Sábado 16 de noviembre de 2013
La danza Butoh es uno de los misterios bien guardados de Japón. Aunque tiene ya más de medio siglo de existencia, su origen es poco conocido. En 1959, durante la postguerra japonesa, un actor, Tatsumi Hijikata, ideó una nueva forma de danza que intentaba salirse de las normas de la danza y el ballet occidentales y crear algo nuevo. Buscaba una forma de expresión que fuera exclusivamente japonesa, y que sirviera para expresar los sentimientos de rabia, impotencia, rebeldía, que sentía en su interior y en la sociedad. Tenía algo de apocalíptico, algo de absurdo y mucho de radical. De corporeidad radical.
La propuesta fue acogida por otros, como Iwana Masaki, se unieron a la propuesta y acuñaron el término Butoh (“danza”), que viene de “ankoku butoh”, o “danza oscura”. La primera representación oficial de danza de Butoh se llamó “Colores prohibidos”, y se basaba en la novela homónima de Yukio Mishima. En ella, Mishima explora el alma partida de un joven homosexual. La adaptación de la obra, ya polémica de por sí, conmocionó la escena japonesa. Csi al mismo tiempo vinieron las “Danzas oscuras” del mismo Tatsumi Hijikata, fragmentos negros de lo que significa ser animal y ser humano, que popularizaron el estilo.
Hijikata concebía el Butoh no como un código o conjunto de movimientos, sino como una fuerza interna que impele al danzante a moverse en cierta manera. O a no moverse. El Butoh no es rítmico al modo occidental, no intenta mantener una armonía. Los ritmos existen, para romperse y volver a formarse; o para desaparecer. Es una forma de baile casi instintiva, muy alejada del ballet. El espectador, aunque no sepa de Butoh, así lo percibe enseguida. Es un baile espontáneo, verdadero, no necesariamente bonito, y casi siempre sobrecogedor. Hay en él algo de los ritmos corporales irrefrenables, de latido, de vagido, de espasmo, de orgasmo. También hay algo anónimo muy relacionado con los ritmos animales: con el canto irregular de un pájaro, las oscilaciones de un banco de peces, los interminables ochos del vuelo de una golondrina. Del salto del saltamontes, de la ascensión al bipedismo de los humanos y su bajada temporal a las cuatro patas.
Por todo esto, el Butoh tiene un gusto antiguo, primigenio y tradicional, a pesar de su no lejano nacimiento. Huele a almazara, a almacén de pimientos verdes, a barro, a harina de arroz, a sangre. Y esto es en gran medida porque el Butoh es una danza gestual que recoge muchas de las formas antiguas japonesas del teatro Noh o del Bunraku. Como ellas, pero en un grado más acusado, es una danza conceptual, en la que la narrativa se disuelve en las imágenes y los cuadros. Es, de forma excepcional, una forma de danza para pintores. Cada movimiento, cada gesto, es una imagen que refleja algo de la historia de nuestra mirada y sus asociaciones. Es la danza que le habría gustado al Dalí de “Un perro andaluz”. No en vano, muchos teóricos ven en el Butoh influencias de Sade o Genet.
En los años 70 el Butoh perdió parte del apoyo del público, pero en los 80 hubo un renacimiento que llega hasta nuestros días. Y los días 7, 8 y 9 de noviembre nos ha visitado en Madrid la compañía Dairakudakan, para poner en escena la obra “Virus” en los Teatros del Canal, bajo el auspicio y la organización de la Fundación Japón, el sólido músculo de las joyas evanescentes japonesas que nos están llegando este año. La compañía está dirigida por Akaji Maro, un tesoro vivo del Japón, quien fue uno de los primeros discípulos del mítico Tatsumi Hijikata. Akaji Maro es una figura del Butoh, pero también un actor versátil capaz de aparecer en películas como “Kill Bill”. En los 70, los años en los que, casi en la sombra, Akaji Maro desarrolló su propia escuela, dio forma al concepto del “Tempu-Tenshiki” (“nacer en este mundo es en sí mismo un gran talento”). Su idea es que cada persona es un ser especial y cada bailarín es su propia escuela.
Estos principios, de forma sutil, se ven en los espectáculos que crea. Cada bailarín es un mundo y entre ellos forman otro mundo diverso, cambiante, microcosmos en un macrocosmos. La idea en la que se basa “Virus” es muy simple: el hombre es un virus en la tierra. ¿Cómo poner esta idea en forma de danza? La respuesta es un misterio al que solo puede responder la visión de la propia obra. Pero por debajo de ese virus, hay algo muy humano, aterrador, divertido, perverso y finalmente desolador.
Es difícil quitarse de la mente algunas de las imágenes que conforman Virus, animada con la música del compositor techno Jeff Mills: los virus danzando juguetonamente, los movimientos amébicos de las mujeres de Bera, el sugerente remordimiento del ADN o la rebelión de la red. Y el sol al final, solitario, herido y aullador en silencio.
En este Madrid otoñal y lleno de una basura tan absurda como un surrealista adorno prenavideño, este espectáculo bello, frágil, oscuro y a ratos juguetón nos ayuda a comprender el horror de nuestra naturaleza. Y la belleza oculta en ese mismo horror.