Opinión

Del misterio del hombre

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 18 de octubre de 2013
Hace doce años que conozco al genial filósofo valenciano Agustín Andreu Rodrigo. Él salía entonces de una grave enfermedad física, y yo entraba en una depresión moral, a consecuencia de un accidente familiar, que hacía peligrar mi solidez mental. Su persona, hondamente lúcida y claramente optimista, y su magnífica y vasta obra de metafísica, en donde siempre sabe tocar los más diversos temas subrayadamente humanos, me salvaron. Desde entonces le profeso la gratitud del amigo y el agradecimiento del discípulo. Pues el buen pensamiento filosófico siempre entraña una función terapéutica para el alma, como la verdad. Y naturalmente adquiero todos aquellos libros que va publicando, sea cual sea su tema que, en el fondo, siempre es el mismo, lo humano y el ser. Ha tratado en sus ya numerosos libros de la metafísica de Antonio Machado, de Lessing, del omnipresente Leibniz, del todavía demasiado desconocido Jakob Böhme ( qué perplejo me dejó la lectura de la Aurora de este filósofo zapatero, traducida y comentada por Andreu), de la política humanista de Shaftesbury, de los grandes filósofos alejandrinos, de María Zambrano, de la religión, del eje Oriente-Occidente, de, en general, todos los grandes pensadores del siglo XX. Y es que Agustín Andreu es un pensador valencianísimo y universal, como Juan Luis Vives, con el que es necesario contar. Además, su mujer, Isabel Sancho García, es una penetrante pensadora, con importantes obras en su biografía creadora, que, sin duda, servirá de acicate a la producción filosófica de este originalísimo y egregio pensador español.
Su última obra, “Del misterio del hombre”, Editorial Comares, S.L., Granada, 2013, nos ha dejado cautivados con una metafísica eutrapélica que conlleva contemplaciones leibnizianas. Una vez más, el lenguaje o sistema filosófico que emplea aquí para desarrollar su metafísica antropológica es la monadología. Pero entiéndase bien, es Andreu quien produce el pensamiento, y no Leibniz, que le presta su lenguaje. Tal como reza el título, Andreu se pregunta por el ser del hombre, recordando a Heidegger: “¿Qué es el hombre: la corona de la creación, o acaso un camino equivocado, un gran malentendido y un abismo?”. Para Agustín Andreu, desde luego, el hombre puede llegar a no ser un proyecto viable si sigue siendo tal como ha sido y es. Y quien se dice y repite a sí mismo “esto no puede ser” es un ser peregrino (¿recuerda Andreu al gran Bergamín?) que va buscando su puesto en el cosmos, en el universo; para vivir humanamente, dignamente. Cualquier estudio del hombre es en el fondo una novela sobre el hombre, porque el hombre se mueve de una manera particular caracterizada precisamente por una movilidad imprevisible, herética, transgresora de costumbres y fórmulas asentadas y aún consagradas. Y es que las debilidades de la mente originada infinita/finita y una/en especialidad y sucesión, hacen esperar del hombre una vida aventurada, difícil y curiosa. La vida no es posible sin fe en la vida. Hay individuos, y épocas, que lo echarían atolondradamente todo a rodar.
La posibilidad es también una entidad, una forma en expectativa, una presión hacia, un pre-conatus. El infinito potencial es la posibilidad de actuación o vida del hombre mismo. El lugar del hombre en el cosmos, nos dice Andreu con palabras de Leibniz, es ahora esta tierra de nuestros trabajos y días. Mas este ser mental que es el hombre y que lleva ahora este “género de vida”, estará un día “dans un autre état”, que no hay que perder de vista. El hombre está en un sitio reconocible por él porque no lo ha vomitado la naturaleza como algo que malsentaba a la misma, sino que ésta lo ha colocado como una maceta, en un lugar de cuidado o cura.
