CRÍTICA
Domingo 03 de noviembre de 2013
Julio Aróstegui: Largo Caballero. El tesón y la quimera. Debate. Barcelona, 2013, 966 páginas. 32,90 €. Libro electrónico: 16,99 €
Julio Aróstegui, historiador y profesor durante muchos años en la Universidad Complutense de Madrid, murió a finales de enero de 2013. Nacido en la ciudad de Granada, en 1939, fue, sin lugar a dudas, uno de los historiadores españoles más destacados del último medio siglo. Maestro y referente ineludible para una buena parte de la historiografía contemporánea en España, su desaparición, a los 74 años, nos llenó a muchos de pena y algo de orfandad. Sus principales y más impactantes aportaciones se produjeron en tres terrenos: la teoría histórica, el carlismo y la Guerra Civil española. En el primer ámbito destacan La investigación histórica: teoría y método (1995 y 2001), un libro fundamental que me impactó profundamente al leerlo en su primera versión terminada, mucho antes de llevarlo a la imprenta, y La historia vivida. Sobre la historia del presente (2004), una seria reflexión sobre las posibilidades de construir una historiografía específica de la historia del presente. Por lo que al carlismo se refiere, el primero de sus libros estuvo dedicado a este movimiento: El carlismo alavés y la guerra civil de 1870-1876 (1970). Más adelante, solo o en colaboración con otros autores, siguió escribiendo sobre el susodicho tema. Sobresalen, entre sus aportaciones, los dos volúmenes de Los combatientes carlistas en la guerra civil española, 1936-1939 (1991) y la obra de síntesis El carlismo y las guerras carlistas. Hechos, hombres e ideas (2003), que redactó en colaboración con Eduardo González Calleja y conmigo. Aunque no sea un libro ni un texto largo, un artículo de Aróstegui me parece fundamental en la renovación de los estudios sobre el carlismo en España, en la que él tuvo un papel básico. Se trata de “El carlismo en la dinámica de los movimientos liberales españoles. Formulación de un modelo”, publicado por vez primera en 1975 en las actas de un coloquio y, más adelante, en 1993, en un volumen en el que yo mismo recopilé media docena de textos que entonces consideraba fundamentales para la historia de la contrarrevolución española.
A la Guerra Civil dedicó Julio Aróstegui numerosos trabajos, en forma de artículos, capítulos de libro, fascículos o libros. Entre estos últimos merece la pena destacar La Junta de Defensa de Madrid, noviembre de 1936/abril de 1937 (1984) -escrito con Jesús A. Martínez-, La guerra civil española (2004), Por qué el 18 de julio… y después (2006) y, asimismo, dos obras que coordinó: Historia y memoria de la Guerra Civil (1988), en tres volúmenes, y Guerra Civil. Mito y Memoria (2006). En los últimos tiempos dedicó sus esfuerzos y trabajos a un par de empresas de mucha entidad. Una era la de la memoria histórica, tan debatida y frecuentada en la España de los primeros años del siglo XXI, que tuvo en la Cátedra de Memoria Histórica del siglo XX de la Universidad Complutense de Madrid su centro neurálgico. Los libros colectivos España en la memoria de tres generaciones: de la esperanza a la reparación (2007) y Generaciones y memoria de la represión franquista (2010) ilustran el empeño. La segunda consistía en la elaboración de una biografía del líder socialista madrileño Francisco Largo Caballero, un político y sindicalista que tuvo un papel fundamental en la historia de la España del segundo cuarto del siglo XX, ya desde la dirección de la UGT o del PSOE, ya desde el Ministerio de Trabajo durante la Segunda República o de la presidencia del Gobierno en plena Guerra Civil. Todas las veces que hablamos en los últimos años se refería a este proyecto, al que dedicaba mucho tiempo y que pulía con clara voluntad de poder ofrecer una obra definitiva sobre su biografiado. La obra vio la luz, en la editorial Debate, a mediados de enero del año 2013, un par de semanas antes de su trágico fallecimiento.
