Opinión

Un no tan peculiar servicio de inteligencia

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 28 de octubre de 2013
Después de que nos hemos enterado de que la NSA, la norteamericana Agencia de Seguridad Nacional, se ha dedicado, desde hace años, a espiar sistemáticamente a jefes de Estado y de Gobierno, además de a otros millones de ciudadanos de decenas y decenas de países, se entiende muy bien el interés de los Estados Unidos por echar el guante a Edward J. Snowden, que ahora vive en Rusia, bajo la protección de Putin. Fue este peculiar personaje, que tiene mucho de villano y nada de héroe, el que reveló las andanzas de ese servicio secreto, poco conocido por el público en general que creía que los “malos” americanos trabajaban siempre para la CIA o el FBI, como contaban las películas.

Se desconocía casi todo de la NSA, el más secreto de todos los servicios secretos americanos, según algunos especialistas, y de ahí el interés de Washington por tener a Snowden a buen recaudo, para impedir que siguiera propalando sus vergüenzas. Pero en esto de revelar secretos, como en el rascar, todo es empezar. Seguro que seguiremos enterándonos de otras muchas andanzas de este peculiar tipo de espías electrónicos que, a diferencia de James Bond, no se exponen a peligrosas –y divertidas- aventuras, pues todo lo hacen desde sus despachos manejando las modernas tecnologías de la información y la comunicación, las TIC que dicen los expertos.

La NSA fue creada en octubre de 1952, en el crispado ambiente de la Guerra Fría, por una directiva secreta, en el último tramo de la presidencia de Harry Truman y bajo la dependencia del Pentágono, esto es del Departamento de Defensa, atribuyéndola la responsabilidad de la inteligencia y seguridad criptográfica y de comunicaciones. Estados Unidos estaba entonces sumido en la guerra de Corea y con el riesgo muy probable de una directa intervención de China y en aquel clima bélico espiar al enemigo, por todos los medios, estaba más que justificado, como lo estaba hacerlo con la mayor discreción.

El presupuesto de la NSA y el número y nombre de sus empleados es información clasificada y apenas si se sabe, oficialmente, algo más que el nombre de su actual Director, un teniente general llamado Keith B. Alexander, que no debe estar pasando su mejor momento. La NSA es tan secreta que se ha bromeado con sus siglas, diciendo que significan “No Such Agency”, es decir, no existe tal agencia, que de hecho es relativamente inmune al control del Congreso, aunque se sabe que su personal anda por los 22.000 empleados, más que la CIA que, según algunos datos, no llegaría a los 20.000.

Pocas veces se ha ocupado la prensa internacional de la NSA. Una excepción –aparte del presente destape de sus peripecias- fue cuando en 1968, Corea del Norte detuvo al barco Pueblo, desde el que la NSA trataba de captar las señales y transmisiones norcoreanas. El barco y su tripulación permanecieron un año detenidos por el régimen comunista de aquel país, lo que tampoco debió ser una experiencia demasiado grata. Y encima no habrán podido escribir un libro contando su aventura…porque todo lo relativo a la NSA es secreto y clasificado por su propia naturaleza. Al menos hasta que Snowden traicionó a la Agencia.

Si espiar al enemigo tiene toda lógica cuando se está en guerra, la escucha y utilización de las transmisiones de los amigos o de los no-enemigos carece de cualquier justificación y viola las más elementales normas legales y éticas. En 1923 hubo un escándalo porque Lord Curzon, secretario del Foreign Office, es decir ministro de Asuntos Exteriores del Reino Unido, citó públicamente “el texto de los despachos e instrucciones cruzados entre el gobierno soviético y sus representantes en Persia e India que habían sido interceptados” por los servicios de inteligencia británicos. Los historiadores afirman que los propios diplomáticos a sus órdenes “se quedaron estupefactos…porque nunca, ni siquiera en las controversias diplomáticas más acerbas, se había citado como prueba una información obtenida de esa manera”.

