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¿Por qué el Real Madrid entrega al capricho del azar sus opciones en la Liga?

trompicado arranque madridista

Lunes 07 de octubre de 2013
El equipo madrileño discurre a cinco puntos de los líderes de la Liga BBVA con tan solo ocho jornadas disputadas, y lo hace gracias a triunfos sobre la hora y una actuación arbitral legendaria en lo negativo. La derrota en el derbi expuso los males que afectan al nuevo proyecto madridista. El Imparcial analiza qué elementos no permiten despegar a la gestión de Carlo Ancelotti como el madridismo esperaba tras el abrupto cierre de la era Mourinho.

La presunta incompetencia de un colegiado “que quizá no estaba en las condiciones personales adecuadas para trabajar” -según el eterno capataz del gremio arbitral- y el peroné inoportuno de un zaguero tan impetuoso como agotado sustentan la maltrecha reputación del Real Madrid en la Liga recién estrenada. Así de simple. De las situaciones que desencadenaron los mencionados protagonistas involuntarios -véase, la escandalosa victoria sobre la hora en Elche y el inicio de la volcánica remontada in extremis ante el Levante- yace la culpabilidad de evitar que la tensa calma con la que sobrelleva Ancelotti su estancia en la capital española se tornara en petición de desahucio del banquillo merengue, con referéndum a mano y pañuelo alzados en el quórum del Santiago Bernabéu.

Con tan solo ocho jornadas disputadas, el nuevo proyecto de Florentino Pérez no empeora el terrible registro cosechado por el divorcio Mourinho-vestuario en este mismo peldaño de la temporada anterior por las -todavía- incomprensibles decisiones de Muñiz Fernández en el Martínez Valero y el rechace que Juanfran provocó por su posicionamiento frente al chut de Ronaldo, convirtiendo la estirada de Keylor Navas en un ejercicio de futilidad, en el minuto 89 del partido disputado el pasado sábado. De hecho, a estas alturas del calendario, el desecho Madrid de “Mou” cedía 8 puntos ante el empuje de Barça y Atlético, tan solo tres más que el conjunto de jugadores que Carletto trata de convertir en equipo a trompicones. Firmar las tablas ante el recién ascendido alicantino y tropezar ante los granotas era el paisaje que marcaba la lógica de los acontecimiento y habría significado, con notable probabilidad, el primer agujero serio sobre la legitimidad del técnico italiano y su modelo de gestión aplicado a un vestuario tan particular como el que maneja en la actualidad.

Estas hipótesis vienen a reflejar de manera gráfica la influencia de lo intangible en el desenlace de los partidos de fútbol, el hueco que el azar tiene reservado y lo complicado del rol que le ha tocado desempeñar a Ancelotti. Pero, completados ya los 100 días de gestión al frente de la pregonada nueva era deportiva e institucional del transatlántico madridista, justificar el gris desempeño colectivo de este renovado Real Madrid escudándose en la necesidad de tiempo para crecer y cohesionarse –ocupando esta consideración, ciertamente, un porcentaje de los males que aquejan a la crisis de juego merengue- resulta más un eufemismo que un análisis en profundidad.



Las dos reuniones mantenidas a comienzos de la pasada semana entre el cuerpo técnico y la plantilla, primero, y los entrenadores y la cabeza visible de la directiva, después, no admite una interpretación anecdótica, sobre todo, considerando que ambas se ejecutaron como reacción al sonrojante repaso táctico que el Atlético de Madrid propinó al ocho veces campeón de Europa, rompiendo la inercia de 14 años sin vencer a su rival aristócrata en un derbi liguero y, de paso, provocando un carrusel de reproches públicos entre jugadores. En el fragor de la batalla no cabe el disimulo y Pepe interpretó, muy a su pesar, el rol de narrador de la cascada de desajustes que sufría el esquema dibujado por su entrenador. Los reproches relativos a la escasa implicación defensiva de los atacantes -a los que se unió Sergio Ramos y Diego López- escenificaron, con meridiana claridad dialéctica, la explosión de la calamitosa cohesión táctica que arrastraba el equipo desde el inicio del presente ejercicio en el peor escenario imaginable: en casa y ante el enemigo íntimo.

La Champions regresó para brindar el tradicional papel balsámico que cumple en su primera fase en Chamartín. La endeble entidad del Copenague, achicado por sus errores defensivos y los efectos simbólicos del miedo escénico del coliseo madrileño, no defraudó y la sonrisa regresó para poblar la tribuna del Bernabéu como contraprestación a la exhibición individual de técnica de Ángel Di María. La cita continental ofreció el idílico caldo de cultivo para revertir la imagen de desentendimiento colectivo hacia lo trabajoso de este deporte. “Creemos que tenemos la oportunidad -ante los daneses- de tener una buena reacción a la derrota del derbi porque el partido tiene otro significado: cambiar la actitud y el espíritu”, declaró Ancelotti en la previa del evento europeo. En aquella sala de prensa de la ciudad deportiva de Valdebebas, el técnico transalpino deslizó con premeditada sutileza -acorde con el regenerado pacto de vestuario- que el equipo sufría tanto en defensa ante rivales de escasa capacidad creativa porque un sector de sus pupilos estaban repitiendo el esquema de la pasada temporada y desatendían, de manera deliberada, sus obligaciones para con la presión o los marcajes en el balón parado. “Hemos perdido un poco de equilibrio defensivo a causa del aumento de posesión y la recuperación del balón no es buena”, zanjó el preparador italiano.

