Fernando Vallespín | Lunes 14 de octubre de 2013
Como casi todas las muertes, la de Juan Linz nos dejó a la amplia cohorte de sus admiradores y discípulos con una sensación de extrañeza o incredulidad, casi de desamparo. Todos sabíamos de su ya provecta edad y de los problemas de salud que arrastraba. Éramos conscientes de que más tarde o más temprano tendría que ocurrir, pero cuando llegó nos pilló desprevenidos y con una inevitable sensación de orfandad. Juan, como todos le llamábamos, era algo más que un gran sociólogo o politólogo, era el faro que guiaba a la amplia comunidad de las ciencias sociales españolas. Nadie que acudiera al mundo académico americano, al menos los de mi generación o de la generación anterior e inmediatamente posterior, dejamos de buscar, en uno u otro momento, su magisterio, su consejo, su opinión sobre cuanto estuviéramos haciendo. Conocíamos su generosidad, su extraordinaria bonhomía, que le llevaba a sacrificar su valioso tiempo leyendo nuestros trabajos, muchas veces ganado horas a la noche y relegando sus propias investigaciones. Recuerdo que conmigo, entonces un recién licenciado a quien apenas conocía, se pasó una tarde entera en Florencia comentado con todo lujo de detalles lo que no era más que un torpe ensayo destinado a presentarse en un congreso. Lo había leído con el máximo interés y de él supo extraer conclusiones en las que yo nunca hubiera caído y que marcaron para siempre mi forma de enfrentarme a los problemas de la disciplina. No fue un caso excepcional, era su forma de actuar habitual, ofrecer su sabiduría y su tiempo a quien se los reclamara. En eso y en muchas otras cosas fue absolutamente único.
Puede que esa aproximación suya tan personal a cada uno de nosotros sea lo que hace imposible acoger su memoria bajo las premisas de las necrológicas al uso. Sí, ha dejado una obra admirable, cuidadosamente seleccionada en siete volúmenes por José Ramón Montero y T. J. Miley en el Centro de Estudios Constitucionales; fue galardonado con el Premio Europa en 1982, la encomienda de la Orden de Isabel la Católica en 1986, el Príncipe de Asturias en 1987, con el prestigioso Johan Skytte de la Universidad de Upsala, y el Premio Nacional de Ciencias Sociales otorgado por el CIS en 2004, que como Presidente de ese organismo tuve el placer de hacérselo llegar en un acto formal en Nueva York; sus obras han sido traducidas a más de 15 idiomas y abarcan buena parte de los temas centrales de la democracia; ha sido profesor en algunas de las más prestigiosas universidades del mundo, como Stanford, la Humboldt de Berlín, el Instituto Universitario de Florencia, Sciences Po en París, la Complutense y Autónoma de Madrid, etc.; desde su cátedra en Yale ha influido en todos los campos de la Ciencia Política haciendo de él el politólogo español con mayor proyección internacional. Así podríamos seguir casi hasta el infinito, son tantas sus contribuciones a la disciplina y tan amplio su magisterio, que se extiende a todos los continentes, que no hay espacio aquí para dar cuenta de ello.
Sin embargo, y éste es el mensaje fundamental que trato de expresar, su mayor contribución no se puede objetivar sólo en publicaciones, premios o influencia en nuestra disciplina. Su gran mérito hay que buscarlo en sus virtudes personales, en su generosidad sin parangón, ya mencionada, o en su admirable capacidad para conectar con todos nosotros con independencia de nuestras especialidades. Juan era de los pocos generalistas que aún quedaban, alguien con capacidad para enseñar, ¡y cómo!, a quienes veníamos de la teoría política, la política comparada o la sociología empírica. Tenía una mente enciclopédica que vertía sobre quienes le escuchábamos con total humildad y una extraordinaria capacidad didáctica. Nunca adoptó la habitual distancia del sabio, sino la proximidad del maestro socrático que dialogaba y corregía bajando al nivel del interlocutor de turno. De todos nosotros supo siempre extraer lo mejor que teníamos y nos dio cuanto de él requerimos.
Estos retazos quedarían incompletos si no mencionamos algunas de sus pasiones. Y no me refiero sólo a la ópera o la música clásica en general de las que fue un tremendo aficionado. Pienso en su profundo amor e interés por España y lo español. No fue un hispanista en sentido estricto, la política española no era su “especialidad”, aunque supiera de ella más que nadie. Nuestro país fue siempre su mayor preocupación, aunque nunca lo “sufrió” desde la distancia de Nueva Inglaterra. Puede decirse que, de alguna forma, siempre se encontró en él. No sólo por las innumerables visitas de compatriotas que recibía en New Haven, que generalmente le aprovisionaban de sus amados Ducados, y a los que trataba de sonsacar noticias de la patria. No, su interés por España era una mezcla entre el actor participante y el observador de segundo orden. Como buen politólogo, no podía dejar de pensar y analizar nuestra política, siempre desde su amplia perspectiva histórica y las enseñanzas de la política comparada. Pero tampoco podía evitar sentir los muchos sinsabores de nuestro devenir político, se imbricaba en él como cualquier otro ciudadano. Quizá por eso, su pérdida es algo más que una desgracia que entristece a todo un gremio de académicos; es la ausencia de alguien cuyo juicio todos necesitamos en estos momentos de decaimiento nacional.