Opinión

La importancia de los percheros

David Ortega Gutiérrez | Martes 05 de noviembre de 2013
En tiempos de crisis suele salir lo peor y lo mejor de las personas. Los hay que se aprovechan de la situación y tratan de hacer negocio con las necesidades de los demás, al igual que los hay que practican el sálvese quien pueda y únicamente van a lo suyo. También, cómo no, existen personas que en estos tiempos duros sacan lo mejor de sí mismo, haciendo la vida más agradable y soportable a los demás. Es la esencia de la naturaleza humana, conviven el bien y el mal, y ahí radica la libertad de cada uno, en la elección que hace y que le define y proyecta como persona, dentro lógicamente de la circunstancia que le rodea.

Según una persona va adquiriendo años de experiencia en la vida, comienza a entender mejor el perspectivismo o raciovitalismo orteguiano. La vida humana hay que ponerla al servicio de algo, es proyectiva en contraposición a la vida animal que es meramente “subsistiva”. Las personas existen, los animales subsisten, sobreviven a través de sus instintos, que no les permiten elegir. Es conveniente desarrollar nuestra parte más humana, no la más animal. Es verdad que el ser humano tiene la opción de aproximarse más a los primates de los que provenimos, pero nuestra existencia sería entonces subsistencia, estaríamos “sub”, por debajo pues de nosotros mismos y nuestras posibilidades potenciales, en términos aristotélicos; existir es actualizarlas, pasarlas a actos, acción. Somos lo que hacemos. Los animales se adaptan a su entorno, la existencia humana lo transforma y lo humaniza.

La existencia humana es estar, permanecer hacia fuera. El verbo latino “sto, esta, estare” significa permanecer, estar, y en español, unido a múltiples prefijos, forma diversos verbos: insistir, consistir, resistir, subsistir, desistir y, por supuesto, existir. El prefijo “ex” significa salir de uno mismo, estar hacia fuera, mirar al otro. Ahí están diversas palabras como exterior, externo, extranjero. Todas ellas invitan a lo que está fuera de nosotros.

La existencia propiamente humana se centra en la relación con los otros. El ser humano es un zoon politicon, un animal cívico, es persona en tanto en cuanto hace crecer a los otros. La vida humana entregada a la propia subsistencia es más animal que humana, atañe o afecta a nuestra dimensión más básica. La gran aportación del pensamiento estoico primero y del pensamiento cristiano después, se centra en el humanismo, en la persona que sale de sí misma hacia los demás. Martín Descalzo definió magníficamente la persona y vida de Cristo con solo dos palabras: crece entregándose.

Cada cual tiene que buscar el perchero en el que cuelga las diferentes cosas que hace en la vida y le dan sentido último. A la vida hay que darle un sentido, hay que apostarla a algo que nos haga crecer como personas. El mirarnos meramente el ombligo es algo animal, levantar los ojos y descubrir a los otros nos hace lo que somos. La esencia del ser humano es la generosidad, la alteridad; el egoísmo es el centro de todas las miserias y vicios del ser humano, nos hace más animales, mientras que la generosidad nos hace más humanos. Somos más personas cuando enriquecemos más a los que están a nuestro lado.

Los tiempos de crisis son buenos para la reflexión, para el ensimismamiento agustino centrado en una cierta iluminación interna para salir hacia los demás. Nadie da lo que no tiene. Parecido a la caverna platónica, hay que abandonar las sombras para conocer la realidad. San Agustín solía decir: Ama y haz lo que quieras. La inteligencia nos proporciona los medios, los instrumentos, pero la cuestión de los fines, los objetivos a los que apostamos nuestra vida vienen dados por la educación, la cultura y el conocimiento de realidades que nos hace salir de nosotros mismos, normalmente hacia los demás.