Los británicos creían por entonces el famoso aforismo según el cual, “hay ciertas cosas que no se hacen entre caballeros”. Seguramente, hacían con que creían, quizás porque, en aquel caso, para muchos era evidente que los soviéticos tenían poco de gentlemen. Claro que, por lo bajo y en privado, algunos añadían: “Y si se hacen esas cosas que no deben hacerse, no se dicen”. Un conocido constitucionalista, Carl J. Friedrich, escribía en 1941, es decir en plena II Guerra Mundial que “los gobiernos mantienen un servicio secreto que tiene la misión de espiar a sus ‘amigos’, pero nunca ni por ningún motivo pueden confesarlo”.

Se ha citado también, en la misma línea británica, a un secretario de Estado de los Estados Unidos, Henry L. Stimson, que en 1929 dijo sentenciosamente que “los caballeros no leen el correo de los otros”. Hay quien ha recordado que este mismo caballero controló durante la II Guerra Mundial el trabajo de descriptar los códigos de los enemigos. Pero, indudablemente, eso es otra cosa. Ahora, leer el correo electrónico –o los sms- de los demás está a punto de convertirse en una práctica generalizada. ¿Para qué sirven las normas de protección de datos? ¡Qué nos van a contar a nosotros que en tiempos no tan lejanos nos enteramos de que el viejo CESID espiaba al propio Rey!

En este momento histórico ya no hay quien oculte que muchos países se espían tan cínica como “amistosamente”. Por ejemplo, se ha sabido estos días que Francia mantiene en los Estados Unidos una poderosa red de espionaje industrial. Lo negarán, que es su obligación. Y como los Estados Unidos son el país más poderoso tiene una capacidad de espiar inmensamente superior a la de los demás. Para eso tiene instrumentos tan sofisticados como la red “Echelon”. Maquiavelo estaría feliz ante la numerosa grey de discípulos que le han salido para los cuales el fin justifica los medios, por repugnante que sean.

Creo que estas prácticas, por extendidas que estén, no se pueden trivializar aunque ahora hay quien dice que todos los países quieren estar en la lista de los espiados porque su ausencia en tales repertorios vendría a ser una constatación de su carencia de importancia. Bromas aparte, los acuerdos entre países socios y aliados debe poner límites severos a estas inaceptables actividades, como han hecho Estados Unidos, el Reino Unido y otros tres países de habla inglesa (Canadá, Australia y Nueva Zelanda) que están comprometidos a no espiarse mutuamente. ¿Habrá que ser blanco y hablar en inglés para que los Estados Unidos no te espíen? Por cierto que, en el caso de EE UU y el Reino Unido, eso es casi lo único que queda de la famosa “relación especial” entre ambos países anglosajones.

A los Estados Unidos lo que les ha pasado es que, después del 11 de septiembre de 2001 la sensación de pérdida de su supuesta invulnerabilidad les ha producido una auténtica obsesión por su seguridad nacional que les ha llevado a hipertrofiar este concepto adentrándose por vericuetos que no pueden justificarse de ninguna manera. Los prisioneros de Guantánamo, mantenidos allí sin ninguna acusación concreta, en contra de la tradición del habeas corpus, que Obama prometió solucionar, sin que lo haya logrado, fue un primer caso. También habría que incluir los excesos en la utilización de drones, que han producido numerosas víctimas civiles, en zonas que, oficialmente, no están en guerra. Esta orgía desatada de las escuchas indiscriminadas y generalizadas está en la misma línea de olvido de principios y usos democráticos, inaceptable desde todos los puntos de vista. Y lo peor es cuando la seguridad nacional se utiliza como pretexto para operaciones de espionaje comercial e industrial.

Los Estados Unidos han sido la primera democracia y la que ha servido de modelo a tantos otros países. Quienes tantas veces hemos puesto como ejemplo de democracia al país de Washington, de Jefferson, de Lincoln, al país que durante el siglo XX luchó contra los autoritarismos y los totalitarismos que se habían adueñado del continente europeo, al país que mantuvo enhiesta frente al comunismo, la bandera de la libertad, tenemos algún derecho a pedirle que abandone prácticas incompatibles con la democracia y que no ensucie los ideales por los que luchó no hace tanto tiempo. Y no es una excusa que esas cosas las hagan también los chinos o los rusos.

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