Juan José Laborda | Viernes 06 de diciembre de 2013
España es un país cuyos dirigentes no escribían sus memorias, en comparación con los de lengua inglesa, cuyo género memorialista alcanzó cimas literarias, con el referente de Winston Churchill, premio Nobel de literatura. Los libros del ex-presidente Rodríguez Zapatero y de su ministro económico, Pedro Solbes, vienen a indicar una modificación en la tendencia anterior. Felipe González reitera que no escribirá sus memorias; Adolfo Suárez no lo hizo; y Leopoldo Calvo Sotelo escribió -con buen estilo literario- una narración de lo que fue su presidencia, que no fue propiamente unas memorias. Alberto Oliart y Rodolfo Martín Villa son la excepción a esa reluctancia nacional a relatar las experiencias políticas personales.
Los historiadores celebramos -como los lectores- ese tipo de obras. Es también un síntoma de modernidad: hay una industria editorial que paga esos libros, y unos públicos que los compran.
Y además, esas obras facilitan la crítica -favorable o desfavorable- a quién los escribe.
El libro de Pedro Solbes produce sorpresas. No por lo que recuerda, sino por esa necesidad de justificar su gestión y su dimisión como ministro de Economía del presidente Zapatero.
La gestiones económicas de Pedro Solbes, después la de Rodrigo Rato, y la de Solbes otra vez, llenan un periodo que se extiende desde 1995 hasta 2012: es decir, una expansión económica insensata y una corrección de la crisis posterior socialmente injusta. Pero esa valoración, en mi opinión, no es algo que afecte sólo a España, a sus ministros de Economía, y a sus presidentes Aznar y Zapatero. Los estímulos monetarios que se aplicaron para salir de la crisis de 1992-1995, después se convirtieron en la fórmula canónica de política económica; yo recuerdo que dentro del grupo parlamentario había diputados y senadores que seguíamos prefiriendo la orientación de Carlos Solchaga (moneda fuerte y crédito restrictivo), a la de Solbes (crédito fácil y moneda barata); con Rato y el euro, las líneas de Solbes se multiplicaron por mucho, y cuando éste sucedió a aquél, sus medidas no se corrigieron.
¿Pero era posible modificar esa política si las grandes economías mundiales la proponían como el remedio para los ciclos capitalistas?
Alan Greenspan, el oráculo económico de aquel tiempo, desde su todopoderoso puesto de fabricante de los dólares norteamericanos, no vio el desastre que se avecinaba cuando el mercado de hipotecas domésticas había entrado en la demencial burbuja.
Más o menos, como aquí.
No todos lo veíamos igual; pero nos quedamos en meros testigos. El 20 de octubre de 2006 publiqué un artículo sobre la especulación urbanística. Decía lo siguiente: “Se menciona la especulación como el rasgo definitorio del negocio urbanístico. Si vamos al Diccionario, o a un buen manual de economía como el Samuelson, sabremos que la especulación es una operación comercial con la que se obtiene lucro con mercancías o valores (…)El problema reside en que se obtenga un lucro excesivo, como el caso aquí de la vivienda, produciendo desajustes económicos y sociales. Los precios son tan elevados que un piso se convierte en algo prohibitivo o en una carga tremenda para muchas personas. Pero al mismo tiempo genera tales beneficios que el ahorro de los españoles se sepulta en ladrillos y cemento en vez de acudir, como en otros países, a invertir en la bolsa y así mejorar la productividad del país. Rechazar la especulación es igual al rechazo que en su tiempo mereció el préstamo con interés. El escolasticismo no supo distinguirlo de la usura, como hoy en día no se distingue la especulación de la corrupción. Se tiene miedo a la libertad y a la competencia, de modo que la vivienda sigue estando en un mercado protegido e intervenido como era el mercado de automóviles o electrodomésticos de hace 30 años. La vivienda es hoy en España como el oro hace siglos: se ahorra con un bien perjudicial para el futuro económico del país.”
Enric Juliana, en su libro “Modesta España” (RBA, 2012), en sus páginas 62 y 63 reproduce unas declaraciones de Miguel Sebastián, durante la campaña electoral de 2004: “Menos mal que no vamos a ganar porque la que viene sobre España es gorda. (Estamos) peor que mal. Tenemos una burbuja inmobiliaria y es inevitable que estalle, y cuando esto ocurra se lo va a llevar todo por delante incluyendo los bancos (...) El Gobierno del PP ha sido un irresponsable. En lugar de frenar la concesión de créditos hipotecarios a través del Banco de España, ha echado más gasolina al fuego con las desgravaciones fiscales”.
Ante su contundencia, los periodistas le preguntan por qué eso que dice no figura en el programa electoral del PSOE. La respuesta de Miguel Sebastián es desconcertante: "No es un programa electoral para gobernar sino para que José Luis (Rodríguez Zapatero) obtenga un resultado lo suficientemente bueno para salir reelegido secretario general del PSOE en el próximo congreso. Después ya haremos un programa económico en serio para gobernar". Los periodistas le formulan la única pregunta lógica: "¿Y si ganáis". "¡Qué horror! -responde Sebastián-. Eso sería muy malo para mí porque (José Luis) trataría de implicarme y no me podría negar... y mucho peor para él. No estamos preparados ninguno de los dos para gobernar este país…".
Escribir es excelente; deja muestras que el tiempo llena de significado.