Opinión

Nueva York elige subir los impuestos a los más ricos

Alicia Huerta | Miércoles 06 de noviembre de 2013
El de alcalde de Nueva York es, con seguridad, el cargo político a nivel municipal más importante del mundo. Por eso, el cambio de color político que ha tenido lugar este martes en las correspondientes elecciones a la alcaldía de la famosa ciudad estadounidense ha saltado a las portadas de todos los medios internacionales. Después de casi dos décadas, sus ciudadanos han decidido votar a los demócratas, aunque tampoco estaría fuera de lugar decir que, más bien, lo que han elegido parece haber sido votar a Bill De Blasio, un político bastante singular que incluye como punto importante de su programa electoral subir los impuestos a quienes ganen más de 500.000 dólares para empezar así la que ha llamado “lucha contra la desigualdad”. De hecho, el que pronto se convertirá en el alcalde número 109 de la ciudad más poblada de Estados Unidos bautizó su campaña con el eslogan “Historia de dos ciudades”, en clara referencia a la novela de Charles Dickens, centrándose en la falta de equidad existente en esta peculiar metrópoli donde conviven multimillonarios, como el propio alcalde saliente Michael Bloomberg, y aquellos que son pobres o están ya rozando el umbral de la pobreza, un 46%.

Con el 84% de los colegios electorales escrutados, ya podía decirse que De Blaso había convencido al electorado; alcanzaba el 73% de los votos, frente al 24% logrado por su contrincante del partido republicano, Joe Lohta. Era lo esperado según las encuestas, a pesar de un mensaje que sacude el llamado sueño americano. Los sondeos le daban desde hace días una ventaja tan absoluta, que el propio candidato tuvo que advertir a sus seguidores que no podían confiarse, sino salir de sus casas para participar y no arriesgarse a que la tendencia pudiera dar un vuelco inesperado. En todo caso, era altamente improbable. Lo que parecía claro era que su perfil “anti Bloomberg” le iba a ayudar en su camino a la alcaldía. Después de doce años, y a pesar de que durante los mismos Bloomberg había propiciado un importante desarrollo económico y urbanístico, así como un aumento del turismo gracias también a la bajada en los índices de criminalidad de la ciudad, De Blaso ha convencido a los votantes de que había que cambiar el rumbo y dejar, por ejemplo, de construir tanto apartamento de gran lujo para dedicar más recursos a proyectos que favorezcan el acceso a una vivienda de las clases más desfavorecidas. El pasado mes de enero se conoció el dato de que el número de homeless había aumentado en 3.200 personas, es decir, un 23% más que el año anterior, con fuertes aumentos en barrios como El Bronx o Brooklyn donde dicho incremento sobrepasaba el 50%. El próximo alcalde se declara, además, dispuesto a mejorar la educación pública, porque son los colegios de las zonas más pobres los que siguen sin funcionar como deberían, y a terminar con la práctica policial conocida como “stop and frisk”, que permite a los agentes parar a cualquiera que les resulte sospechoso por la calle y cachearlo, lo que le ha llevado a ganarse el apoyo de muchas asociaciones de derechos civiles.

De Blaso, nacido en Manhattan de padre con orígenes alemanes y abuelos maternos italianos, ha necesitado, en todo caso, igual que ocurrió con Barak Obama, movilizar a ese electorado por lo general poco activo que conforman las minorías – de los 8.3 millones de neoyorquinos, el 33.3% es de raza blanca, el 25.5% afroamericana, el 28.6% hispana y el 12.7% asiática – para ganar en lo que se había convertido en un feudo republicano. Y, al contrario de lo que normalmente pensamos que puede ocurrir con los políticos “diferentes”, a De Blaso su pasado y su presente familiar no sólo no le han perjudicado, sino que le han favorecido en parte. Algo así como acercándole a los que saben por experiencia lo que supone tener que remontar desgracias o verse obligado a tomar caminos poco convencionales.

De Blaso conoció en la universidad a su mujer, una escritora afroamericana que salió del armario en un artículo publicado en 1979 en la revista Essence, con quien se casó en el 94 en una ceremonia celebrada por dos pastores homosexuales. Antes de eso, se cambió el apellido paterno por el de su madre, ya que su padre, un veterano alcohólico de la Segunda Guerra Mundial, les abandonó, suicidándose años después de un tiro en el pecho. El nuevo alcalde tenía 7 años. Y en el indispensable “anticurriculum” aireado por la oposición tampoco podía faltar alguna referencia a las malas compañías de este político de 52 años. De modo que durante la campaña salió a relucir un viaje que De Blaso realizó a Nicaragua en 1988, época en la que la revolución Sandinista enfrentaba la guerrilla de la Contra. Aquel año, el político demócrata participó en una misión humanitaria organizada por un grupo católico del estado de Maryland que, según The New York Times, le habría convertido en “un ardiente partidario de los revolucionarios nicaragüenses”. Pero ni con esas. De Blaso tiene ahora la oportunidad de demostrar que en su programa no hay únicamente palabras, aunque todos tengamos ya la mala experiencia de saber que en política el trecho desde el dicho al hecho es, en demasiadas ocasiones, insalvable e, incluso, contradictorio. De momento, nada más ganar, ha admitido que “luchar contra la desigualdad nunca ha sido fácil” – menos aún en la cuna del darwinismo social -, pero que, en todo caso, “es el reto definitorio de nuestro tiempo”.

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