José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 08 de noviembre de 2013
Naturalmente no puede reducirse a su solo influjo la irrupción en nuestro país de una corriente de pensamiento capital en la filosofía y cultura del siglo XX, en la que, por contera, lo colectivo prima ampliamente sobre lo individual. Mas no por eso ha de infravalorarse su relieve. La Barcelona a la que regresó el más tarde catedrático de la Universidad de Valencia antes de serlo en las aulas de la Ciudad Condal – de la Universidad Autónoma y de la Pompeu Fabra-, era una urbe efervescente de actividad intelectual, diseminada, por fortuna, entre las numerosas asociaciones y organismos privados dedicados al cultivo y potenciación de las diferentes ramas de la cultura, culminadas con un Alma Mater de talante creativo y renovador en muchas de sus materias. Venturosamente, disponemos de una muy diversificada literatura memoriográfica en que escritores, casi todos ellos justamente reputados –de Salvador Pániker a Carlos Barral, de Manuel Jiménez de Parga a Lorenzo Gomis-, evocan –de ordinario con espíritu crítico y con cierta frecuencia hipercrítico- la Barcelona intelectual y cultural del cenit del franquismo.
La pronta llegada a su mayoría de edad de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales comportó, por ejemplo, un profundo revulsivo en todos los planos de una actividad en la que la hegemonía catalana resultaba indiscutible. Así, la docencia de quien habría de ser en dos ocasiones su rector –en la dictadura y en la democracia- y comisario adjunto del el gerundense, de ascendencia malagueña, Fabián Estapé Rodríguez, ejerció desde su incorporación a ella, procedente de la Universidad de Zaragoza –en itinerario idéntico a su admirado Vicens Vives, antecesor, a título interino, de su misma cátedra-, una labor imponderable de “agitador de almas” y acicateador de vocaciones políticas e intelectuales, a menudo bajo el signo de la disidencia extrema. De enorme ascendiente en la ya muy prestigiosa editorial Ariel -fundada en 1954-, estimuló la publicación de renombrados autores franceses y anglosajones, parte de ellos modernos difusores del ideario marxista con preferencia en el terreno de las Ciencias Sociales. Coincidente con su tarea en la misma editorial y en el mismo claustro barcelonés se descubriría otro de los maîtres à penser de los estudiantes más inquietos y brillantes de la carrera de Derecho: el granadino M. Jiménez de Parga. De filiación democristiana y estrecha amistad con uno de los iconos del socialismo de cátedra francés de la época, su colega bordelés y luego parisino Maurice Duverger, ayudó y protegió a varios politólogos de porvenir muy saliente, entre los que descolló el futuro padre de la Constitución de 1978 y ministro socialista Jordi Solé Tura, militantes precoz en las filas del PSUC y muy notable conocedor del método dialéctico como, entre otros de sus notorios trabajos, patentiza su controvertida tesis doctoral –arquitrabada conforme a los cánones marxistas más clásicos- acerca del catalanismo en la versión conservadora definida por Enric Prat de la Riba (1870-1918).
De relevante protagonismo en los destinos del marxismo intelectual y político del tardo franquismo y la Transición –uno de los siete constituyentes- hasta su tránsito al PSOE, el que fuera ministro de Cultura en uno de los últimos gabinetes de Felipe González se significó como alfil destacado en la partida por la confección del modelo dialéctico en la vertiente de las disciplinas jurídicas y, en particular, politológicas. Uno de los primeros difusores de Gramsci –Cultura y Literatura. Barcelona, 1967- lo sería también –y en alto grado- del griego Nicos Poulantzas, cuya visión marxista de la naturaleza y funciones del Estado dominó durante un quindecenio con poderío toda la animada escena metodológica y discursiva de tan concurrida temática en dicho periodo. Sumergido de lleno y con papeles estelares en la maquinaria dirigente y propagandística del PSUC, con los consiguientes vaivenes de valoración y ascendiente dentro de ella, su labor académica se resentiría justamente en el rebrote mismo del catalanismo, cuando, por tanto, su presencia en el debate intelectual hubiera sido inestimable. Caso paradigmático de la politización experimentada al máximo y más completo nivel de la vida cultural de la época, su ejemplo sirve en estas líneas para ilustrar una vez más el peligro que las acecha en todo momento de introducirse por el terreno de la historia y reconstrucción de la vida política de la etapa analizada debido al maridaje y a la unión de ordinario inextricable entre cultura y política. Propósito, huelga decirlo, sideralmente alejado del que alienta estas páginas.
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