Crítica de cine
Domingo 24 de noviembre de 2013
Se trata de una coproducción inglesa-filipina dirigida por Sean Ellis, que narra la dramática subsistencia de una familia después de verse obligada a dejar el campo en busca de un trabajo en la gran ciudad.
Cuenta el director británico Sean Ellis que el origen de la cinta fue un viaje que realizó a Manila en el año 2007. El choque cultural que experimentó nada más llegar fue de gran calado y no tardó en darse cuenta de que se trataba de una ciudad en extremo peligrosa, con enormes desigualdades sociales y mucha corrupción a todos los niveles. Una de las escenas que Ellis vio por la calle, y que no pudo olvidar, fue la violenta discusión de dos hombres en el interior de un camión blindado. Decidió entonces que tenía que entender lo que acababa de ver. Así, el realizador de Brighton se enteró, primero, de que el de conductor de camión blindado es uno de los trabajos con mayor índice de mortalidad del país y, a continuación, se dedicó a hacer llamadas a las empresas de furgones blindados para documentarse acerca de cómo trabajaban. Fue el propietario de una de estas empresas quien le permitió, además, que utilizara sus camiones para el rodaje, prestándoles, asimismo, los uniformes y los cascos para los actores.
Pero la triste historia de Óscar Ramírez, el protagonista a quien da vida el actor Jake Macapagal, se inspira en la vida real de otro hombre, Reginald Chua, que también vivió en Manila. Ellis la leyó en el periódico y decidió incluirla en la trama, llamando Alfred Santos a aquel joven que le inspiró aunque no llegara a conocerle nunca. El chico trabajaba en la fábrica de seda de su padre, hasta que la competencia decidió hundirles: les robaron, mataron a su padre, amenazando incluso a los trabajadores. El joven Reginald se vio obligado a cerrar la empresa, mientras se cruzaba por la calle con los asesinos de su padre, envalentonados a causa de su impunidad. La desesperación terminó por arrastrarle, igual que al protagonista Óscar, y, en su caso, le llevó a secuestrar un avión para robar a sus pasajeros y luego escapar saltando en un paracaídas fabricado con la seda que confeccionaba su padre desde una altitud de más de dos mil pies. Por supuesto, no lo contó.
Es también, sin duda, la desesperación lo que mueve a Óscar y a su esposa, Ina, a quien da vida Althea Vega, famosa actriz filipina. Con una niña de apenas siete años y un bebé, el matrimonio no tiene más remedio que admitir que si continúan dedicándose a la recogida de arroz, altamente devaluado por culpa de las mafias, pronto no tendrán dinero para dar de comer a sus hijas. De modo que, con lo poco que les queda, deciden arriesgarse y viajar a Manila en busca de trabajo. Allí vagan por una urbe desconocida y llena de gente tan pobre como ellos pero que ya ha tenido la oportunidad de aprender a aprovecharse de los incautos para ganar algo de dinero.
El realizador británico no ahorra en dramatismo, que muestra sin preocuparse de que transcurran los minutos de metraje. La llegada de los Ramírez a Manila está tratada con impactante realismo desde la cruel miseria en la que viven muchas familias atrapadas sin salida. Y cuando, por fin, parece haber una para la familia protagonista, el guión convierte dicha oportunidad en el punto de partida del alma de thriller que lleva dentro este filme, seleccionado para representar al Reino Unido en los Oscar como Película de Habla No Inglesa, ya que el idioma empleado por los actores es el tagalo. Contra todo pronóstico, el campesino Óscar consigue que le contraten como conductor en una empresa de furgones blindados. En realidad, ocurre gracias a la intervención de uno de los conductores con más experiencia en la empresa, Ong – magnífica la interpretación de este interesante personaje por parte de John Arcilla – quien, sin conocerle de antes, se convierte, desde ese momento, en una especie de benefactor. E, incluso, en un amigo, el único que tiene Óscar. Por supuesto, a Ong le mueve el interés y esconde unos planes muy concretos para los que tiene intención de utilizar al campesino inocente que piensa que es Óscar.
El escaso presupuesto con el que contaba el proyecto y que ahora se ve recompensado por el éxito de su paso por el festival de Sundance, donde la intimista cinta se alzó con el Premio del Público, obligó a que Ellis desempeñara también otras muchas funciones, a parte de las de director, guionista y productor. De modo que también fue iluminador, técnico de luces, operador de cámara, director de fotografía y técnico de sonido. Un esfuerzo físico que asegura que no volvería a hacer a pesar del reconocimiento internacional que está teniendo su película. El rodaje duró 38 días, pero la postproducción resultó mucho más larga. Para el montaje, por ejemplo, fueron necesarios nueve meses más, ya que ni Ellis ni el montador entendían una palabra de tagalo, la lengua nativa en Filipinas.
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