Domingo 20 de octubre de 2013
El caso de Leonarda, la adolescente kosovar deportada por no tener en regla sus papeles, está creando una enorme expectación en Francia. Dicho caso ha obtenido una gran notoriedad por las circunstancias en que se ha producido -la chica fue detenida ante sus compañeros en plena excursión escolar y sacada del país sin contemplación alguna-, aunque no es el único: a buen seguro, hay cientos de situaciones muy similares por toda la UE. España, por ejemplo, asiste casi a diario a asaltos masivos de la frontera en Melilla, cuando no a la llegada de pateras a sus costas.
A propósito de esto último, es Italia quien concentra últimamente toda la atención, por los dramáticos sucesos de Lamnpedusa. Malta también tiene un considerable problema migratorio; y todo ello, visto en su conjunto, arroja una conclusión evidente: Europa necesita una nueva política en materia de inmigración. La razón es evidente: es la región del planeta donde confluyen los dos continentes –Europa y África- con mayor diferencia de nivel económico. Desde el “efecto llamada” auspiciado en España durante el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, hasta la punitiva ley italiana Bossi-Fini, que prácticamente criminaliza la inmigración, se imponen soluciones comunes y razonables ante un reto común. Es un hecho que la inmigración, legal o ilegal, seguirá considerando a la Unión Europea como un destino preferente. Es necesario, pues, articular un nuevo marco que sea capaz de aunar consideraciones de tipo humanitario por un lado y, por otro, criterios de firmeza y realismo para evitar que el problema se vaya de las manos.
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