José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 22 de noviembre de 2013
Como España está ya vertebrado por el balompié y poco más, es a través del “deporte rey” desde el que han de trasmitirse los avisos más urgentes para preservar la minúscula red de talantes y actitudes de nuestra convivencia cívica y nacional.
De unos años atrás en los campos de fútbol de nuestro país se asiste a un alarmante incremento de los insultos racistas y xenófobos ante la pasividad suicida de una colectividad insensible frente a los monstruos incubados en algunas de sus capas. En un fenómeno generalizado existen pocas excepciones, y ninguna se cuenta en los estadios más rutilantes y suntuosos de Europa. Muy recientemente, en el más emblemático de los muchos de la capital de la nación se profirieron ex abundantia expresiones soeces contra uno de los ídolos de la mayor parte de su afición; gritos en los que su gran patria lusitana resultaba injuriada y hasta encarnecida. Al mismo tiempo, en numerosas ciudades y aun en pueblos de no demasiada entidad demográfica, la crónica cuotidiana de incidencias y sucesos nos informa de agresiones de bárbaros tecnificados a extranjeros e inmigrantes residentes en sus vecindarios. En ciertas urbes, la caza de ese “otro” se convierte en un rito hebdomadario más, con madrugadas de un terror no por banal menos execrable.
La restricción que de hechos de tal naturaleza –prodigados, importa repetir, a lo largo y ancho de la ibérica geografía balompédica- suele hacerse atribuyéndoles un origen exiguo y exaltado, no puede satisfacer más que a espíritus descaecidos de una mínima pulsión ética y desprovistos de cualquier cultura histórica. Si la centuria de los horrores –el siglo XX- dejó algún patrimonio moral elevado e insustituible es el realce y acendrado respeto a la dignidad humana, traducido en las Tablas de la Ley de su trascurrir: la Declaración de los Derechos Humanos. Tal herencia se ofrece irrenunciable si se desea mantener la esperanza en el progreso del planeta tierra y sus habitantes, sin que, dada la trascendencia del envite, sean posibles ninguna pausa o desmayo.
La identidad más profunda de la civilización occidental, la procedente del cristianismo y la antigüedad clásica y, en segundo lugar, de la Ilustración dieciochesca, repugna per diametrum los actos de intolerancia racista y xenófoba. Es éste sin duda el mayor lugar de encuentro y confluencia enriquecedora de los legados más luminosos del Viejo Continente, que no tardaría en desaparecer de la historia activa y creadora si abdicara de su defensa. Con algún optimismo, quisiera pensarse que todavía se está a tiempo de poner un dique a tan eversiva marea. Mas, en todo caso, éste no cabe limitarlo a las leyes, la policía y los juzgados. La escuela –siempre la escuela, por supuesto…, y sus maestras y maestros- y los todopoderosos hodiernamente medios de comunicación han de figurar, por sobradas razones, en vanguardia de una tarea en que están comprometidos los destinos últimos de la especie humana. La clase política debería igualmente ocupar un lugar saliente en la labor, pero la gran mayoría de sus miembros y organizaciones está en… ¡otras cosas! No obstante, pese a que, como es claro, su ausencia se hará notar, la sociedad española ha de inscribir en su agenda más perentoria la oposición drástica y sin fisuras a una realidad tan oprobiosa como amenazante.
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