Domingo 27 de octubre de 2013
Desde su asilo provisional en Rusia, Edward Snowden parece dispuesto a hacer temblar los cimientos de la diplomacia occidental, con nuevas revelaciones que evidenciarían tanto el espionaje erga omnes llevado a cabo por Estados Unidos como la connivencia por parte de gobiernos amigos. Líderes de todo el mundo, destacando Dilma Roussef en Brasil y Angela Merkel en Alemania, ya han mostrado su indignación por haber sido espiadas, y exigen una explicación. No les basta la ofrecida por Obama, quien se justificaba -no sin cierta razón- afirmando que “todo gobierno ha de estar informado”.
Por otra parte, está el estatus actual de Edward Snowden. La medida de asilo provisional adoptada por las autoridades rusas le permite moverse libremente por el país, e incluso trabajar. Putin intenta justificar su medida ante Obama poniendo como condición al ex empleado de la CIA que “deje de perjudicar a los intereses norteamericanos”. La cuestión ahora es saber quién establece el baremo por el cual dichos intereses sufren o no menoscabo en función de lo que vaya a hacer Snowden.
Por de pronto, su entorno ya se ha encargado de filtrar que está en posesión de informaciones que podrían causar “un daño inmenso al gobierno de Estados Unidos”. Toda una declaración de intenciones, por cuanto alguien que aduce “razones de conciencia” para hacer lo que hace y luego amenaza con hacer chantaje se retrata a la perfección. Es un hecho que Snowden ofrecerá sus datos al mejor postor. Muy lejos, pues, de aquella motivación inicial tendente a “defender los derechos y libertades ante la intromisión del gobierno” que le llevó a abandonar su país, no sin antes robar información sensible que le permitiese obtener pingües beneficios.
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