Opinión

Cataluña versus España: todos pierden

David Ortega Gutiérrez | Martes 12 de noviembre de 2013
Hay veces que en la vida es muy útil ver las cosas de forma fría y objetiva, dejando al margen cualquier tipo de apasionamiento, que en nada beneficia en determinados temas. En el concreto caso de la apuesta secesionista que determinada clase política catalana está llevando a cabo, se hace imprescindible un análisis racional e imparcial de la cuestión. Algo que probablemente no hagan ni los partidarios de la ruptura, ni los de la continuidad del actual status político.

En las relaciones entre dos partes normalmente se pueden dar cuatro supuesto: el del insensato, el aprovechado, el inteligente y el tonto. Cuando una persona se perjudica y beneficia al otro como opción libre, estamos ante un insensato, no suele ser un caso muy recomendable. Cuando uno se beneficia a costa del perjuicio de otro, estamos ante el típico listo aprovechado, no es bueno ir así por la vida, a la larga no se suele llegar muy lejos. Casi siempre, si se puede, la mejor opción y la más inteligente es buscar el punto de mutuo beneficio. Por último, la que siempre se debe evitar, es la del perjuicio de todos. Lamentablemente esta es la forma de actuar de los estúpidos, en la que todos pierden, incluso a veces la naturaleza humana se mueve más por el odio que por el amor, y algunos prefieren soportar el daño propio disfrutando con el perjuicio ajeno. Es triste comprobar que en el caso del reto secesionista que plantea una parte de la clase política catalana, estemos ante el inaceptable caso de que todos perdemos; salvo tal vez, y a corto plazo, esa determinada clase política catalana.

Hace pocos días la Fundación Progreso y Democracia ha editado un elaborado estudio -“El coste de la No España”- donde se demuestra lo perjudicial que sería la separación de Cataluña para los propios catalanes, principalmente, y en menor medida para el resto de los españoles. Aunque las principales perspectivas que se estudian son de tipo económico y comercial, también se abordan enfoques de tipo internacional, estatal, de derechos individuales, de psicología social y un largo etcétera. Parece que la conclusión del estudio es bastante clara, nos va mucho mejor juntos que separados en todos los aspectos y a todos los niveles.

Merece la pena reflexionar sobre algunas cuestiones que están sucediendo y que parece hemos caído poco en ellas. Primero. La Constitución española de 1978 instauro no sólo un nuevo régimen político, sino un nuevo estilo de vida para los españoles, incluidos por supuesto los catalanes. No se debe olvidar que está en juego una forma de vida y de convivencia, basada principalmente en la integración, el pluralismo, la tolerancia y la consecución de un proyecto común que después de dos siglos de desencuentros, ha logrado cuajar con magníficos resultados. Lo que ha avanzado España en estos 35 años no lo había avanzando en los últimos dos siglos en paz, progreso y convivencia integradora. La Constitución nos metió en la modernidad y en la solidaridad. Segundo. Determinada clase política catalana ha utilizado los instrumentos integradores que posibilita la Constitución justo para el efecto contrario, buscando la desintegración del proyecto común que tanto ha costado conseguir. Los órganos autonómicos (ejecutivo y legislativo), la educación, la economía, los medios de comunicación, la cultura, etc. han sido puestos al servicio, no de la convivencia en común, dentro de la diversidad, sino del franco enfrentamiento viendo al otro como el culpable de todos los males (España nos roba). ¿Es sostenible está afirmación desde una perspectiva seria y rigurosa? ¿Cómo sería la vida económica y comercial de Cataluña fuera de España y de la Unión Europea? Tercero. El movimiento rupturista catalán no es de abajo arriba, no nace de los catalanes y de su exigencia a su clase política. Es todo lo contrario, es un movimiento de arriba abajo y trabajando principalmente el lado más emotivo, desiderativo y volitivo del pueblo catalán, pero no su lado más racional. Se presenta un futuro Estado catalán perfecto, sin problemas, económicamente viable y casi a la cabeza de Europa, con un Estado democrático donde se respeten los derechos fundamentales y las libertades públicas, además de respetar las sentencias de los jueces y ser solidarios, pero ¿Está garantizado que esto va a ser así? Desde luego está clase política no ha demostrado esas virtudes, sino todo lo contrario. Piénsese en ello. Mal que bien España hoy si garantiza ese Estado, está por ver que en ese nuevo paraíso catalán suceda lo mismo.

Sinceramente creo que se está manipulando y engañando a muchos millones de personas con un tema enormemente grave que afecta a la esencia de nuestra convivencia, pues, no se engañen, nuestro estilo de vida no sería el mismo, todos cambiaríamos, ya que dos de los tres elementos del Estado se verían modificados: el pueblo y el territorio. La forma de Gobierno no cambiaría para el resto de los españoles que seguiríamos bajo el paraguas de la Constitución de 1978, aunque en el caso de la nueva nación catalana desconozco que gobierno tendrían, pero los mimbres actuales desde luego no ofrecen muchas garantías de respeto por el Estado constitucional de Derecho, visto lo visto.

En la vida, ante las decisiones importantes, hay que analizar con frialdad los pros y los contras y, sinceramente, al margen de emociones, deseos, aventuras hacia lo nuevo y de más estrategias románticas del nacionalismo decimonónico, creo que lo más inteligente es que se imponga el sentido común de los hechos y de los fríos datos: con la posible ruptura todos perdemos, especialmente nuestro actual estilo de vida. No me parece un tema menor.

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