Opinión

¿Es este el mejor de los mundos posibles?

Guillermo Ortiz | Domingo 27 de octubre de 2013
Dejemos a un lado a Leibniz y el principio de razón suficiente y vayamos a algo más sencillo: cuando un amigo me pregunta un amigo en qué época de la humanidad me gustaría vivir mi respuesta siempre es “esta”. Cuando digo “esta” no sé si me refiero a 2013, puede que aceptara volver a mis queridos 90 o incluso probar con los excesos de los 60 y los 80 o la ambigüedad setentera. No sé. Puede. Pero el mundo occidental reconstruido en torno a la concepción moral del derecho y los avances científicos de después de la II Guerra Mundial se acerca mucho a mi idea de un mundo perfecto teniendo en cuenta que los que lo habitamos no somos ni mucho menos ángeles.

Hay un cierto desdén hacia el mundo actual, una especie de “no era esto” constante que a veces me desagrada, como si quisiéramos volver no se sabe muy bien adónde ignorando que, igual que le pasaba a Marty McFly, cambiar el pasado, o más bien instalarse en el pasado y dejar que fluya de otra manera puede hacer que el presente se borre, se difumine. Yo mismo he caído a menudo en la tentación crítica, pero permítanme que descargue mi culpa con una explicación: si critico el mundo en el que vivo es porque lo amo.

Hay dos maneras de comportarse ante la realidad que son nefastas: una consiste en negarla en beneficio de cualquier utopía irrealizable. Como esa utopía no llega nunca –y por definición, así ha de ser- todo lo que me rodea es horroroso, vano, cutre, miserable... Un mundo de ceños fruncidos y expectativas incumplidas. La otra, no sé si más peligrosa, es la conformista. La leibziana en la peor de las consideraciones, es decir, la conservadora.

Constatar que el mundo en el que vivimos es el mejor de los que hasta ahora el hombre ha habitado –siempre hubo enfermedades, siempre hubo guerras, siempre hubo desigualdades, siempre murieron niños... ahórrenme el sentimentalismo, por favor, ahora hay menos de todo eso- no quiere decir que sea el mejor de los posibles y que por tanto no quepa tocar nada de nada. Es una corriente intelectual demasiado en boga y que supongo que se basa en la reacción a los movimientos pesimistas, que a menudo, y de manera que me resulta curiosa, se autodenominan “progresistas”, cuando desde la negación de lo que existe es difícil progresar, como mucho crear desde cero.

Este grupo de intelectuales, en su defensa del orden existente y sus bondades, que las tiene, olvida que si su mismo conformismo hubiera guiado a los hombres de siglos y décadas anteriores, jamás habríamos llegado a la realidad que tan cómoda les resulta. Es precisamente el sentido crítico –no destructivo, crítico- lo que mejora a la sociedad y al hombre. Ser consciente de que siempre se puede hacer algo más, vigilar las involuciones y pensar en mejorar constantemente. Entre el sentimentalismo de los mártires de Uganda y el cinismo del “esto es lo que hay” tenemos que buscar un punto medio que nos mantenga los pies en la realidad sin por ello dejar de pelearse con esa realidad cada vez que sea necesario.

El hecho de que actualmente toda opinión tienda a una polarización ridícula, adolescente, de “todo o nada” hace que estas terceras vías sean complicadas. En realidad, esto tampoco es nuevo: antes a las terceras vías se las masacraba, ahora simplemente se tiende a ignorarlas. ¿Lo ven? Mejoramos. Los budistas creen que la felicidad es una cuestión de expectativas y que por lo tanto es mejor eliminar toda expectativa y centrarse en uno mismo y su conexión energética con el todo. Yo, que estoy de acuerdo en parte, es decir, que coincido en que las expectativas nos llevan demasiado fácilmente a la frustración, abogo por la lucha intelectual. Sin expectativas, no hay progreso. Si la solución de finales del siglo XX al cinismo y el sentimentalismo era la pereza, en mal camino íbamos. Bueno es que lo cambiemos. Hacia delante. Sin prisas, pero hacia delante.

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