Opinión

Asesinos de izquierda

Antonio Hualde | Jueves 31 de octubre de 2013
“Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, porque yo no era judío. Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar”. Sobrecogedor. El autor de esta cita, Martin Niemöller, fue un pastor protestante alemán que se pasó toda la Segunda Guerra Mundial preso en el campo de concentración de Dachau por sus ideas; unas ideas, como se ve, contundentes con el totalitarismo nazi.

Quizá por ello esta frase le gustaba tanto a una víctima de ETA cuyo nombre no viene ahora al caso. Socialista, para más señas, como gran parte de su familia. Esa misma familia que, estos días, contempla con estupor e indignación a la vez la podredumbre que emana de la sentencia de Estrasburgo. Decía George Bernard Shaw que “hace tiempo que aprendí a no luchar contra un cerdo. Acabas todo sucio y, además, al cerdo le gusta”. Ocurre que, en ocasiones, es el cerdo el que viene buscando pelea, y no queda más remedio que hacerle frente.

“Gracias” a la sentencia de Estrasburgo, lo mejor de cada casa va a volver a unas calles que aún siguen de luto. Asesinos, violadores y demás escoria humana son libres porque así lo ha muñido el juez socialista Luis López Guerra, a la sazón amigo de Zapatero. Inés del Río, con más de 20 asesinatos a sus espaldas, ya pasea por las calles de Tafalla. Los socialistas de su pueblo se han negado a condenar lo que hizo; así, como suena. Y otro tanto ha pasado en Portugalete, donde su alcalde, socialista también, se ha negado a debatir siquiera una moción que condene la ejecutoria de otro matarife local, el etarra Juan Manuel Píriz. El PP vasco protesta, pero bajito, no vayan a decir. Claro que con un tipo por allí, el tal Iñaki Oyarzábal, más interesado en salir en la portada de la revista Zero que en acoger en su partido a valientes de la talla de María San Gil o José Antonio Ortega Lara cualquier cosa es posible.

La bomba que acabó con 20 personas en el Hipercor de Barcelona no distinguió entre votantes de PP o PSOE; simplemente mató a destajo, y punto. Jubilados, empresarios, parados, amas de casa, guardias civiles, militares o niños, nada ni nadie escapaba al furor asesino de ETA. Sin géneros, edades ni ideologías. Fernando Múgica, Joseba Pagazaurtundúa, Enrique Casas y otros muchos asesinados por el nacionalismo vasco eran socialistas. Hoy, sus compañeros de partido se reparten las tareas a la hora de “honrarles” como merecen. En Estrasburgo, se dejan los hígados para cargarse la doctrina Parot, en el Constitucional, ponen alfombra rojo sangre para que el brazo político de ETA -Bildu, Amaiur- campe a sus anchas por las instituciones, mancillándolas, y en tiempos de Zapatero se bajaron los pantalones de modo vergonzante, hasta que el atentado de la T-4 les devolvió a la cruda realidad. El próximo en salir a la calle, Otegui. Con amigos como Jordi Evole o Jesús Eguiguren, el éxito está asegurado. Ya lo dijo Romanones, “joder, qué tropa”.