Crónica de América
Viernes 15 de noviembre de 2013
Argentina es hoy un gran hervidero de especulaciones en voz baja y de maniobras en la sombra de todo cariz, alentadas por el secretismo informativo decretado desde la presidencia. La gran derrota del kirchnerismo en las recientes elecciones auguraba ya una deriva errática en el país austral, y ahora el hermetismo sobre la auténtica situación de la presidencia se ha convertido en un arma política de doble filo que amenaza con dejar sin rumbo a toda la nación.
Este es solo el último de los grandes secretos que vienen jalonando el historial clínico de Cristina Fernández de Kirchner, cuyo primer gran episodio se remonta a 2005, cuando le diagnosticaron un cáncer de útero. El sigilo médico aumentó considerablemente a propósito de las consecuencias psíquicas que le causó la muerte de su esposo, Néstor Kirchner, en 2010, capítulo del que ha trascendido la insuficiencia de los fármacos ansiolíticos, sedantes y anticonvulsivantes que le fueron suministrados para bajar su nivel de ansiedad y de insomnio. Testimonios de distinta índole han relatado arrebatos injustificados de ira, rabietas pueriles y un creciente desengaño hacia todo su entorno político, que ha aislado su figura hasta reducir su confianza exclusivamente al ámbito familiar de sus propios hijos. La confidencialidad mal entendida y el temor a las represalias con que se abordaron estas cuestiones dejan un amplísimo campo para la conjetura. Exactamente lo que no debe suceder, ya que la claridad informativa sobre la salud de un Jefe de Estado -más aún en un sistema presidencialista- es un principio que jamás habría de vulnerarse.
El último episodio clínico ha rebasado, sin embargo, cualquier límite mínimamente razonable en torno a la confidencialidad en la salud de un gobernante para desembocar en situaciones que han bordeado lo rocambolesco y el desdén hacia la ciudadanía. La última aparición pública de la mandataria argentina se remonta nada menos que al pasado 4 de octubre, durante la inauguración del Hospital materno-infantil Vicegobernador Alberto Balestrini, en plena campaña electoral legislativa. Después de dos enigmáticos días de ausencia pública salta la noticia el 7 de octubre, al comunicarse que la presidenta de la República sufre una lesión cerebrovascular producida por un traumatismo craneal provocado más de dos meses antes, a mediados de agosto, por causas que permanecen todavía hoy en el más impenetrable de los secretos y del que, como es obvio, no se ofreció la más mínima comunicación a la opinión pública.
A partir de ese instante las lacras del personalismo y la desinformación evidenciaron una vez más la mentalidad cerrada en el ejercicio del poder y el escaso apego a los usos democráticos que ha lastrado la acción de los sucesivos gobiernos kirchneristas. A través de filtraciones se ha sabido que Cristina Fernández ingresó el día 5 en un hospital y que lo abandonó aquel mismo día por su propia cuenta -contraviniendo los criterios de los facultativos- para ocultar la gravedad de su lesión. Recluida en la residencia presidencial de Olivos, manejaba los hilos del poder a golpe de llamadas telefónicas mientras delegaba la imagen pública del Ejecutivo en el vicepresidente Amado Boudou, político involucrado en múltiples causas judiciales.
Todo un plan improvisado e irreflexivo que fue, a su vez, súbitamente reventado días después por la propia presidenta argentina al volver de forma repentina sobre sus pasos e internarse en la misma clínica de la que se había “escapado” para someterse, ahora sí, el día 8, a un drenaje craneal urgente. La obsesión por el secretismo volvió a desencadenar medidas extravagantes como requisar íntegramente los teléfonos móviles no solo al personal sanitario sino a todos los usuarios y visitantes del centro hospitalario. La desinformación alcanzó a los propios ministros del Gobierno. Amado Boudou se vio en el desairado trance de ofrecer una multitudinaria rueda de prensa para comunicar que Cristina Fernández estaba descansando plácidamente en su residencia después de haber pasado algunas pruebas médicas, cuando en realidad en esos precisos momentos iba a dar comienzo la intervención quirúrgica craneal. Ni el propio vicepresidente, que debía hacerse cargo del traspaso de poderes de la presidencia, poseía información veraz sobre las auténticas circunstancias en que se encontraba. Un episodio bufo que evidenciaba, por enésima vez, el desprecio a las instituciones republicanas y los valores democráticos.
