Opinión

Mi Buenos Aires querido

Reyes de Gregorio | Jueves 08 de mayo de 2008
Que nos entendamos en el mismo idioma aquí y en Argentina es una gran suerte. No te das cuenta de la importancia de la lengua española hasta que viajas a otro país y ves que hablan igual que tú y aún mejor que tú. Además de sentirte como en casa, si es que de verdad estás bien en tu casa, disfrutas de cada detalle, de cada anuncio, de cada conversación e incluso de la lectura de la carta del restaurante en el que comes o de las guías turísticas hechas para turistas. En una de esas guías buscamos un lugar donde ir a tomar una copa y leímos: “Cenas como la siguiente pueden vivirse en este lugar: El mejor jugador de fútbol de toda la historia, con la remera empapada en champán, subido a una mesa y rodeado de chicas bailando al ritmo de regatón. Todas estas chicas están siempre dispuestas por un par de tragos y unos cuantos dólares” En un principio pensamos que el lugar era un cabaret de lo más fuerte y que la “e” de remera no era sino una errata. Pues no, señores, la remera es simplemente una camiseta, tomar es beber y tragos unas copas y lo de los dólares significaba tan sólo que el lugar era barato. ¡Y divertido! Aunque, por si acaso, no invitamos a un par de tragos a ninguna de aquellas preciosas chicas.

Hablar el mismo idioma puede crear confesiones y confusiones si nos pasamos de listos, ya sabemos lo difícil que lo tuvo allí Doña Concha Piquer. Anécdotas como ésta las hay a millones. Dentro de la Biblioteca Nacional, sin ir más lejos, pude leer unas hojas del comité de trabajadores quejándose de falta de compañerismo y decían algo así como: “podés pedir la reforma necesaria pero no jodas al compañero”, al pronto pensé: qué curiosos son estos argentinos a la hora de redactar, pero enseguida me di cuenta de que lo único que pretendía la frase era que no se molestara al compañero de turno. Hay palabras que transoceánicamente se escriben igual y se pronuncian igual, pero que se usan de manera distinta y tienen significados diferentes. Un boliche, para nosotros es un juego con una bola y un palo (y yo lo relaciono inevitablemente con Pedro Picapiedra) y allí es una discoteca; por una gamba entiendo un sabroso crustáceo amigo de la cerveza bien fría y no una pierna; un colectivo para mí siempre será un grupo y no un autobús y algo que no podré nunca coger a no ser que quiera hacer el amor con dicho o dichoso colectivo.

La cosa se complica al ir a escuchar tangos, muchos de ellos escritos en lunfardo, el casi idioma del Tango argentino. El lunfardo en realidad es una jerga que se usaba en los barrios bajos entre marginales y delincuentes para que la policía no les entendiese. Rechiflao en mi tristeza hoy te evoco y veo que has sido/ en mi pobre vida paria sólo una buena mujer/ tu presencia de bacana puso calor en mi nido.../ Percanta que me amuraste… Si no necesitáis un diccionario de lunfardo-español y no sois argentinos, no me lo creo, aunque sí pueda creerme lo contrario.

Como ya habrán notado, recién acabo de volver de Buenos Aires. Para saber si me ha gustado o no la ciudad de la que regreso mis hijos me preguntan siempre: Si te pierdes, ¿te podemos buscar allí? La respuesta no tiene vuelta: Añado esta ciudad a la lista de ciudades en las que me encantaría volverme a perder... un día no demasiado lejano.

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