Opinión

Europa para iberoamericanos (I)

Juan José Laborda | Viernes 18 de octubre de 2013
Coincidiendo con la Cumbre Iberoamericana de Panama, he tenido la oportunidad de compartir dos horas de coloquio con un grupo de estudiantes iberoamericanos que se encuentran en España.
Estos son algunos de los argumentos que empleé para iniciar el debate:
Nuestras diversas culturas surgieron básicamente de una civilización atlántica: el castellano y el inglés son idiomas atlánticos; fue el castellano, y no el catalán -que se usaba en el imperio aragonés del Mediterráneo- el idioma que cruzó el Atlántico.
La noción del Estado moderno procede de Monarquías atlánticas, no de “señorías” o de “ciudades estado” mediterráneos, comprendiendo aquí a los Estados de la Iglesia o al Imperio Otomano, ambos herederos de la Roma imperial.
El capitalismo comercial no hubiera disuelto las viejas relaciones feudales sin el oro y la plata americanos, que llegaron a Europa por el Atlántico; en realidad, por Sevilla, según escribió Immanuel Wallerstein en su famoso libro de 1974 (1979) “sobre la economía mundo”, es decir, la primera globalización.
La noción de la “soberanía”, primero “soberanía estatal” (Westfalia, 1648), y después, poniendo a los reyes y a los estados boca abajo, con “la soberanía nacional”, fue también una idea atlántica.
La soberanía triunfó con las “revoluciones”; primero fue la revolución holandesa o de las Provincias Unidas en el siglo XVI; luego las dos revoluciones inglesas del siglo XVII; después la norteamericana y la Revolución Francesa del siglo XVIII; y acto seguido, las revoluciones nacionales o liberales se extendieron a los países de un lado y del otro del Atlántico a lo largo del largo siglo XIX, siglo que dura (según E. Hobsbawn) hasta el fin de la Primera Guerra Mundial.
Desde 1917 la revolución tuvo otra finalidad, al menos, declarada: la clase obrera sustituía a la burguesía como sujeto revolucionario; esa era la teoría; la realidad fue que la revolución estuvo impulsada por los partidos comunistas, aunque en la mayoría de los casos, el impulso revolucionario seguía siendo nacional, o mejor dicho, nacionalista: Rusia, China, Cuba, Vietnam, Nicaragua, sus revoluciones se justificaron como una liberación nacional del dominio del capitalismo, que desde Lenin, era inseparable del imperialismo.
En 1989 terminó la época contemporánea.
El 9 de noviembre de 1989 cae el muro de Berlín. Sería el comienzo del fin del comunismo soviético y de la propia Unión Soviética.
Pero 1989 era también el 200 aniversario de la Revolución Francesa.
Desde entonces los conceptos de “Revolución” y de “Nación” han perdido paulatinamente los significados que tuvieron.
Ambos conceptos dieron contenido a nuestra pasada “Época Contemporánea”.
La “Nación” era un ente ideal del que brotaba el Estado, los poderes estatales, y a veces, los derechos de los ciudadanos.
La “Nación” podía llegar a poseer los atributos de Dios: omnipotente, única, inalienable, indivisible, etcétera.
La “Nación” justificaba la guerra; matar y morir en su nombre.
Europa, y más exactamente, la Europa influenciada por la Revolución Francesa, después de la Segunda Guerra Mundial inicia una senda que pondrá en crisis la idea de la soberanía nacional.
Una mezcla de tres factores se dieron entonces:
Primero, Europa estaba avergonzada por reciente matanza; en nombre de la soberanía nacional, los Estados europeos habían sucumbido al nazismo; esa es la verdad para casi todos los países de Europa, no sólo Alemania e Italia, sino Francia, Austria, Hungría, Rumania; incluso España; incluso la Unión Soviética (hasta que fue invadida en junio de 1941 por el ejercito alemán).
Segundo, Europa quería vivir tan libre y feliz como Suiza. Esa descripción la verbalizó Winston Churchill en su famosa conferencia de la Universidad de Zurich en 1946: propuso crear los Estados Unidos de Europa, y añadió: “los europeos quieren vivir en adelante tan libres y felices como los suizos”. Fue un discurso visionario; los europeos no sólo quisieron las virtudes que Churchill les recomendaba, sino que consiguieron la virtud más característica de Suiza: su levedad en el Mundo. La Historia Universal ya no pasa por Europa. Somos como los suizos: un lugar acogedor, civilizado y pacífico; ideal para acoger las reuniones de los grandes de la Tierra.
Tercero, Europa ya no tenía realmente soberanía. El Mercado Común se firma en Roma el 26 de mayo de 1957. Se producirán las primeras cesiones en la soberanía: en fronteras, en política energética, industrial y comercial. Pero en realidad Europa era, por primera vez, un continente ocupado: en su vertiente occidental, en su vertiente atlántica, tenía tropas americanas desde Berlin hasta Rota (España); (la OTAN es su mejor expresión: organización del tratado del Atlántico Norte). Su vertiente oriental, su vertiente continental, estaba ocupada por tropas rusas, y su paralelo: el pacto de Varsovia.
Europa fue el alumno más cumplidor (¡a la fuerza!) de lo que los aliados dispusieron cuando en 1945 crearon la ONU. En la Conferencia de San Francisco (25 abril 1945) se desposeyó a los Estados de su atributo más importante (y el más utilizado por los Estados europeos): los Estados ya no podrán declarar la guerra; la guerra sería un ilícito internacional; la guerra sólo la pueden declarar el Consejo de Seguridad de la ONU. Si el propósito de la ONU fue evitar otra guerra en Europa, en ese sentido la ONU ha sido un éxito. El servicio militar ha sido suprimido en la mayoría de los países europeos.
¡La pacifista Europa se siente como si fuese Suiza!
De modo que los Estados europeos atlánticos empezaron a superar el concepto de soberanía nacional muy pronto. Por eso en 1989 los estados que formaban la Comunidad Europea estaban preparados para dos decisiones audaces: crear una Europa Unida, y expandir las fronteras de la UE hasta el límite de Rusia (Turquía quiere y no puede).
Sin embargo la soberanía y los Estados nacionales reaccionaron contra la unificación europea a partir de 1995, y dieciocho años más tarde (2013), la Unión Europea permanece paralizada ante los viejos poderes.
Es una historia complicada, y como verdadera historia, resultó imprevisible. ¡Ni siquiera en una Europa ordenada como Suiza la historia dejó de jugar a los dados con su destino!