Antonio Domínguez Rey | Sábado 19 de octubre de 2013
La inflexión de la autonomía catalana, un cacho notable del Estado español, deriva fuera de tono. Declaraciones, gestos, amenazas, desplantes, una sarta de sarpullido inquietante. El poder político catalán se siente incómodo con la mayoría absoluta del Gobierno español. Acostumbrado a terciar en decisiones públicas nacionales, escaso ahora de eco político, alza una voz engolada. Conocen bien el país, pues lo atraviesan con negocios de mediación importante en empresas, finanzas, industria, comercio y turismo.
La sociedad catalana no representa el dos por ciento del conjunto español. Quiere figurar, no obstante, con voz señera en el convenio económico y cima del Estado. Y con doble copete. Una punta económica y otra política. Gallo del concierto europeo desde el Mediterráneo. Justamente una fracción de la política que España no acierta a conjugar ante el resto de Europa. Cataluña ansía estar ahí con decisión propia para cruzar los pasillos europeos de alta o media velocidad política. Y si hace falta, inventa un Estado propio y desafía al soberano.
Antes la contentaba, con la Transición -años veinte, noventa del siglo XX, alguno más del XXI-, el rédito intereconómico y la participación en salas, comisiones del Parlamento nacional español. Quiere actualmente, además, el tributo político que el veinte por ciento de su economía supone en el cómputo de España. E hinchado doblemente. Saben manejar la imagen que reporta un céntimo. Practican esta técnica desde antiguo. Y con sabiduría. Invierten a fondo perdido allí donde el reflejo de Cataluña se proyecta multiplicado ene veces. No desperdician el valor ciudadano. Lo potencian. Dominan el arte del intercambio con margen rentable, el cual los ha convertido en negociadores natos, afables, atentos a la voluntad del otro desde la propia. Seniors. Un buen comerciante catalán deja siempre satisfecho al cliente, aunque no compre. Puede volver. Aman su lengua por más que no la dominen y hablen todos. Cuando el principal periódico, La Vanguardia, excelente, se publique entero en catalán, el canto del gallo repicará maitines. Es una contradicción de la práctica política y un resquicio que deshincha la gola tribuna. Pueden multar a un comerciante menor procedente de un pueblo de Sevilla o Huelva por titular su tienda en castellano. No harán lo mismo con la redacción del periódico principal editado en esta lengua.
La hinchazón de tono ahoga con el tiempo. La contraparte del nacionalismo pasa por un filtro de izquierdas. Lo hubo divino, de buen vivir en política contestaria, finanzas y cultura. Pero ya es más humano, demasiado humano. La burguesía de Barcelona, de otras provincias y muchos pueblos comarcales está preocupada. Cierran comercios, oficinas, empresas, bares, restaurantes, como en Vigo o Bilbao. La lengua oficial no reporta el interés del caudal invertido. No hay trabajo abundante y diverso, como antes. Y la calidad del que existe es precaria. Problema doblemente nacional. Guiñan entonces el ojo a esa otra izquierda, pero solo como pinza política. De tanto mirarla, puede acontecer, sin embargo, que un día no incierto amanezca rojo vivo el pendón de la Generalitat. Y por arte de palabreo político, como quien pasa página de un informe parlamentario. El nacionalismo burgués juega un joc peligroso creyendo que embrida la fuerza adoctrinada de grupos sociales uniformes hasta que hayan consolidado el oligopolio de Cataluña.
En tal caso, la hinchazón enseñará su lado injusto, porque el pueblo pedirá su costumbre. Lo dice el profeta Habacuc: “El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe”. Y allí se trata más bien de calentura. El catalán, pueblo culto de comerciantes medios y bien asentados, artistas del diseño, subsidiario de franquicias y negocios internacionales, agricultor comprometido con la tierra y empresario agudo, confía en su rédito social y económico de siempre. Europa le enseña el camino y él sabe que el tirón europeo de España pasa también por Barcelona con billete de primera clase. Es cuestión de rentabilizar el efecto de esta potencia.
Una vez más, España no consigue urdir una política moderna de su perímetro geográfico e histórico. Y si perdemos el horizonte que nos integra, nos invertebramos. La imagen que la deriva de ciertos catalanes presupone del resto del país también es suya. Y tal vez por ello, como un relumbre que reciben y desvían oblicuo, no quieren reconocerse en ella. Algo, por otra parte, muy español. Nada, en cualquier caso, europeo. Europa converge. No fractura. Y si esbozan las condiciones de una república, la amenaza independiente tampoco es vía de ningún concierto político nacional o europeo. Un país democrático como España, con autonomías de gobierno efectivo más amplio que el federal o confederado, componente histórico y vigente de Europa, tiene garantías ante el mundo y avales sobrados de cumplimiento y exigencia constitucional.
¿No hay hombres de gobierno que concierten el Estado con las vértebras de su cultura e historia? ¿Tan embobada está la sociedad de nuestro país? No lo creo, a pesar de la miseria intelectual de muchos. Otros miran escépticos este espectáculo convencidos del talento creador que rompe, tira cuanto no vale y diseña otro cuadro, mármol, canto, partitura o página. Escuchan la voz que crece dentro. La política del trabajo cumplido y confortable. España necesita un pacto nacional con la Constitución en la mano.