Largo Caballero. El tesón y la quimera es una biografía del líder socialista, nacido en 1869 en el barrio madrileño de Chamberí. Con la excepción de algunas escasas referencias a su familia o de la insistencia sobre algunos rasgos de su carácter -frío y pragmático, constante y tenaz, duro de talante y con un punto de rigidez y otro de ironía-, no existe ninguna voluntad de entrar en cuestiones de la vida privada del personaje. Es una opción consciente y meditada del autor, que nos ofrece una extensa -aunque drásticamente recortada, según nos recuerda en las páginas liminares, a efectos de ampliar el público lector- y detallada biografía política, de casi mil páginas. El meritorio resultado final tiene mucho que ver, por un lado, con el gran conocimiento de la España de la época tratada por parte del autor, en especial los años republicanos y los de la Guerra Civil y la inmediata posguerra; de otro, un interés personal por el líder obrero y socialista, que viene de lejos y que ha dado lugar, antes de esta magna obra, a numerosos artículos, amén de un libro titulado Francisco Largo Caballero en el exilio. La última etapa de un líder obrero (1990). La estrecha colaboración de Julio Aróstegui con la Fundación Largo Caballero, editora del libro recién citado, facilitó sin duda la ardua labor de documentación.
Muchas personas se habían ocupado en libros y artículos del dirigente del PSOE y de la UGT, desde colaboradores y adversarios hasta un buen número de historiadores, como Marta Bizcarrondo, Santos Juliá o Juan Francisco Fuentes. Procede Julio Aróstegui, en concreto, a una concienzuda lectura o relectura de fuentes -sin excluir el ejercicio filológico, que le sirve para mostrar serios indicios de las manipulaciones efectuadas por el correligionario Enrique de Francisco en el volumen póstumo Mis recuerdos (1954)- con la voluntad de ofrecer una visión globalizadora e histórica de la trayectoria de Largo Caballero, que muestre su rugosa coherencia y evite, en lo posible, las calificaciones en clave de buenos y malos. Aquello que guió su vida y su obra fue, ea fin de cuentas, “la reivindicación estricta del progreso de su clase” (p. 26), a la que se consagró a través de tácticas variopintas y para algunos, ya en su época o bien con posterioridad, aparentemente -sin serlo, remacha el autor- contradictorias. El resultado de todo lo anterior es una biografía monumental, articulada de manera cronológica en cuatro grandes partes -el obrero consciente (1869-1917), tiempos de cambio y crisis (1918-1932), la intuición de clase y sus quimeras (1931-1937), derrota y renacer (1937-1946)- y dividida en un total de once capítulos, más una introducción y un epílogo, con el título de “El final de la Edad de oro”. El capítulo 7, dedicado a los años 1933 a 1936 y desarrollado en más de un centenar y medio de páginas, es el más extenso, con el fracaso de octubre de 1934 como punto nuclear. Las notas, las fuentes y la bibliografía del volumen resultan, simple y llanamente, apabullantes.
La vida de Francisco Largo Caballero, que el autor reconstruye en la biografía, empieza con su nacimiento en Madrid e incorporación al mundo del trabajo a los 7 años de edad, para terminar con su muerte en París, en el exilio, en marzo de 1946. Los pasos de este estuquista -arquetípico ejemplo de “obrero consciente”, en palabras del autor, puesto “que nació obrero y murió como tal” y “dedicó más de cincuenta (nada plácidos) años de su vida al activismo obrerista y socialista” (p. 37)- quedaron marcados de por vida por el encuentro con Pablo Iglesias, al que escuchó en el mitin del Primero de Mayo de 1890. Siempre fue un pablista fiel y consecuente. Se afilió poco después a la Unión General de Trabajadores (UGT), en la que iba a ocupar ya cargos directivos antes de terminar la centuria, y, en 1893 o en 1894, ingresó en la Agrupación Socialista Madrileña. Aróstegui le considera un “modelo de dirigente obrero” (p. 62), de mucha valía para la organización y gran dedicación, aunque de limitado bagaje intelectual. En 1918 se convirtió en secretario general de la UGT, amén de miembro de la dirección del PSOE. Ocupó un escaño en las Cortes hasta 1923. Promovió durante la dictadura de Primo de Rivera el intervencionismo de las entidades socialistas en la vida estatal, en clara continuidad con las actitudes de los lustros precedentes, aunque a partir de 1927 percibió ya los inconvenientes de dicha posición y se incorporó, poco después, al campo de las alianzas republicanas. Con la Segunda República, del intervencionismo acabó pasando al gubernamentalismo y sus posiciones, base del llamado caballerismo, fueron identificadas como la izquierda del socialismo español.
