Opinión

Lágrimas en el cementerio

Antonio Hualde | Jueves 14 de noviembre de 2013
William Faulkner decía que “se puede confiar en las malas personas, no cambian jamás”. Habrá quien piense que una frase así es algo pesimista, y puede que tenga razón. Sin embargo, muchas veces es así. Y cuando toca sufrir los efectos de la maldad en carne propia, todo es mucho más duro. Estos días, lo peor de cada casa deambula por ahí gracias a que un juez socialista amigo de Zapatero decidió que no le gustaba la doctrina Parot, y que se la tenía que cargar a como diese lugar.

Tuvo éxito. La primera en salir a unas calles que ella misma había mancillado con la sangre de veinte inocentes fue la etarra Inés del Río. El nacionalismo vasco acogía jubiloso a una de sus hijas predilectas; júbilo al que se sumaba un buen puñado de socialistas vascos y navarros Tras ella han ido saliendo más, y los que quedan. Ahora les toca el turno a pederastas y violadores, en disposición de volver a repetir las mismas atrocidades “gracias” a la doctrina jurídica progresista.

Recuerdo un debate en mi clase de derecho penal a propósito del fin de la cárcel. Tres eran los pilares sobre los que giraba dicho debate: la cárcel como consecuencia de haber cometido un delito, y su estancia en la misma con el fin de reinsertar al delincuente y de mantenerle alejado de la sociedad a la que había dañado. Esto último, de suma importancia, ha sido y es sistemáticamente ignorado por la doctrina progresista. Creen que todo el mundo es reinsertable, y que las condenas largas son inhumanas.

Inhumano es matar, violar y no arrepentirse de ello. La última reforma del Código Penal costó Dios y ayuda porque el PSOE -y no digamos Izquierda Unida- se negaba en redondo al endurecimiento de penas por determinados delitos que están en la mente de todos. De haberse hecho hace años, hoy las calles serían más seguras. No es así. Miles de familias españolas lloran a sus seres queridos en los cementerios, mientras en la calle asesinos y violadores disfrutan de una libertad que no merecen.

Hay manzanas podridas que, en contacto con otras, contagian su podredumbre. Del mismo modo, hay personas podridas que sólo saben emanar su podredumbre hacia los demás. Son pocas, por suerte, pero aquí no importa tanto el número como lo que han sido -y son- capaces de hacer. Estoy seguro de que cuando Miguel Ricart -uno de los asesinos de las niñas de Alcásser-salga a la calle nadie irá a manifestarse delante de las sedes socialistas, ni pedirá cuentas al juez López Guerra. No ha sido así, desde luego, cuando el etarra Troitiño acudió a hacer la compra con toda normalidad; nadie le importunó. Años atrás, en 1987, él asesinó cruelmente a 21 personas que acudían a comprar al Hipercor de Barcelona. Y luego dicen que un voto más o menos no va a ningún lado. La política judicial de PSOE e Izquierda Unida tiene estas cosas. Legitimarles es encumbrar a tipos como López Guerra. Y las consecuencias a la vista están.

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