Manuel Villoria | Jueves 08 de mayo de 2008
Tradicionalmente, los partidos socialdemócratas se articulaban alrededor de programas que daban cuenta de los profundos debates ideológicos existentes en su seno. Ciertamente, había figuras representativas de cada una de las tendencias, pero las figuras eran parte de todo un proceso en el que las ideas jugaban un papel clave.
La personalización de la política, determinada por el desarrollo de las nuevas tecnologías de comunicación, en especial la televisión, ha ido eliminando el debate ideológico y ha llevado a los partidos en general y a los socialdemócratas, en particular, a una nueva realidad en la que los líderes surgen considerando sus posibilidades mediáticas y se desarrollan en el juego de espejos del perfeccionamiento de las habilidades manipulatorias. Al final, quien gana realmente las elecciones en modelos parlamentarios es el cabeza de lista y, a partir de ese momento, toma las decisiones como si él fuera el partido y como si las ideas fueran parte de los mecanismos de intercambio que él usa libremente (dentro de unos límites, obviamente).
Si a todo ello le añadimos un sistema electoral mayoritario o un cuasi-presidencialismo en el funcionamiento de las instituciones políticas, el resultado es que el líder define el rumbo del partido con casi absoluta libertad y cruza las líneas ideológicas, en los márgenes, con criterios de oportunidad y, prácticamente, sin frenos.
Es cierto, no obstante, que existen marcos cognitivos y metáforas asociadas a ellos que influyen en el tipo de líder que la gente quiere. Quienes, de alguna forma, tienen sentimientos, ideas y metáforas familiares conservadoras exigen un tipo de líder y un discurso y quienes tienen marcos cognitivos progresistas exigen otro tipo de líder y otro discurso. En las democracias de tipo mayoritario o semi-mayoritario ello nos lleva a la existencia de dos arquetipos de líder diferentes que deben ser cubiertos por la persona idónea y que cuando se consigue el hallazgo, es decir, la conexión óptima entre oferta y demanda, fidelizan a sus votantes de forma duradera (con los límites propios de la propia democracia mediática, que requiere cambios de cara cada cierto tiempo). Si una de las partes en la lucha partidista obtiene su producto y la otra no, entonces se puede producir un largo periodo de gobierno de un partido. Si ninguno lo obtiene, entonces entraríamos en una fase de fuerte deslegitimación del sistema y el surgimiento de partidos populistas y extremistas. Y si los dos lo logran, entonces podría darse un periodo de fuerte confrontación y de victorias mínimas de una de las dos partes, incluso con alternancia.
La verdad es que el modelo, en la práctica, tiene otras variables de acoplamiento que hacen que sólo opere de forma parcial, pero creo que los criterios de base, el tipo puro, nos puede ayudar a entender la realidad política nacional. Con él es más fácil de comprender qué está pasando en la política nacional en las últimas semanas. El PP se encuentra con un líder que cree que ha conseguido un gran resultado, considerando los datos crudamente. Además, cree que si no ha ganado ha sido por no tener las manos libres para poder jugar con estrategias, equipos e ideas de forma discrecional. Frente a él, la Presidenta de la Comunidad de Madrid pretende enmarcarle en una ideología, y definirle una estrategia y unos compañeros de viaje que coartan su libertad. Si uno es bien pensado, puede creer que lo que la Presidenta quiere es “arrimar el ascua a su sardina” y controlar ideas, aparatos y estrategias porque entiende que ello ayudará al partido. Si no se es bien pensado, lo que puede querer es despeñar cuanto antes al líder, colocándole fardos en sus pies, para colocarse en su lugar.
Lo que desde luego está claro es que el que gane el Congreso del PP, incluso si hay más de un candidato, intentará que nadie le imponga equipos, le defina compañeros de viaje y le encierre ideológicamente, aunque obviamente tendrá que tener contentos con sus mensajes a sus clientes cautivos, que son todos los que se sienten como conservadores (en sentido amplio) y asumen marcos cognitivos de tal carácter. En suma, probablemente el nuevo (viejo) líder creerá que la victoria se consigue si, manteniendo a los fieles, se puede seducir a sectores progresistas desencantados (aunque esto es difícil) o a capas populares que se sienten en peligro por el fenómeno inmigratorio (económicamente proclives a los mensajes progresistas pero con una inseguridad subjetiva ciertamente elevada y con valores postmodernos no predominantes).
A todo ello, se puede sumar el progresivo y sutil deterioro de los servicios públicos para que las clases medias sientan que pagan más de lo que reciben y empiecen a ser sensibles a los mensajes antiestatales y a aceptar como inevitable un fuerte individualismo. Como quiera que el electorado progresista tiene un candidato muy fuerte, la victoria sólo estará cerca si se captan votantes en los márgenes ideológicos del centro y centro-izquierda, así como en los sectores moderados del nacionalismo, de ahí que una ideología cerrada y bloqueada no dé garantías de éxito. La Presidenta de la Comunidad de Madrid, si es sincera en su defensa del liberalismo doctrinario, debe creer que lo que pasa en Madrid puede extenderse al resto de España, pero olvida que la izquierda le ganó las elecciones hace cuatro años y que lo que pasa en Madrid es, en gran medida, aún consecuencia de la falta de credibilidad hacia el PSOE que el “tamayazo” generó entre los votantes madrileños de centro e izquierda, además de variables vinculadas a la incapacidad socialista para generar liderazgos estables que conecten con el arquetipo. En consecuencia, la indignación de Rajoy frente a las demandas ideológicas de Esperanza Aguirre son lógicas, máxime si ésta no presenta candidatura a la presidencia. Otra cosa es si su forma de expresarlas ha sido acertada, y si no sería bueno para el PP que se facilitara un Congreso un poco más abierto y menos controlado, de forma que se diera la imagen de que la victoria ha sido fruto de la democracia y no de la manipulación de los aparatos.
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