crítica de cine
Domingo 01 de diciembre de 2013
Ridley Scott dirige este filme con el que el famoso escritor debuta como guionista y en el que participa un elenco plagado de estrellas.
Parece casi imposible que una cinta dirigida por Ridley Scott, con guión del autor de magníficas novelas llevadas a la gran pantalla como “No es país para viejos” o “La carretera” y un elenco encabezado por Michael Fassbender que se completa con figuras de la talla de Brad Pitt, Cameron Díaz, Penélope Cruz y Javier Bardem pueda naufragar de la forma en la que ya lo ha hecho en Estados Unidos, donde apenas logró recaudar 14,8 millones de dólares y la crítica se mostró inclemente. En nuestro país acaba de estrenarse este viernes, pero, obviamente, el resultado no va a ser mucho mejor. La taquilla podrá beneficiarse de la promoción, que incluye nombres tan jugosos como los mencionados, para atraer a los amantes de los estrenos, aunque el efecto de la mala crítica - alguna especializada y, sobre todo, la de los amigos que salieron de la sala echando pestes o simplemente bostezando - empezará a notarse en pocos días.
Pero volvamos al principio, ¿qué es lo que puede fallar de manera tan estrepitosa en un conjunto cuando todos los componentes son de primerísima calidad? Está claro que, para empezar, alguno de esos elementos no ha estado a la altura o ha querido volar demasiado alto. Y si ya antes de ver la película, uno sabe que el único “novato” en el asunto es Cormac McCarthy, nada más empezar a verla se da cuenta de que sí, es él quien se estrella en su debut como guionista, de una forma tan escandalosa que acaba arrastrando consigo al resto de sus compañeros. Está claro que Ridley Scott tiene la pericia y la experiencia suficientes como para ofrecernos algunas escenas esplendidas, pero, al final, eso únicamente sirve para que la frustración aumente. Porque uno intenta, a partir de ese clavo ardiendo, engancharse en la trama. Sí, durante unos pocos minutos, el espectador más voluntarioso llega a creer que por fin va a arrancar la acción que le lleve - a él y, sobre todo, claro, a los personajes, a alguna parte -, pero, no. Ya en la primera media hora de metraje, las desilusiones en las butacas empiezan a pesar más que toda la arena de ese desierto que la cinta utiliza como telón de fondo para narrar o, más bien, enredar sin sentido, la historia de un guapo abogado que finalmente ha encontrado a la mujer de su vida, con quien tiene intención de casarse lo antes posible.
Lo que ocurre es que, por desgracia, a la vida le encanta jugar con la ley de Murphy. De modo que a la guapa y recatada novia del abogado, papel que corresponde a una correcta Penélope Cruz, le da por aparecer en escena – la culpa no es suya, sino de la alineación de los astros – cuando al abogado el negocio se le está yendo a pique. Acostumbrado a moverse en los círculos de dinero y prestigio, el protagonista a quien da vida Michael Fassbender – su interpretación es, sin duda, lo mejor del filme – no contempla entre sus posibilidades renunciar a regalarle a su prometida un diamante de casi cinco quilates cuyo precio no quiere saber ni la propia novia, así que menos aún nosotros, y decide aceptar el “negocio” con el que ya hacía tiempo que le venían tentando los indispensables malos de la película. Y si con los personajes pretendidamente “buenos”, el abogado y su novia, la historia no amenazaba con hacer demasiado estropicio, es conocer a los “malos” y querer salir del cine corriendo, a pesar del frío que aguarda fuera.
El veterano escritor estadounidense ganador de un Premio Pulitzer por “La carretera” construye unos personajes tópicos e insípidos, poniendo, para colmo, en sus labios diálogos interesantes para leer pero poco convincentes y hasta ridículos en un filme de acción. Igual que si fueran los malos de un comic, más de uno llegará a preguntarse por la cifra que se habrán embolsado Cameron Díaz y Javier Bardem para haberse inmolado en tan innecesario sacrificio. Sólo el personaje interpretado por Brad Pitt, una especie de mediador en el oscuro mundo del narcotráfico, sale mejor parado. Cameron Díaz se nos presenta como una mezcla entre Cruella de Vil y la Reina del narco, y únicamente consigue salvar algunas escenas, esas en las que da la sensación de haber conseguido escaparse del guión para improvisar con un poco más de lógica y decisión. Mejor, no pregunten cómo está Bardem. Sólo una pista: al actor español le toca la peor parte, porque da la sensación de estar parodiando a alguno de sus propios papeles de malo. Con lo bien que se le da a él hacer de malo. Pues en El consejero, ni eso. Sus elucubraciones, es decir, las de su personaje, son como para arrancar las páginas correspondientes del guión.
Y no son sólo las suyas. McCarthy, al parecer emocionado con la idea de estar llegando al final del sangriento lío de contrabando en el que acaba metiéndose el abogado, ya no conoce límites en su escritura. Así que se saca de la manga nuevos personajes para que continúen alimentando con grandilocuente cháchara de corte existencial, que, en vez de tranquilizar al abogado o darle algún tipo de solución, acaba con la poca salud mental que le queda. Y de paso, con la paciencia de los espectadores.
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