Opinión

Racismo intelectual

José Antonio Ruiz | Viernes 01 de noviembre de 2013
Lo que va de la “hate culture”, a la “culture prêt-à-porter”. Escrito lo que viene siendo con el duodeno retroperitoneal donde se enchufa el estómago con el yeyuno, con tinta china de bilis pero sin acritud, sobrevolando en parapente, sin vértigo a las alturas ni miedo al vacío, el barranco que separa los hemisferios cerebrales donde anida la razón y la sinrazón, mirando de reojo al fondo de las profundidades del precipicio abisal donde se extravía la noción del espacio y del tiempo.

Confieso que vivo sin vivir en mí desde que me he enterado que soy, a mucha honra, un «racista intelectual», que diría Vasile, porque doy por supuesto que hay que sufrir algún tipo de tara neuro-hemorroidal, tener una disfunción mental, o haber sido víctima de algún episodio de abducción paranormal, para convertirse en yonqui adicto a determinados programas de televisión, tipo Gandía Shore, Mujeres y hombres, Quién quiere casarse con mi hijo, Gran Hermano, Sálvame Deluxe, Princesa Corina, o Hermano Mayor.

Aunque bien mirado, más sadomasoquista aún hay que ser para tragarse alguna de las tertulias de verduleras donde aparecen inefables compañeros de oficio dedicados al periodismo de partido. Los hay, que no sabría muy bien decir si son más ignorantes y analfabetos que mamporreros, o viceversa. En el pecado de su militancia rastrera y de su osadía sin límite llevan la penitencia. Páramos exhaustos de sabiduría lanar, al servicio de espurios intereses.

En igual medida debieran hacérselo mirar en el diván del loquero, tanto los frikis iletrados que buscan los quince minutos de gloria de los que hablaba Andy Warhol, como los comemierdas que se apostan frente al TV, repantigados en los sofases, dispuestos a meterse por vía intravenosa el chute de caballo.

Los Hunos y los Otros me producen el mismo ataque de risa floja que la burda escenita de dignidad ofendida del ministro Margallo por el asunto de los espías yanquis; que la vocación sobrevenida de cartera de doña Celia Villalobos, más conocida en los ambientes como Lady mailing; que la palabrería inane de Zapatero impartiendo una clase “magistral” en la universidad norteamericana de Yale; o que el mural gigante de Cristiano en calzoncillos decorando los aposentos de la alcaldesa Botella en el ayuntamiento de Madrid.

Demostrado queda que la teoría de la supuesta inferioridad intelectual del hombre primitivo fue una memez comparado con. O sea. Rousseau debió de andar mamado cuando dijo que la cultura es un fenómeno distintivo de los seres humanos que nos coloca en un escalón superior al del resto de animales.

No hace falta leer Los intelectuales y el poder de Foucault para caer en la cuenta de que quienes detentan las manijas que mueven los engranajes del mundo son los menos interesados en estimular el sentido crítico de la masa.

Regresión cultural y democrática, dos por uno. ¡Qué daño están haciendo los 140 caracteres, el trending topic de los cojones, el Facebook, el Twitter y el resto de abrevaderos de banalidad del hombre masa! Lo anormal es ser pagano, como Camus, por la gracia de Dios.

No creo en la cultura VIP excluyente y elitista, patrimonio de unos privilegiados cool locos por la sofisticación y el refinamiento, por el sólo hecho de fardar; pero aún creo mucho menos todavía en la “cultura de masas”, pleonasmo infame a cuenta de la uniformización del pensamiento, palabra, obra y omisión.

Apaga y vámonos si la subcultura de coros y danzas prêt-à-porter es esta cosa que están imponiendo al dictado los lerdos que engrosan el star-system televisivo o los autores de best sellers bragueteros, de autoayuda y de sombras de Grey llenas de insatisfacción sexual. Books of the Times: The A Train to Autumn, in the Bronx. Get ticket. The New York Times. Sunday Review.

Mis mejores deseos para los mercenarios que han convertido el hermoso oficio de editor en una profesión emputecida por el éxito de los autores de libros bazofia. Que uno de los tochos más vendidos de la temporada sean las Memorias de Carmen Bazán, la mamá de Jesulín, tiene su aquél desolador, que explica con una elocuencia indescriptible porqué está tan enfermo este país antropófago, que se alimenta de vidas ajenas.

Que los mozalbetes españoles hayan sido distinguidos con el honor de figurar entre los peor preparados de Europa y entre los que menos leen, es una tragedia que por desgracia se veía venir y que no va a resolver el ministro Wert, desautorizado por su petulancia, por su pedantería y por su soberbia. Por mí, como si se hace un tatuaje en todo lo alto de la calva melonera con la leyenda «21% de IVA y 0% de sensatez».

Este cronista se pregunta en qué estaría pensando Jean Paul Sartre cuando dijo que intelectual es el que se mete donde no le importa (L’intellectuel est quelqu’un qui se mête de ce quine le regarde pas). Ojalá hubiera más metomentodos dispuestos a mojarse bajo la ducha escocesa de la indiferencia y denunciar la tragedia que supone para la Humanidad la clamorosa indigencia intelectual del vulgo rocinante.

Hemos pasado del Hombre de Vitrubio de Leonardo, a la ignorancia supina de princesas del pueblo, chaperos verbeneros con club de fans y coros rocieros de palmeros, convertidos en la medida de todas las cosas.

La obsesión por poseer un celular de ultimísima generación suele ser inversamente proporcional a la capacidad mental del propietario. El hambre de conocimiento y de cultura acabará siendo una excentricidad cinegética de sujetos indeseables, cazadores de ideas y de interrogantes capaces de cuestionar este mundo.

Nada queda de la Ilustración. Al Siglo de las Luces se le han fundido los plomos. El cultivo de las Bellas Artes y del espíritu del Renacimiento, es un campo de minas sembrado de petardos de explosión retardada. Sólo nos queda como recuerdo el retrato goyesco de Jovellanos en leotardos hecho un pincel, bendecido por Minerva, diosa de la Sabiduría.

Inmanuel Kant clamó en el desierto cuando tuvo la ocurrencia de leer en voz alta a Horacio: «Ten valor para usar tu propia razón». «Sapere aude» («atrévete a saber»).

Este cronista, que se confiesa un ignorante muy a su pesar, sinceramente cree que la mayor ambición intelectual del hombre es el reconocimiento de la absoluta ignorancia en la que vivimos en medio de un universo de conocimientos inabarcable.

Santa palabra la del Papa Paco cuando dice que «no sabemos ni una millonésima parte de nada». Aquí los únicos que están al corriente hasta de nuestros pensamientos son los mendas de la CIA, que según parece han conseguido interceptar las conversaciones del cuerpo cardenalicio con el Espíritu Santo. Me pregunto hasta dónde vamos a llegar.

jantonruy@telefonica.net