Opinión

De la Barcelona que fue entre la historia y la política (I)

José Manuel Cuenca Toribio | Lunes 14 de octubre de 2013
En los pródromos del acontecimiento decisivo de mayo del 68, el marxismo estaba presente en los sectores intelectuales más dinámicos de la nación e informaba ya una elevada cifra de su producción bibliográfica, especialmente, en la dedicada a la alta divulgación, la más idónea sin duda para la normalidad de su recepción. Las principales editoriales el país –sobre todo, las radicadas en Barcelona, que todavía ostentaba, con toda suerte de títulos, la capitalidad del libro español- tenían repletos sus staffs medios y altos con profesores represaliados, algunos, muy pocos, de longue date y en su mayor parte expulsados temporalmente de sus claustros con motivo de su participación en las huelgas iniciadas en febrero de 1965. En elevada proporción, profesaban la ideología marxista y se mostraban como diligentes y, a las veces, enfervorizados propagadores de sus tesis. En el salto cualitativo dado por la edición nacional en la desembocadura de los años sesenta, renombradas enciclopedias y diccionarios generales y específicos, algunos de antigua factura pero ahora muy actualizados, y otras de flamante cuño sirvieron de vehículo preferente para la difusión, explícita o implícita, del ideario marxista, que ciertos de sus máximos propagandistas dieron en la flor de denominar marxiano con el objeto de desproveerlo, cara al público, de su carga militante.

La dialéctica o, por mejor decir, el juego de las contradicciones capitalistas y marxistas comparecía así con sus mejores vestiduras para conjugarse con soltura por sus protagonistas. Editoriales controladas por los principales bancos del país o en manos de empresarios de intachable prosapia franquista tenían puesta toda su confianza en consejos, sociedades de redactores y cuadros intelectuales de creencias opuestas per diametrum a las de sus propietarios. Mientras la prensa más desinhibida del tardo-franquismo se irrogaba la función de “Parlamento de papel”, el boom de la literatura histórica, registrado en ese momento con fuerza nunca superada ni antes ni después en los anales editoriales españoles, hacía, a las veces, de sucedáneo de una confrontación política aún no permitida por un régimen todavía sin decidida vocación de suicidio. Con inteligencia y oficio indiscutibles, los gestores culturales de las grandes casas de edición consagraron lo mejor de sus recursos a la potenciación de la bibliografía historiográfica, con atención especial a la que, en potencia, más podía socavar los basamentos de un régimen eternizado. En el terreno historiográfico, el ensayo de alto coturno, la monografía densa o sugerente y, de forma muy singular, los recuerdos, memorias y biografías de ático estilo, unas, de periodístico impacto, otras, conformaron una formidable masa crítica informativa, legada como patrimonio inestimable a la pedagogía democrática de la Transición.

Curiosamente ninguna de dichas editoriales acometieron la iniciativa de alumbrar una publicación cuya demanda flotaba en el ambiente con especial intensidad. Por el contrario, sería la empresa del periódico por entonces económicamente más poderoso de España la que la impulsase. Es harto conocido que los años de la década prodigiosa asistieron al lanzamiento de tres revistas culturales de primer nivel, expresivas claramente de la onda creativa que remecía las entrañas de una nación en la que la construcción del futuro volvía a drenar sus energías más valiosas. La reaparición de la Revista de Occidente en la primavera de 1963, tras su cese en 1936, seguida de inmediato por la salida de Atlántida y, en el otoño, la irrupción radiante de Cuadernos para el diálogo, en la que los objetivos políticos se imponían a los culturales pero sin absorberlos, hicieron de 1963 un annus mirabilis< /i>en la vida intelectual de la nación.