Alejandro San Francisco | Lunes 14 de octubre de 2013
El famoso Yo acuso, de Emile Zola (edición reciente en Barcelona, Tusquets, 2011), representa un clásico en el género de la denuncia pública, que muchas veces ha sido imitado sin lograr ser igualado. El impacto de la primera vez conserva todavía un valor inmenso, tanto para la historia política como para los derechos humanos y la literatura.
Los sucesos ocurrieron en Francia a fines del siglo XIX. Zola había sido otro de los grandes autores de las letras francesas de ese siglo, tan pródiga en talentos como Stendhal y Balzac, Maupassant y Flaubert, Victor Hugo y el propio Zola. Si bien escribió numerosas novelas, su momento estelar y más dramático llegó en 1897, cuando había estallado el affaire Dreyfus y el escritor decidió ejercer un papel crucial en el establecimiento de la verdad. La razón es que estaba siendo injustamente acusado y condenado –por un caso de envío de información militar a los alemanes– el capitán Alfred Dreyfus. Influía el hecho de que se trataba de un judío, y en medio de un antisemitismo creciente apareció como un chivo expiatorio ideal en la situación. Judío, traidor a la patria, luego culpable. Después de todo su letra se parecía a la interceptada y “se podían construir” las pruebas en su contra.
Detrás del hecho había otros aspectos dignos de considerar. Primero, la campaña de odios y difamación que se desarrolló a través de la prensa. Segundo, una perversión democrática: a medida que la opinión pública se pronunció contra Dreyfus, a través de la prensa y por medio de manifestaciones, los políticos se sumaron a la mayoría sin mayor consideración. Tercero, el espíritu corporativo en el Ejército, que permitió que los errores o abusos de los superiores y del Tribunal Militar no fueran objetados por los subalternos u otros consejos de guerra.
En ese contexto emerge Zola, dispuesto a dar una lucha adversa, casi suicida, en la que la verdad y justicia eran los objetivos, aunque ello le significara recibir daños personales. Pasó a ser lo que después se llamaría el “intelectual comprometido”, indignado moralmente contra la injusticia y sin cálculos utilitarios de por medio. “Sin premeditación alguna me comprometí”, explicaba en 1901 cuando reunió todos sus escritos asociados al caso Dreyfus. Durante el debate público que azotó a Francia, había señalado en una carta al Presidente de la República Félix Faure, que se titularía precisamente Yo acuso: “Mi deber es hablar, no quiero ser cómplice”. Por esos días denunció también que “El veneno ha penetrado en el pueblo y tal vez lo ha envenenado ya por entero”, al referirse al antisemitismo, creciente en los “días de confusión moral” que se vivían por entonces.
Desde fines del siglo XIX, Zola –cuya postura en este caso finalmente triunfó– aparece como el más claro representante del intelectual comprometido con los problemas sociales y políticos de su tiempo, y no meramente encerrado en sus libros o estudios, que podrían volverse egoístas y autorreferentes. La tradición del hombre público de letras ya existía en Francia desde mucho antes, como se apreció muy claramente durante la Ilustración y el largo siglo XIX. Pero, como expresa Alain Minc en su Historia política de los intelectuales (Barcelona, Duomo Ediciones, 2012), con el caso Dreyfus y la actuación de Zola, ya no bastaba con influir en la evolución institucional del país o en determinadas reformas, sino que la misión de los intelectuales pasaría a “ser fundamentalmente redentora”. Y es, en alguna medida, la tradición que pervive en nuestros días, aunque requiere de necesarios matices y una justa evaluación histórica.
El siglo XX contempló la existencia de numerosos intelectuales de la más amplia gama de ideologías y características personales, desde los que respondían al tono crítico y comprometido que parecía ser la quintaesencia de los pensadores públicos, hasta aquellos que defendieron “sus posiciones” al servicio del poder o incluso del dinero. Sin perjuicio de ello, seguramente tienen razón Josep Picó y Juan Pecourt al vaticinar la continuidad de los intelectuales como actores relevante en el futuro (en Los intelectuales nunca mueren, Barcelona, RBA, 2013).
En el presente, la función pública de los intelectuales es mucho más compleja. Es relativamente fácil, o podría serlo, que los articulistas o escritores condenen una injusticia abierta, así como a un régimen abiertamente ilegítimo. Tampoco es desafiante participar del debate público para defender lo políticamente correcto o los lugares comunes que siempre circulan en cualquier sociedad, en vez de asumir posturas más difíciles, incluso claramente minoritarias, sea por cobardía o comodidad.
No todos tienen una aproximación idéntica a la realidad, al estado actual de las cosas. Un filósofo puede ser optimista y otro pesimista; algún pensador privilegiará la discreción en sus columnas y libros, mientras otros ingresarán de lleno a la arena política; algunos intelectuales responderán con pulcritud a su condición de críticos del poder, mientras otros serán condescendientes e incluso obsecuentes con las autoridades de turno. La pluralidad de ejemplos que podrían buscarse nos ilustran muy bien sobre la complejidad de la figura del intelectual público en estos tiempos que, sin embargo, los requiere con urgencia, no de cualquier manera, sino con inteligencia, valentía y un necesario equilibrio en el análisis de la sociedad.
Estamos en una época que junto con ser la de mayor ampliación del desarrollo político y económico en la historia, tiene también matices negativos que a veces llenan las páginas de los periódicos o los blogs, las hojas de los libros, los comentarios en twitter y los debates en la radio o la televisión. De esta manera hay pensadores que además de críticos se vuelven indignados e intransigentes, y parecen mostrar la sociedad actual como un cúmulo de males inacabables, mientras el mundo aparece como un lugar indigno de ser habitado. Esto no es así, nos aleja de la realidad y vuelve tediosa la contribución de los intelectuales a la sociedad. Ser crítico no es ser negativo, como denunciar la injusticia no significar acabar con todo lo que hemos avanzado en tantos siglos de experiencias y logros en los más diversos ámbitos.
Lo resumía Javier Gomá de manera persuasiva el pasado 7 de octubre en la Conferencia Inaugural del curso 2013-2014 de ESADE, en Madrid: en el presente, una persona educada y con una visión culta debe tener perspectiva histórica y dar esperanza. Quizá esa sea la forma más prudente y adecuada de enfrentar las dificultades del presente, que existen –es verdad– pero en un contexto claramente mejor del que conocieron todos nuestros antepasados.