Opinión

El obispo del lujo no disfrutará de su obra terminada

Alicia Huerta | Miércoles 23 de octubre de 2013
Hemos escuchado un millar de veces eso de que con el dinero se puede comprar un lugar en el cementerio, pero no un lugar en el cielo. Hoy, además, ya ni los egipcios se harían enterrar con joyas porque está más que comprobado que, cuando al final te vas, al cielo o al infierno, de este mundo no te puedes llevar nada de nada. Polvo o cenizas. Me dirán, claro, que de lo que se trata es de disfrutar aquí y ahora de lo material, en abundancia y mejor cuanto más lujoso, pero si la codicia nubla de tal modo la conciencia que los billetes acaban sirviendo, por ejemplo, para buscar el equilibrio en el consumo y tratar de hallar la felicidad en las compras compulsivas o en opulentos atrezos, es que algo de sí mismo se ha dejado uno en el camino. “Por nuestra codicia lo mucho es poco; por nuestra necesidad, lo poco es mucho”, escribió Quevedo y, por eso, aunque algunos todavía se pregunten cómo es posible que sigan llegando – o muriendo – personas en su periplo hacia Europa, encaramados a herrumbrosas barcazas que manejan por control remoto las mafias, ahora que aquí no hay trabajo para todos y sí hambre para muchos, basta con mirar que, desde luego, en la auténtica necesidad, lo poco es muchísimo. ¡Vergüenza!, exclamó Francisco, el Papa que tomó su nombre del santo que renunció no sólo a la herencia de su padre sino también a las ropas que vestía, al ver los cadáveres de cientos de inmigrantes que tuvieron que ser rescatados de las aguas cercanas a Lampedusa.

Desde el inicio de su pontificado, Francisco no ha dejado de declarar que su sueño es el de una Iglesia pobre para los pobres. Y, por tanto, era de esperar que al obispo alemán Franz-Peter Tebarz-van Elst, apodado el obispo del lujo, se le apartase de su de su diócesis, al menos temporalmente, es decir, mientras se ultima la auditoría interna que habrá de concluir todo lo concerniente al despilfarro del que le acusa la prensa alemana que, a su vez, se hizo eco de las quejas de los ciudadanos de Limburgo que contemplaban estupefactos cómo eso de la austeridad franciscana no casaba en absoluto con el coste de las obras de reforma de la sede del arzobispado donde se encuentra, asimismo, la residencia privada del obispo. Lo que había sido presupuestado en 5.5 millones de euros, rondaba ya los 31 – se calcula que podría llegar a los 40 – y los alemanes, con quienes sí parece ir en cambio la austeridad, acabaron por escandalizarse también fuera de las murallas de la localidad cercana a Frankfurt cuando la prensa nacional le dedicó titulares como el de Bild “La pompa y el lujo pertenecen a la Iglesia como el agua bendita”. Más aún, cuando la televisión pública alemana ARD emitió un especial sobre “las mentiras del obispo” que arrasó en audiencia, seguido de otro programa del canal ZDF Spezial que fue visto por más de 3.8 millones de espectadores.

La ola de indignación levantada en Alemania no tardó en llegar al Vaticano. En realidad, ya había habido antes quejas a causa del talante autoritario y nada dialogante de Franz-Peter Tebarz-van Elst, así como denuncias por los miles de euros gastados por el obispo en billetes de avión en primera clase para ir a visitar barrios de chabolas en India. Sin comentarios. Como habría dicho Groucho Marx “Hay muchas cosas en la vida más importantes que el dinero. ¡Pero cuestan tanto!”. Cuando el semanario Der Spiegel hizo públicas las declaraciones del obispo de Limburgo grabadas por un periodista en las que admitía dichos gastos de viaje, los mismos que antes, en declaración jurada, había negado categóricamente, la Fiscalía de Hamburgo presentó cargos contra él por perjurio y podría convertirse en el primer obispo condenado en un proceso penal en Alemania.

En aquel país, desde luego, ya no están para más escándalos que afecten a la Iglesia católica después de años en los que han ido apareciendo de manera sistemática denuncias por pederastia. Pero, sobre todo, porque los contribuyentes germanos que son creyentes ven incrementado su impuesto sobre la renta entre un 8 y un 10%, dependiendo del Estado en el que residan. Solo quedan exentos del denominado impuesto religioso quienes declaren no pertenecer a ninguna iglesia o haberla abandonado. El pasado ejercicio, 23 millones de alemanes, los que declararon ser católicos, entregaron a la Iglesia 5.200 millones de euros y no es probable que ninguno esté contento con el uso que el obispo del lujo haya podido dar a “su parte” del dinero recaudado. Si ya en los últimos tiempos, más de 100.000 alemanes al año realizaron el trámite administrativo para apostatar y dejar así de pagar ese porcentaje extra, parece predecible que, después de este nuevo y carísimo escándalo, crezca el número de apóstatas. A pesar, incluso, de que un decreto de la Conferencia Episcopal alemana intentara el pasado año reducir la hemorragia de creyentes, advirtiendo a sus fieles de que si no pagaban el impuesto, quedarían excluidos de los sacramentos. “Cuando una persona se apega al dinero se destruye a sí misma”, ha dicho estos días el papa Francisco, “y destruye a su familia”. En este caso, se trataría de que la familia católica alemana no se viera aún más mermada.

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