Opinión

Francisco Noy: Un catalán para el recuerdo

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 29 de noviembre de 2013
De la abundancia del corazón habla la boca… Otras veces se refirió el cronista a la muy singular figura del catalán Francisco Noy, producto alquitarado de una educación pública todavía elitista, abrumadoramente más por la exigencia y la cualificación que por la extracción social. De conversación magnética, era un tanto volteriano –(que no anticlerical enragé, distinción que, entre quiénes saben de estas cosas, no carece, desde luego, de importancia)-, pero también sobrino nieto del mártir Manuel Borrás, obispo auxiliar de D. Francisco Vidal i Barraquer , asesinado en el estío excruciante de 1936, alma, según el avezado juicio de su descendiente, “angelical”. De inclinaciones avanzadas, mas discípulo predilecto –acaso el que más en muchos planos- de D. Martín de Riquer. Catalanista sin proclividades “soberanistas”, protegió eficaz y generosamente en tiempos difíciles a muchas de las gentes que ocuparon en el último tercio del siglo pasado –y aún hoy…- los sitiales más encumbrados de los gobiernos de la Generalitat. Planiano burgués de la Ciudad Condal, estuvo en la Barcelona de Porcioles en lugares estratégicos del espectacular desarrollismo que hizo de ella, en las décadas finiseculares, la verdadera metrópoli del Mare Nostrum, sin que su cuenta corriente experimentase ningún acrecentamiento por vista cansada u oblicua mirada. Máquina incesable de favores y servicios, se vio recompensado por la devotio ibérica que le tributaron personas tan dispares como el conserje nocturno de Gaceta Ilustrada - exlegionario y estampa rediviva de los ilerdenses que no pudieron ser doblegados, allá por los orígenes de nuestra identidad, por el poderío púnico-, Salvador, el “chico para todo”, de envidiable personalidad y aun más admirable savoir faire –(qué será de él?, ¿se habrá convertido, conforme a sus deseos más íntimos, en uno de esos pocos directores teatrales de los que el país puede alardear?- o María Luisa, la insustituible y siempre agobiada telefonista de Historia y Vida y Gaceta Ilustrada.

En escenarios bien distintos, reclutó también sentimientos de incondicionalidad y simpatía. La primera gerencia de la Universidad Autónoma de Barcelona y, sobre todo, la dirección de La Vanguardia supieron bajo su rectoría de lealtades y gratitudes. Posiblemente quién no haya conocido La Vanguardia del tardo-franquismo no ha visto una redacción y un ambiente periodísticos más hervorosos y pujantes. En ella radicaba el verdadero poder y el centro de decisiones más importante de la España al norte del Ebro. Desde los obispados del Principado y aun de otras tierras limítrofes hasta los rankings de libros, conciertos, actividades deportivas y empresariales y consultas galénicas, todo ello y mucho más –en puridad, lo concerniente a la íntegra realidad de la región más creativa de la España de la época- hallaba el punto de su cochura en la sede del mítico diario decimonónico, que por dichas calendas semejó recuperar por completo su solera y talante del mejor liberalismo conservador. Antes y durante su dirección, Francisco Noy gozó de la confianza ilimitada de “don Carlos”, como denominara al conde de Godó, en extraña mezcla de respeto y afecto y un punto también de la inefable ironía que distinguiese a su fina inteligencia y asombroso talento. Ningún ventajismo o provecho personal ennegrecieron su reputación de hombre bueno y recto a carta cabal, de fidelidad bien probada aunque no sumisa a la dinastía barcelonesa que diera a la nación uno de los buques insignias de la comunicación a lo largo de los últimos 150 años.

Amante hondo y recatado del solar de sus antepasados, enaltecedor y protector de sus artistas y escritores –la lista aquí sería tan dilatada como, a las veces, sorprendente-, mecenas y hermano mayor de políticos de toda laya –Pallach, los Aineau de Lasarte, J. Benet, Armando Caraben y tutti quanti, siempre mostró, él tan desenfadado y modesto, actitud pontifical, pues, en su pensamiento e ideario, el diálogo constituía el condimento insustituible para superar los antagonismos y andar por caminos posibilistas, los de mejor y más seguro rumbo para alcanzar acuerdos en el polícromo universo de la política. En el lubrican del día autumnal en que estos renglones se emborronan en una ciudad impar de su idolatrado Sur, su perpetrador quiere imaginarse la respuesta de su amigo ante la anhelante pregunta por una Catalunya independiente: “Eso son chafarrinadas, José Manuel…”.

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