Martes 29 de octubre de 2013
Los comicios legislativos celebrados este pasado domingo en Argentina revelan que el oficialismo sigue fuerte, aunque no así Cristina Fernández de Kirchner, que ve cómo su antiguo jefe de gabinete, Sergio Massa, se alzaba con la victoria en la provincia más importante del país, Buenos Aires. A las dudas sobre su estado de salud real se añade el descenso de su popularidad, tal y como refleja el resultado de las urnas. Dicho resultado no es, desde luego, el que esperaba un kirchnerismo que el pasado mayo celebraba su décimo aniversario.
Argentina empieza a reaccionar a las “ocurrencias” de su presidenta. Justo antes de verano, pretendió someter al poder judicial y romper así una división de poderes cada vez más quimérica en el país. Dicha reforma implicaba que de los 19 integrantes del Consejo de la Magistratura, 12 serían elegidos por el partido de Cristina Fernández de Kirchner. Otro tanto ha sucedido con los medios de comunicación no afines -sirva como ejemplo el hostigamiento al grupo Clarín-, la expropiación de las pensiones privadas o los casos de empresas como YPF o Aerolíneas, parangón de requisa populista. A todo esto hay que añadir la falsedad de sus cuentas, como demostró hace no mucho el FMI; lo cual contrasta con la opacidad de las finanzas de la presidenta.
Populismo y gestión económica eficaz no suelen maridar bien. Argentina es un país con ingentes recursos, pero con una clase política que los gestiona de un modo nefasto. Proteccionismo, intervencionismo y decisiones más que cuestionables acaban por pasar factura. Al igual que acabará pasándola el amordazar a la prensa y a la judicatura cuando intentan denunciar y poner coto a todo ello.
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