica, presta a exigir responsabilidades a sus gobernantes.

Por otra parte, la tan cacareada degradación de la política (que jugaría simultáneamente como origen y consecuencia de la corrupción) tiene causas adicionales, e incluso más profundas, que una pretendida deficiente selección de las élites dirigentes. En primer lugar, la propia reducción del actual discurso político a meros slogans. Esta simplificación del mensaje político no es achacable en exclusiva al emisor del mensaje, sino que el propio receptor del mismo cuenta con una importante responsabilidad en que ello suceda. El público parece no querer grandes discursos, demanda “whatsapp políticos” y no argumentaciones que le exijan un mínimo esfuerzo. De otro lado, el sectarismo político se hace más presente de lo que fuera en el pasado reciente, sectarismo que, curiosamente, es más evidente en el público y en muchos “media” que en los propios actores principales. La política se asemeja así a las filias futbolísticas, inalterables de por vida. Esta “hooliganización“ provoca que el debate y la argumentación políticas se encuentren cada vez más ayunas de la racionalidad necesaria y que sólo muy generosamente pueda hablarse de la existencia de una opinión pública en el sentido que dieron al término los padres de la Ilustración, como cuerpo de ciudadanos con auténtica capacidad crítica.

De otro lado, aunque en principio pueda sorprender a algunos, falta ideología (en el mejor sentido del término). La desideologización del discurso político, debido entre otros factores a la caída del Muro y a la percepción por los partidos de que en el centro de encuentran los más suculentos caladeros electorales, hacen que la política sea cada vez más neutra. La falta de enfrentamiento ideológico y, por lo tanto, de propuestas de contenido, tiene como uno de sus efectos negativos el que la lucha política se centre más en una pugna en torno a la honradez de los candidatos que en una confrontación de programas políticos. Ello hace que el ágora se sustituya por los tribunales de justicia como terreno de la contienda, erigiéndose los medios de comunicación en el principal escenario dirimente de la misma, con todo lo que ello implica.

Todo lo apuntado contribuiría a explicar la disminución de la calidad de la política en relación con otros períodos más o menos próximos. Evidentemente, los factores señalados no descargan a la clase política de su responsabilidad en el hecho de haber llegado a la actual situación. Sin embargo, hemos de ser conscientes de que nosotros “íbamos en ese coche” y, sobre todo, de que seguiremos yendo en él. La percepción de innegables deficiencias en nuestro actual sistema (y por lo tanto, de aspectos que necesitan mejoras) no puede servir de puerta de entrada a visiones que pretenden sustituirlo, es decir, destruir un modelo que, con todas sus imperfecciones, no tiene alternativa mejor. El siglo XX (no hace tanto) nos enseñó con creces los peligros que entrañan “soluciones” propuestas en una encrucijada como la actual. Así, pues, la tarea a realizar no es una labor parcial, sino el desafío de toda una generación. La preservación de lo que tanto costó alcanzar así lo requiere.