Martes 05 de noviembre de 2013
Miles de personas se manifestaban ayer en Moscú, en una concentración de claros tintes xenófobos. El detonante fue el apuñalamiento hace escasas fechas de un joven ruso, supuestamente a manos de un inmigrante azerí. Consignas como “Rusia para los rusos”; o bien, “hoy una mezquita, mañana la Yihad” eran repetidas por una multitud que se sabía fuerte. No en vano, las encuestas señalan que más del 60 por ciento de los rusos simpatizan con un discurso nacionalista no exento de tintes xenófobos. De hecho, la marcha de ayer no sólo contó con el respaldo institucional -el del propio alcalde de Moscú- sino el de la poderosa iglesia ortodoxa.
La guerra de Chechenia y el terrorismo islamista han creado un estado de opinión cuyos resultados son altamente preocupantes. Y no es el único lugar donde esto sucede. Los neonazis de Amanecer Dorado en Grecia, el Frente Nacional de Marine Le Pen en Francia o los ultras de países como Hungría y Austria sugieren que estamos ante un problema tan grave como extenso. La Segunda Guerra Mundial o la más reciente Guerra de los Balcanes tuvieron un origen parecido. Y si no se pone coto al fantasma de la intransigencia que recorre Europa, las consecuencias pueden ser fatales más pronto que tarde.
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