Su diagnóstico no podría resultar más certero, aunque la relación causa efecto entre la posesión y la huelga en la faceta defensiva de algunos jugadores protagonizaría un ferviente debate. El Madrid ha subido su control de la pelota por encima del 60% de media en lo que va de temporada, superando con creces el 55% con el que cerró el año los últimos estertores de la experiencia de Mourinho en el banquillo merengue. El equipo trata de gozar de mayor protagonismo y mandar en el juego, pero la actitud no acompañaba en la parte delantera cuando de cerrar filar y achicar espacios se trataba -excepción hecha al referirse al voluntarioso Di María-. No en vano, son numerosos los meses que el aficionado madridista se ha visto obligado a esperar para comprobar como Cristiano Ronaldo bajaba a echar una mano o aceleraba para ahogar la salida de juego del zaguero rival. Es por esta dejadez que el nuevo proyecto no termina de despegar: la pelota se pinta de blanco, los rivales llegan menos, pero cuando buscan la portería de Diego López lo hacen con una claridad impropia de un club que aspira a reencontrar el camino de la gloria universal y el conjunto sufre.


Este problema de desconexión generaba una ruptura abrupta entre las líneas y convertía cada pérdida de pelota en una tortura -ya fuera para tratar de recuperar la posesión o para mitigar el veneno de los contraataques del contrincante de turno-. De hecho, desde el primer partido oficial disputado en agosto, el Real Madrid solo ha concluido un encuentro sin que Diego López no se haya visto obligado a desenredar una pelota de entre las redes de su portería. Este constituía el primer elemento nocivo a corregir, ya que sin equilibrio -resulta de dominio público que en el fútbol moderno, atacar y defender son labores colectivas- se igualan los presupuestos y las fuerzas de los combatientes. Salvo honrosas excepciones, no hay club que levante trofeos sin sacrificio.

Una vez subsanado este inaplazable punto -gabinetes de urgencia mediante-, el bloque capitalino se dispuso a olvidar la trayectoria de borrones domésticos que convertían su arranque liguero en un deja vu de nefasto recuerdo. En el Ciutat de Valencia se notó el progreso en lo relativo al control de la posesión (70%) y, aunque la profundidad de la renovación no permita todavía crear juego con fluidez al centro del campo, se aprecian brotes verdes en cuanto a compromiso y solidaridad de esfuerzos. Los trecuartistas pelearon y arrinconaron el paseo pasivo como argumentario defensivo. La garra reapareció con esperanzador protagonismo de la cantera. ¿Por qué entonces el Madrid sufrió hasta la extenuación para arrancar los tres puntos en la casa del Levante?

Resulta complicado diagnosticar el porcentaje de culpabilidad que corresponde al discreto trabajo táctico de repliegue de Ancelotti y la flagrante despreocupación de algunos miembros relevantes del once inicial en aprehender las lecciones del técnico, pero el desorden táctico provocó que el millonario confiara a la ruleta rusa su destino para ganar en la casa del pobre. Una vez más. Los automatismos tácticos colectivos no se adquieren en dos días, ni con un trabajo más enfocado en la recuperación del buen rollo en un vestuario, ni olvidando la relevancia de contar con un destructor del juego rival en el centro del campo, ni haciendo oídos sordos a la responsabilidad defensiva durante un año y casi tres meses.

El Madrid otorgaba espacios al enemigo, principalmente, porque un tercio de los efectivos dispuestos sobre el césped se desentendían de cubrir a su par -ocasionando agujeros a su espalda y una sobre responsabilidad que desbordaba sistemáticamente a Modric, Khedira, Illarra o Casemiro- y cedía goles a balón parado por desconcentración individual por defecto de compromiso y el subsiguiente desconocimiento de los movimientos colectivos a implementar para reequilibrar el equipo. Toda vez que el correr del balón demostró que solo de felicidad no llegan las victorias, Ancelotti y sus pupilos se han conjurado -aparentemente- para entregar sus voluntades en pos de la cohesión y del colectivo. Ahora queda empezar, casi de cero, a aprender a desplegar los parabienes que granjean el orden y el despliegue físico altruista a un equipo de fútbol. El tiempo, efectivamente, permitirá que la pelota circule más rápido, de manera más precisa, y que los artistas se conozcan hasta el punto de trenzar jugadas sobre la pizarra de Carletto con la naturalidad inherente a la clase que se les atribuye. Ahora, a partir del sonrojo colchonero, el inexorable paso de los días de trabajo en Valdebebas también cimentará una mejoría en lo grupal, Diego López disfrutará de jornadas más plácidas y la imagen de sindiós teatralizada en el derbi formará parte del olvido merengue.

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