Sólo Dios perdona: el gratuito baño de sangre de Ryan Gosling

Crítica de cine

Domingo 03 de noviembre de 2013
Sin embargo, muchos de los espectadores a los que gustó Drive saldrán esta vez del cine, como poco, bastante decepcionados. No sólo por un guión de lentitud exagerada que pretende mezclar el mundo onírico con el real, de diálogos casi inexistentes e imágenes confusas, sino, incluso, por la interpretación del propio Gosling. Quizás no sea culpa suya sino del guión, porque a él ya le hemos visto en magníficos roles de los que ha salido más que airoso. Aquí, desde luego, no. O sí, ya que logra dar vida a un tipo que da la impresión de no tenerla, que transita por los días silenciosos y vacíos, acomplejado y oscuro, racionando las palabras, que mira sin parecer que realmente vea algo y camina a cámara lenta. Muy lenta. Así que lo más probable es que quien no convenza sea el personaje y no la interpretación del actor canadiense en una película que se ha querido calificar de thriller, aunque, en realidad, sólo trate de violencia sin ningún tipo de preocupación por añadir algo de intriga.

Por otra parte, no es Gosling el único a quien vemos moverse de una manera tan ralentizada que agota a las neuronas. Ojalá lo fuera. El resto del reparto, en el que destaca una irreconocible Kristin Scott Thomas, más que actuar parece que levita y llega un momento en el que el filme amenaza con terminar hasta con los nervios de los más pacientes. Porque Winding se recrea innecesariamente en dos cosas distintas: los planos vacíos y, peor aún, las escenas de violencia llevada al extremo pero sin la maestría de Quentin Tarantino. Si me lo permiten, ni siquiera con la “gracia” que maneja el cineasta de Tennessee. Lo de Winding es sadismo en estado puro que simplemente necesita de un mínimo de relato para justificar su rodaje y su paso por las salas de todo el mundo, aunque en Cannes ya advirtieron – como ahora les advertimos aquí – que las películas violentas con pretensiones de transcender no las puede hacer cualquiera: su exhibición en el famoso festival del sur de Francia se saldó con abucheo del respetable y mala nota de la crítica.

La trama – porque, como decíamos, algo de historia tiene que haber - se desarrolla en el mundo de la noche de Bangkok, donde vive Julian, el personaje a cargo del famoso actor, que hace años tuvo que huir de la justicia de Estados Unidos donde se le busca por el asesinato de un policía. En Tailandia, Julian dirige un club de boxeo tailandés junto a su hermano Billy, aunque, en realidad, el establecimiento es una tapadera para su verdadero y lucrativo negocio: el tráfico de drogas del que la verdadera cabecilla es la egoísta y estrambótica madre de ambos, a quien da vida la genial Kristin Scott Thomas. La actriz británica es capaz de lograr, incluso aquí, llamar la atención del espectador, ávido de un poco de fuerza interpretativa que sólo aparece cuando ella vuela a Tailandia para ver a su primogénito, Billy, a pesar de que ya solo pueda verlo muerto y llevarse su cadáver para enterrarlo en Estados Unidos. Su hijo preferido ha sido asesinado por Chang, el verdadero protagonista de este sangriento filme, un policía retirado, amante del karaoke, a quien se conoce como el “Ángel de la venganza” y que está firmemente decidido a hacer pagar a los criminales antes de que la justicia se cruce en su camino y le impida hacerlo “a su manera”. Erigido en juez y parte, Chang, interpretado por Vithaya Pansringam, decide que hay que eliminar a Billy porque este, a su vez, ha asesinado a una joven prostituta.

Chang, por supuesto, no es el único que clama venganza. Igual dosis de sangre reclama la madre de Billy, que ataca sin piedad a Julian por ser incapaz de vengar la muerte de su hermano, acusándole de haberle tenido envidia desde pequeño y de ser un perdedor, lo cual parece venir a explicar los extraños sueños freudianos del personaje y sus silencios cargados de resentimiento y amargura. En un principio, Julian intentará explicar a su madre que fue Billy el primero en inaugurar el pantano de sangre que riega la capital tailandesa, pero está claro, no sólo en el filme de Winding, que hay madres que mandan siempre y en cualquier caso, capaces de querer – a su manera, eso sí – a un hijo, por muy malvado que sea, y de despreciar a otro con la misma malsana intensidad, aunque, al final, el resultado sea idéntico, destruir sin remedio a ambos por el camino.

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