Entre 1931 y 1933 ejerció como ministro de Trabajo, tanto en el gobierno provisional de la República como en los gabinetes presididos por Manuel Azaña. A pesar de las resistencias patronales y de los propietarios agrarios y la oposición anarcosindicalista -y comunista, en menor medida-, llevó adelante una reorganización del ministerio, así como una destacada actividad normativa y de construcción de un nuevo sistema de relaciones laborales. El cimiento de todo ello no era otro, nos dice Aróstegui, que “la pretensión de colocar la maquinaria de las relaciones de trabajo en el corazón mismo del Estado, como tarea fundamental de este” (p. 260). Se trataba de ir preparando el futuro o, más concretamente, la futura transformación social. No era todavía, como él mismo reconoció en unas declaraciones, una obra socialista, pero sí la obra de un socialista. La pérdida del poder por parte de republicanos y socialistas, en 1933, abocó a Largo Caballero a la radicalización, que es relativizada por el autor y convertida en menos lineal, exclusiva, repentina y rupturista de lo que a veces se ha afirmado. Fue la época del mito del Lenin español y de las invocaciones continuadas a las mentiras de la democracia burguesa, a la inevitabilidad de la Guerra Civil o a las virtudes de la dictadura del proletariado. Y, está claro, de la revolución de octubre de 1934, de una larga temporada en prisión y de los enfrentamientos en el seno del socialismo hispánico.
Tras el estallido de la Guerra Civil, presidió el Gobierno de España, además de ocuparse del ministerio de la Guerra, entre septiembre de 1936 y mayo de 1937. Lo menos que puede asegurarse es que no resultó nada fácil dirigir el país, enfrentado incluso a buena parte de su propio partido, asediado por el incremento del peso comunista e incapaz de conducir la guerra. La dimisión de Largo Caballero y su sustitución por Juan Negrín constituyen el principio del fin de su largo liderazgo en la política y el sindicalismo socialistas. Perdió poco a poco todo el poder, aunque nunca reconoció ningún error -“fue muy mal juez de sí mismo” (p. 666), sostiene el autor-, y padeció sinsabores y persecuciones en el exilio, primero en tierras de Francia y más adelante en un campo nazi. Murió medio año después de volver a París, no sin reflexionar profundamente sobre las posibilidades de acabar con el régimen dictatorial en España, lo que le llevó, ante la sorpresa de algunos correligionarios, a preconizar una apertura a otras fuerzas y la necesidad de una salida plebiscitaria. Su desaparición en 1946 significó, asimismo, concluye Julio Aróstegui, la de “un tipo de liderazgo sindical y político que la evolución posterior del proletariado haría ya imposible” (p. 800). Con él terminaba, de alguna manera, toda una época.
En una obra enjundiosa -un término que, por cierto, Aróstegui utilizaba con frecuencia- como la que es objeto de esta reseña, múltiples cuestiones merecerían un más o menos extenso comentario. Voy a centrarme en tres de ellas, que por su carácter novedoso o discutible han llamado en especial mi atención. La primera está relacionada con la auténtica herencia de Pablo Iglesias. A pesar de que Largo Caballero actuara durante toda su vida a la luz delpablismo, sostiene Aróstegui, este tema no ha merecido la atención suficiente. Su trayectoria en el socialismo español respondió siempre a esta herencia: “Nos parece una afirmación fundamentada la de que Caballero pudiera ser el dirigente socialista que más fielmente respondiese, antes y después de su muerte, a las inclinaciones y las orientaciones de Iglesias” (p. 75). Mucho más, en cualquier caso, que Julián Besteiro, en cuya condición de heredero directo y fiel de Iglesias muchos estudiosos han insistido, desde su particular punto de vista, erróneamente. Elementos como la concepción cerrada de la clase, la prioridad de la organización, el personalismo o el juego táctico revolución-reformismo avalan las apreciaciones del autor -no, en cambio, la tendencia y actividad societaria del discípulo- sobre el profundo pablismo de Largo Caballero. La llamada “intuición de clase”, que presidió todas sus acciones, remitía asimismo al que los suyos llamaban “Abuelo”, aunque el discípulo llevara este punto mucho más lejos todavía.