El hombre es un ser replegable en sí hasta su punto más íntimo y esencial y definidor, el “lógos”. Cuando el hombre verdaderamente piensa, no cuando demiurguea preparando combinaciones mecánico-sociales para flotar en este medio que es el mundo ( el de la libertad corrompida o desviada ), cuando verdaderamente piensa está replegado en el Lógos. Pero el hombre, a pesar de estos retiros al Lógos, nunca llega a conocer del todo su misterio. La prehistoria registra ya esa perplejidad, la de no acabar nunca de saberse. Lo verdaderamente propio y singular y misterioso del hombre es que lleva al cosmos entero en estado de disponibilidad en su inteligencia imaginativa y en su capacidad transformadora y creadora. En ese ser originado pensante que es el hombre, movimiento o fuerza de despliegue del cosmos infinito por co-actuación, le pasa algo a la Divinidad, al Origen. La transformaciones del hombre, viviente mental, son in-inimaginables. Pues el alma posee virtualidades infinitas y la combinabilidad cósmica escapa a toda profecía. El alma es, las posee en la forma de serlas, una dis-posición al desarrollo de potencialidades infinitas. No es contradictorio que el alma posea verdades grabadas que no conoceremos jamás. Lo contrario sería que el alma que es el Logos pudiera registrar la totalidad que cabe en la infinitud originada. Será eternamente manantial, será un ser de manantial: de inteligencia imaginativa, de transcendencia de horizontes…Un ser de libertad inagotable, de aventura, de lucha contra el aparente azar…
El hábito de nuestra civilización de hablar contraponiendo cuerpo y espíritu, materia y energía, nos priva de facilidad para imaginar algo que no sea ni espiritual invisible por naturaleza ni tampoco material como espacial y temporal. Mas, pensar va más allá de imaginar – sentencia Andreu -: pensamos una realidad que consista en mente ( con todo lo que cabe en el pensar ), en mente pensante con actualidad de contenido de toda suerte de actos y estados espirituales en potencia efectiva, con el universo del sentido dentro, de modo implícito u ovillado. Esa sustancialidad o subjetividad o individualidad sentiente-pensante es lo que se ha llamado alma en la tradición filosófico-occidental. Pero el hombre es de este mundo. ¿Cómo no va a ser lugar del sujeto pensante el mundo que resulta de su despliegue en perspectiva convergente infinitamente y en tiempo sucesivo pero recogido luego fundamentalmente en memoria? Su naturaleza transcendente es lo que da verdad a esta realidad que llamamos y sentimos universo o cosmos, es la fuente de su realidad.
No es la vida primero y la persona después; sino la persona, el fondo metafísico primero, y su vida subsiguientemente. No hay persona sin naturaleza, claro. Pero del movimiento personal constitutivo resulta la unidad de vida o naturaleza. La aparición del hombre en la Tierra es, tal vez, el más grande parto del cosmos, el parto por antonomasia. No ha sido casual ni arbitraria la aparición de la vida humana: procesos profundos y complejos, millonarios de siglos, la han preparado y constituido por gradaciones en las que se muestran toda clase de combinaciones químicas y morfológicas. Existe sin duda conveniencia profundamente orgánica entre el hombre-preguntante asombrado y el medio cósmico en donde ha aparecido.
Podría decirse con palabras de Leibniz que “las mentes son las unidades primarias del mundo y las semejanzas próximas al ente primero”. Son y están en contacto inmediato con el ente primero: son mente que procede y viene de Mente, luz de Luz, inteligencia individuada de inteligencia infinita. Pero no en abstracto o en vacío de estructura y contenidos, sino con las pilas ya cargadas por esencia y naturaleza y cargadas con todo el contenido mental, el infinito contenido mental en perspectiva activa, de la mente infinita actual. En el fondo del espíritu humano y en el del divino hay lo mismo pero de distinto modo. El espíritu es espíritu y todo lo propio del espíritu está en Dios y en el hombre en la mente. La diferencia entre la Mente infinita y las mentes que dicen creadas o emanadas o irradiadas o fulguradas, es infinita por razón del modo de conocimiento y sus secuencias, pero no de un modo tal que esencialmente se pierda la relación de reflejo y que decir espíritu a la mente humana sea una denominación externa.
Bellísima metafísica antropológica esta de Agustín Andreu. El hombre es un misterio, y un misterio sagrado.