En la entrevista con Rajoy le invitó a liderar la regeneración
Jueves 10 de octubre de 2013
Susana Díaz no será una aliada fácil para Alfredo Pérez Rubalcaba. La silla del secretario general peligra por los aires que llegan desde Andalucía, y no precisamente porque la presidenta regional aspire a mayores. La dirigente que ya ha osado a criticar a José Luis Rodríguez Zapatero o a destapar un cobro irregular de UGT no muestra una actitud muy distinta cuando se trata de su jefe.
A Alfredo Pérez Rubalcaba se le ha congelado la sonrisa con la que acogió en septiembre a Susana Díaz. El secretario general del partido celebró un nuevo rostro al frente del golpeado socialismo andaluz, salpicado por los ERE fraudulentos y gobernando en coalición tras perder el feudo en las urnas. Pero esos nuevos aires, lejos de soplar a favor, comienzan a hacerlo de costado. La sucesora de José Antonio Griñán, sucesor de Manuel Chaves, ha desafiado ya en sus primeras intervenciones de relieve a la ambigüedad del líder, es el caso del nacionalismo, y hasta ha obviado su figura para tender la mano a Mariano Rajoy en materia de corrupción.
Díaz sabe que su credibilidad depende de la distancia. Distancia respecto a los anteriores gestores, cosa difícil puesto que fueron y son sus máximos valedores; distancia respecto a los cargos imputados y su acción y distancia también respecto al discurso tibio que mantiene estancada la intención de voto desde el 20-N de 2011 y pese al desgaste del Ejecutivo. Ha puesto empeño especialmente en lo segundo y con ello arrastra a los favorables a una renovación a escala nacional, aún tapados hasta que se determine la celebración de primarias, debate que Rubalcaba quiere dilatar pero que la presidenta andaluza no ve con malos ojos. A su juicio, Ferraz debe dejar de mirar por Ferraz y hacerlo por la calle, ha manifestado.
Pero el callo sucesorio no es el único que ha pisado. Pere Navarro sigue pensando que una consulta en Cataluña en absoluto entra en contradicción con el federalismo que abandera su formación en Madrid. En este punto, Rubalcaba y Díaz no discrepan especialmente, pero hay diferencias en el tono, en la contundencia. Mientras que el primero no da su brazo a torcer con el PSC, pero, al mismo tiempo, mide sus palabras para no motivar una ruptura, la segunda se declara defensora de la unidad de España, sentimiento que, asegura, comparten los socialistas andaluces. Se atrevió incluso con (o contra) Zapatero: "No fue un acierto afirmar que se aceptaría cualquier texto del Estatuto que viniera de Cataluña".
El punto débil de Díaz es la instrucción de la juez Mercedes Alaya, la imagen de quienes llevan en la Junta desde 1977. Hasta el momento no se ha escondido y ha optado por la ofensiva en detrimento de la defensa o el silencio: "El caso de los ERE me causa dolor y vergüenza", dijo en su investidura, algo tan simple como aún inédito en voz de otros destacados de su partido. "Cuanto antes finalice la instrucción, mejor; cuanto antes se recupere el dinero, mejor, y cuanto antes paguen aquellos que tengan algún tipo de responsabilidad, mejor", añadió recientemente. Más próxima en el tiempo aún, la revelación de que su Gobierno ha recuperado 25.500 euros que fueron cobrados indebidamente por el sindicato aliado, UGT.
Dentro de esa estrategia, Díaz visita por primera vez La Moncloa para negociar con Rajoy unas directrices anticorrupción. Rubalcaba no quiere ni oír hablar de esto. Ya negó en su día algo parecido hasta que su rival se explique con detalle o tome medidas severas en respuesta al escándalo Bárcenas. Sea desafío o única baza para no ser tachada como más de lo mismo, la presidenta andaluza no representa una fidelidad díscola más. Encabeza una federación, la andaluza, poderosa y determinante. No parece probable una marcha atrás de Díaz, hasta la fecha le es rentable esta actitud, por lo que es Rubalcaba quien ha (o no) de mover ficha para no ver peligrar la silla.
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