Viernes 18 de octubre de 2013
La política estadounidense está marcada por dos tendencias en apariencia contrapuestas. La primera de ellas es un discurso, por todos los lados del espectro político, marcado por los grandes ideales y el apego incondicional a los mismos. Por otro, un sentido eminentemente práctico y una tendencia al compromiso que lleva a forjar acuerdos entre partidos, sectores y regiones contrapuestos. Lo que pone en común ambas tendencias enfrentadas es, no podía ser de otro modo, un ideal práctico. Uno, además, profundamente arraigado en la política de los Estados Unidos desde sus inicios: la pretensión de que, por encima de las diferencias, hay un interés común a todos, y que es misión de los representantes encontrar ese terreno para conducir al pueblo hasta él. Desde el punto de vista de técnica política, ese principio lleva a la búsqueda de acuerdos entre los dos grandes partidos, que es exactamente lo que ha ocurrido en los últimos días.
Hay tres elementos que han movido la trama de todo este teatro político. Por un lado, el presupuesto federal y el techo de deuda, que el Partido Republicano tomó como bazas de negociación; y, por otro, la reforma sanitaria que lleva el apellido del presidente Obama. El Partido Republicano las ha unido, con la esperanza de que el temor a las dos primeras obligase al presidente o a los demócratas a ceder en el arranque de Obamacare. Al final ese miedo ha obligado a los republicanos a plegarse, renunciar a su principal objetivo, y conceder una victoria al partido rival. No lo tenían fácil. Por un lado, Obamacare es impopular, por lo que actuaron en defensa de un sentir mayoritario. Por otro, los medios de comunicación no le son favorables, y lograron echarles la culpa de la situación sólo a ellos, pese a que el primer envite en este juego de cartas fue el “no” del senado, de mayoría demócrata, al primer presupuesto propuesto por los republicanos de la Casa de Representantes.
Con todo, lo que hemos visto no es más que el juego de la democracia, en el que se podía ver el aliento de los votantes sobre las decisiones de los legisladores, de ambos partidos. Un aliento que en España se queda en grito sordo y melancólico, que si llega nunca condiciona demasiado el voto de diputados y senadores.
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