Opinión

Autonomías todopoderosas

Viernes 09 de mayo de 2008
Con motivo de la llamada “guerra del trasvase”, hemos tenido ocasión de ver cómo unos presidentes autonómicos discutían sobre un asunto vital, que afecta a la práctica totalidad del territorio nacional. Algo similar ocurre en Educación, pues bien podría decirse que cada autonomía posee un sistema educativo propio, habida cuenta del traspaso de competencias. Le siguen Sanidad, Vivienda y tantas otras materias susceptibles de una regulación homogénea en aras de una mayor seguridad jurídica. Y hablando de derecho, el tráfico jurídico en España muchas veces se ve entorpecido por la enorme cantidad de reglamentaciones distintas en un mismo asunto. Cada comunidad autónoma hace y deshace a su antojo sin que al Estado parezca importarle demasiado. Ello es fruto de una concepción excesivamente generosa, fruto del momento en el que se concibió el estado de las autonomías, y la transferencia sin límite de competencias a las que nunca el Estado debió renunciar. Bien está el respeto a las particularidades, pero no cuando se corre el riesgo de que éstas resquebrajen la casa común.

Hoy por hoy, puede afirmarse sin rubor alguno que somos el Estado más descentralizado de toda Europa, muy por encima incluso del sistema de “landers” alemán. ¿Es bueno o malo? Zapatero es un firme defensor del autogobierno, y por tanto, de potenciar el traspaso de competencias a las comunidades autónomas, vaciando al Estado de contenido hasta límites insospechados. En la actualidad, nadie pone en duda que un centralismo fuerte sería poco viable, en efecto. Pero sí es cierto que convertir un país en un reino de taifas origina no pocos recelos, amen de conflictos por el reparto de bienes que a todos corresponden. No en vano, todos somos España. Al menos, hasta que se demuestre lo contrario.

MÉXICO: EL PRD SE DESMORONA

El pasado lunes el Partido de la Revolución Democrática (PRD), formación de izquierdas liderada por el ex candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, cumplió 19 años en medio de una intensa crisis interna. Las elecciones para elegir un presidente nacional han destapado la caja de Pandora y el partido parece a punto de fracturarse. Hace dos años de la traumática perdida de las elecciones frente a Felipe Calderón, pero parece que la factura de aquellos comicios ha ido aumentando a lo largo de este tiempo y, visto lo visto, el coste puede acabar siendo demasiado alto para la formación.

La dos grandes ‘tribus’ -la de la Nueva Izquierda o más conocida como la de los ‘Chuchos’ y la de Izquierda Unida, perteneciente al sector más cercano a López Obrador- que conforman el PRD, se encuentran desde hace siete semanas enzarzadas en una encarnizada disputa por el poder. Ése es el tiempo que ha pasado desde que tuvieron lugar las elecciones internas, que enfrentaron a Alejandro Encinas, el candidato de López Obrador, y a Jesús Ortega, representante de los ‘chuchos’. El recuento de votos ha estado tan marcado por las irregularidades -compra de votos, sobornos, amenazas…- y recelos entre los partidarios de ambos contendientes que, finalmente, se ha decidido por elegir una directiva temporal, encabezada por Guadalupe Acosta, totalmente contrario a López Obrador.

Como cualquier democracia fuerte, la mexicana necesita para subsistir un partido de izquierdas fuerte y unido, que sirva de contrapunto al centro derecha del PAN. La posibilidad de una alternancia es vital para un sistema democrático. Sin embargo, la crisis del PRD está revelando, por una parte, una preocupante falta de sentido democrático en su fuero interno que hace dudar de su capacidad de redimirse de cara a una posible futura responsabilidad pública. Por otra parte, los cabecillas de las tribus parecen más preocupados por ‘salvar sus propios muebles’ que por el bien del partido como objetivo común.

DÍA MUNDIAL DE LA CRUZ ROJA

Aunque es probable que a muchos pasara desapercibido, ayer conmemoramos el Día Mundial de la Cruz Roja. Esta organización humanitaria, cuya simbología goza de tanta notoriedad a nivel mundial como el emblema de Coca-Cola, pero cuyos fines son, ciertamente, mucho más altruistas que los de la refrescante bebida, puede ser reconocida en cualquier punto del planeta, bien sea bajo la apariencia de una cruz roja sobre un fondo blanco, bien en su versión islámica, en la que la cruz es sustituida por una media luna roja. Así, desde la playa de Gandía, hasta las trincheras de Somalia, pasando por campos de refugiados y zonas afectadas por desastres naturales, la bandera de la Cruz Roja siempre ondea allá donde es requerida.

Tan acostumbrados estamos a su presencia, que muchas veces nos olvidamos de que está ahí, realizando una labor impagable en innumerables aspectos de la vida. Sus proyectos están dirigidos hacia la intervención social, la acción sanitaria, la cooperación en situaciones de socorro y emergencias, la ayuda internacional, la protección del medio ambiente, el fomento del empleo o las tareas de formación humana. Si nos paramos a pensarlo, las actividades de la Cruz Roja son incontables y se reparten a lo largo y ancho del globo terráqueo.

Su carácter independiente, solidario y desinteresado convierte a la Cruz Roja en una organización modelo, una esperanzadora excepción en medio de una civilización actual más interesada en mirarse el ombligo que en pensar en los demás. Por eso ayer, muy pocos supieron que era el Día Mundial de la Cruz Roja. La organización humanitaria, como el aire que respiramos, es algo que todo el mundo sabe que existe y es necesario, pero en lo que nadie repara. Mientras sus voluntarios atienden a los damnificados de un ciclón en Birmania o sacan del campo en camilla a un futbolista lesionado en el Bernabéu, nosotros, ajenos a su presencia, continuamos mirando el partido, pendientes de si la grada corea o no aquello de ¡Raúl selección!

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