Opinión

En defensa de los Erasmus

Rafael Sánchez Mantero | Martes 05 de noviembre de 2013
El programa ERASMUS se ha convertido en uno de los ejes de la actividad universitaria europea desde su creación en 1987. A lo largo de mi trayectoria como profesor en la Universidad de Sevilla, uno de las mayores satisfacciones que me ha proporcionado mi actividad docente ha sido la de haber facilitado la estancia de docenas de mis estudiantes en otra universidad de la UE a través de este programa. Siempre he estado convencido de que la experiencia de cursar un año de estudios en otra universidad diferente a la propia constituye uno de los elementos más valiosos y, yo diría que –con los tiempos que corren- más indispensables para cualquier estudiante que pretenda aprovechar al máximo los años de su formación. No sólo supone el enfrentarse al reto de cursar estudios y recibir enseñanzas en una lengua distinta, sino que propicia la convivencia en otros ambientes universitarios europeos, ofrece la oportunidad de conocer el funcionamiento institucional de otros centros de educación superior y sobre todo, contribuye a abrir horizontes para los jóvenes que pretenden abrirse camino en un mundo cada vez más globalizado.

De esas docenas de estudiantes a los que alenté y comprometí a embarcarse en la experiencia ERASMUS, ninguno de ellos me volvió con alguna queja o algún reproche. Todo lo contrario, todos ellos me agradecieron la oportunidad que les ofrecí a través de los programas que tuve la oportunidad de coordinar en universidades tan distantes y dispares como las de, Lyon, Nantes y París IV Sorbona en Francia; Bielefeld, Libre de Berlín y Humboldt en Alemania; Trinity College en Dublín y algunas otras. Han sido ellos, por otra parte, los que mejor han sabido prosperar en el mercado laboral.

El aumento de las solicitudes y la complejidad que suponía el crecimiento de estudiantes interesados en el Programa fue haciendo desaparecer la figura de los coordinadores, cuyo papel asumieron institucionalmente otros organismos universitarios para darle una mayor agilidad y eficacia. También fueron creciendo las ayudas que los estudiantes recibían de diferentes instancias para completar sus becas. Así, estas ayudas que prestaba la Comunidad Europea, que en un principio solo pretendían cubrir la diferencia que podía suponer para el beneficiario el estudiar en su universidad de origen con respecto a los costes en una universidad situada en un país extranjero fueron aumentando. Con el tiempo, y conscientes de la importancia que suponían los intercambios, fueron arbitrándose otras ayudas procedentes de los correspondientes ministerios, de los gobiernos regionales y de las propias universidades, para paliar los crecientes gastos que implicaban los traslados de los estudiantes durante todo un curso o un semestre a países de destino con un nivel de vida superior al de origen.

Ahora, el Ministerio de Educación restringe estas ayudas con pretextos más o menos justificables y vuelve a poner en dificultad la aspiración de miles de estudiantes que quieren sumarse al Programa ERASMUS. Hasta el presente, han sido cerca de tres millones los universitrios europeos los que se han beneficiado de esta experiencia. Hoy día España es el país que más estudiantes envía a otras universidades extranjeras y el que más recibe. Sin duda, la necesidad que tienen los gobiernos de la Unión Europea de hacer más Europa, pasa por fomentar y acrecentar cada vez más este tipo de movilidad entre los jóvenes. Cualquier restricción en este sentido repercutirá negativamente en lo mucho conseguido hasta ahora.

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