Alicia Huerta | Miércoles 07 de mayo de 2008
Llevamos ya muchos días conmocionados con la historia del padre carcelero, torturador y violador de un pueblecito del centro de Europa, en la cuna de nuestra cultura más clásica, artística e intelectual. Y nos hemos preguntado, con incredulidad, cómo era posible que unos hechos tan atroces se repitieran a lo largo de veinticuatro años, sin que nadie, dentro de la familia, del vecindario o de las autoridades, sospechara o investigara lo más mínimo. Demasiado tarde para las lamentaciones. El caso es que el electricista austriaco ha sido capaz de llevar dos vidas, una a la luz, bastante poco ejemplar, y otra, en el infierno, muchísimo peor, donde representaba el papel de espeluznante psicópata, rey de la oscuridad.
El terrible rol de víctima protagonista se lo dio a su hija mayor, con un guión que, seguramente, el monstruo-director fue redondeando según las circunstancias que no podía controlar del todo. Elisabeth tiene ahora cuarenta y cuatro años, pero quienes la han visto aseguran que parece mucho mayor que su “ignorante” madre. Está claro que para ella el tiempo no ha pasado igual. El tiempo, ese transcurrir de las horas, de los días, de los años. Rígido e implacable, pero a la vez tan relativo. Sólo existe de verdad en el presente de cada de uno de nosotros y, sin embargo, nos preocupa más en el futuro. Siempre en contra de él.
Queremos que se detenga o que pase mucho más rápido. Vivimos en guerra contra el tiempo, sin querer reconocer que puede ser un aliado. Se trata de caminar a su lado, sin desesperar, sin intentar ir más deprisa o más despacio, sin empeñarnos en pararlo. Miramos atrás y nos parece que ha pasado mucho tiempo, a veces pensamos que demasiado. Y no nos hemos dado cuenta, se nos ha escapado entre las manos. Y cuando el tiempo que vivimos nos castiga con su dureza, entonces nos quedamos enganchados, sin acordarnos, precisamente de eso, de que el tiempo pasa muy rápido. Caemos en la desesperación y suponemos que no hay forma de salir, nos olvidamos de que pasa, el tiempo sigue pasando. Toca simplemente aguantar, apretar los dientes y seguir caminando al compás del minutero.
Pero, ¿se imaginan a Elisabeth contando primero los días, luego los meses y más tarde los años? ¿Pueden pensar en ella arrancando las hojas de un calendario mientras veía a sus hijos crecer bajo tierra? Terrible. Para salvajes como su padre, el tiempo de encarcelamiento no debería contarse en años, ni siquiera en lustros o en décadas. No, el tiempo de condena sólo debería ser igual a siempre.
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