La consecuencia más favorable del postoperatorio del último mes ha sido, obviamente, la lógica simpatía hacia la convaleciente que ha elevado, según las encuestas, su índice de aceptación. Una corriente de cordialidad que previsiblemente dará pie a las estruendosas y festivas celebraciones propias del kirchnerismo. La convalecencia también ha ahorrado a la mandataria el dar la cara ante el descalabro de las elecciones legislativas y esquivar de este modo el amargo compromiso de hacer públicamente una lectura positiva de unos resultados electorales inequívocamente adversos, tal como le ocurrió tras los comicios del pasado septiembre.
Estas aparentes ventajas de cara a los medios de comunicación esconden, sin embargo, un trasfondo desestabilizador que puede pasar al país una factura preocupante a medio plazo. Tras las últimas elecciones, Cristina Fernández de Kirchner ha perdido cualquier margen de maniobra para cambiar el orden jurídico y optar a su propia reelección. El mapa político ha sufrido una profunda modificación y se ha configurado un nuevo orden de fuerzas que convierte en inviable cualquier fórmula de continuidad kirchnerista. En estas circunstancias, el hermetismo sobre la situación real de Cristina Fernández y la dirección de sus próximos pasos ha desatado un profundo nerviosismo entre la clase política y ha originado toda clase de maniobras solapadas que escapan a cualquier control. Desdeñando las variopintas habladurías sobre el auténtico estado de salud de la presidenta, la clase dirigente percibe una inequívoca debilidad política de la actual presidencia en el nuevo tablero argentino y trata de tomar posiciones de ventaja ante los cambios inminentes.
Vacía la Casa Rosada y en completo silencio la residencia Olivos, las intrigas se orientan a imponer una drástica mudanza de Gobierno. Las gestiones bajo cuerda se hacen en sordina, aunque no ha faltado quien ha perdido los papeles realizando estridentes declaraciones. Entre las más pintorescas y hasta soeces se encuentran las debidas al senador Mario Ishii, quien acaba de acusar públicamente de “vagos” a los ministros de Cristina Fernández para exigirle que eche a la calle como mínimo a la mitad de ellos. Las palabras literales han sido explosivas: “Uno confía en que están trabajando, como confía la presidenta en que sus ministros trabajan, pero se están rascando las pelotas en el sur, en el norte o en cualquier lado, donde les parezca. Si no hay mano firme en el Gobierno, que pueda decir que se pongan a laburar a los vagos que tenemos de ministros, no vamos a salir de esta.”
Con otros modos, las maniobras de la clase política han perfilado una remodelación gubernamental, que de ser definitivamente impuesta resultaría, de hecho, el comienzo de la verdadera transición para dejar atrás el actual poder presidencial y sustituirlo por un nuevo liderazgo. Cada día que pasa se hace menos creíble la capacidad de Cristina Fernández para orquestar con un mínimo orden esa difícil reordenación del poder con vistas a las presidenciales de 2015. El pasado 9 de noviembre, la presidenta recibió el alta cardiológica, que se suma a las altas neurológica y
neuroquirúrgica ya concedidas. En el hecho de que la mandataria haya forzado una semana más de reclusión y silencio, la clase política argentina ha percibido que la mano dura ha tocado a su fin y que los convulsos retos que debe afrontar la nación -comenzando por la descontrolada inflación y el incremento permanente de la inseguridad-, no van a ser encarados con las profundas reformas que requieren.
Se vislumbra, pues, un largo periodo de acefalía política y lucha por el poder en condiciones cada vez más adversas. El secretismo, el personalismo, el hermetismo informativo y la desinformación no solo se han mostrado como formas de conducta hostiles a los principios democráticos, sino también como un veneno que ataca el orden político y lo desarma ante las amenazas y desafíos reales y perentorios de la nación.
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