Las tendencias presentes en el seno del socialismo hispano constituyen el siguiente tema en el que quisiera detenerme. Julio Aróstegui nos propone en este caso, muy tratado pero no bien resuelto hasta ahora en su opinión, un necesario y detallado ejercicio de cronología. Aunque el origen de las corrientes caballerista, besteirista y prietista tuviera su origen en la etapa de la dictadura de Primo de Rivera, no adquirieron un perfil claro ni actuaron simultáneamente hasta la década de 1930. En la anterior, Largo Caballero y Besteiro se enfrentaron a Prieto sobre el mantenimiento del intervencionismo en el nuevo régimen autoritario, mientras que, a la altura de 1929, Prieto y Largo Caballero, en una recomposición de las alianzas, estaban juntos contra Besteiro a la hora de dar por finiquitada toda colaboración con la dictadura. Esta situación se prolonga en los primeros años republicanos, lo que lleva a Aróstegui a hablar, con empatía escasa, de “disidencia” besteirista, siempre minoritaria, frente a la posición republicana de Largo Caballero y Prieto -sin olvidar, está claro, a Fernando de los Ríos-. La ruptura entre estos dos líderes en 1935, muy marcada por los hechos de octubre de 1934 y sus lecciones de cara al futuro, sí dio lugar, finalmente, a las tres corrientes separadas y enfrentadas, que iban a marcar al socialismo español de la República terminal, la Guerra Civil y los primeros meses del exilio. El caballerismo se diluyó con la pérdida de peso de su inspirador y el besteirismo quedó desdibujado tras la implicación en el experimento madrileño de Segismundo Casado, en marzo de 1939. El negrinismo había irrumpido con fuerza, arrastrando a muchos caballeristas a aquel campo, con actitudes procomunistas o con una conversión directa al comunismo, y solamente el viejo prietismo se mantuvo en pie. Largo Caballero se situó, hasta 1945, en el que tanto él como el mundo en general -y el campo socialista no resultó, como bien puede intuirse, una excepción- mudaron significativamente, en una posición de enfrentamiento, desde un plano distanciado, con ambas tendencias.
He dejado para el final la cuestión más polémica, que no es otra que el protagonismo de Largo Caballero en los orígenes de la guerra de 1936-1939. Descalifica Aróstegui a aquellos, ya sea “una literatura más o menos panfletaria” o “una cierta historiografía” (p. 464) -no se citan nombres-, que le atribuyen un papel determinante. El propio político se defendió siempre de esta atribución de responsabilidades. El autor pasa por encima de sus declaraciones y actuaciones de los años 1934-1936 como si fueran simples palabras sin ningún efecto ni consecuencia, y como si julio de 1936 fuera el resultado de una conspiración autónoma, de militares y derechas, sin ninguna relación con lo que estaba ocurriendo realmente en España. Esta posición me parece que no puede mantenerse tras los solventes trabajos de un buen número de historiadores en los últimos años. La lectura del libro coordinado por Fernando del Rey, Palabras como puños. La intransigencia política en la Segunda República española (2011), entre otros, invalida totalmente una interpretación en clave de infravaloración del papel de Largo Caballero y otros líderes izquierdistas en el clima guerracivilista que iba a propiciar, tras la sublevación militar de julio de 1936 contra la legalidad republicana, un cruel e intenso fratricidio en España. Cuando el antiguo besteirista Julián Marías afirmaba, casi medio siglo después, que, en los años anteriores al estallido del conflicto armado, ambos bandos deseaban eliminar políticamente, e incluso físicamente, al contrario, tenía mucha razón. Las palabras, tanto las de Largo Caballero como las de Gil Robles, tanto las de Calvo Sotelo como las de la Pasionaria, por solamente citar algunos nombres, resultaron, en la década de 1930, poderosas armas de destrucción.
Francisco Largo Caballero no fue, sostiene Aróstegui, el Lenin español. Se trata de un auténtico dislate, asevera. Él mismo rechazó esta apelación, aun en boca de sus seguidores. Pero muchos historiadores la han hecho suya -Fuentes, por ejemplo, en el título de su biografía del líder socialista-, vinculándola con la radicalización del personaje en la segunda mitad de los años treinta. No se corresponde, en cualquier caso, con la imagen que nos presenta Largo Caballero. El tesón y la quimera. Como aparece en el subtítulo, Largo Caballero fue una persona de gran perseverancia y un perseguidor de quimeras. Algunas de sus opciones, al frente del partido o del sindicato, de un ministerio o de la presidencia del Gobierno de la nación, tuvieron consecuencias difícilmente disimulables -harto negativas, en ocasiones- en la evolución de la España de la dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República o la Guerra Civil. Julio Aróstegui escribió, antes de dejarnos, una extraordinaria biografía, de lectura difícil -la argumentación aparece reñida con la narración- y análisis apasionantes, del que iba a convertirse en el “hombre más representativo de la clase obrera española en su época de esplendor de la primear mitad del siglo XX” (p. 22), como afirma tomando unas palabras de Rodolfo Llopis, colaborador y amigo fiel de Francisco Largo Caballero. Una gran obra, en definitiva, de uno de los grandes historiadores con los que ha contado la España contemporánea.
Por Jordi Canal
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