Opinión

El cumple de La Consti

Francisco Delgado-Iribarren | Martes 10 de diciembre de 2013
Quienes nacimos en la España democrática –por lo menos, quien esto escribe-, profesamos una natural simpatía y un punto de admiración hacia la Constitución. Yo creo que este punto de admiración está ligado a la emoción que sentimos hacia todo lo que nació poco tiempo antes que nosotros. En mi caso, unos siete años antes.

Es verdad que La Consti, por ser de dominio público, envejece más rápido que el común de los mortales. Está bastante manoseada e incluso adulterada. Pero quizá su envejecimiento prematuro sea sólo aparente, una consecuencia del duro desgaste superficial al que la han sometido quienes no la quieren bien. Su espíritu, visto con ecuanimidad, sigue siendo válido y vigente como modelo de convivencia entre los españoles, esos seres tan aficionados a la guerra y a la gresca.

Cumplió el 6 de diciembre 35 años. Según los cánones contemporáneos, se puede apuntar que deja a espaldas la etapa de la juventud y que emprende la senda de la madurez. No hay que olvidar que La Consti fue una niña superviviente. Hace pocos días ha visto morir al conspirador Armada, ese coco que, cuando ella no tenía ni 3, la intentó secuestrar y quién sabe si algo peor. Y también ha enterrado a cuatro de sus siete padres. Un quinto padre, el que aportó la simiente nacionalista, la ha abandonado definitivamente por el separatismo catalán.

Una profesora de Derecho de ICADE enseñaba que la Constitución de un país nos dice cómo querría ser ese país, mientras que el reflejo de cómo es realmente un país lo da el Código Penal. A mí esta visión se me antoja un tanto pesimista, pero guarda su parte de verdad. Si esta profesora estaba en lo cierto, a España le gustaría ser la patria común e indivisible de todos los españoles, pero en realidad es el territorio en el que moran unos cuantos corruptos, otros cuantos corruptores, ladrones de guante vario, camorristas, violadores, asesinos y otras especies que están saliendo de las cárceles. Siempre hay honrosas excepciones.

No por obvio hay que dejar de recordar lo que es sensato: una reforma constitucional necesitaría un consenso político “muy amplio”, como bien explica el presidente Rajoy. Es harto improbable que ese consenso se produjera hoy (ni mañana). El único partido que defiende el modelo de convivencia tal y como está, el PP, ni siquiera existía con las mismas siglas en 1978. UCD pasó a la historia. El PSOE se ha pasado al federalismo –simétrico, según la doctrina susanista; asimétrico, según la tesis rubalcabiana-. El PCE, hoy partido dominante en IU, propugna por boca de Cayo Lara un referéndum sobre el modelo de Estado. Ni comunistas ni separatistas tuvieron la deferencia de asistir a la fiesta de cumpleaños de La Consti, y eso ya lo dice todo, porque cumplía una cifra muy redonda.

Uno escucha voces sensatas que dicen que hay que reforzar, y no reformar, la Constitución. Y lee otras, muy autorizadas, que abogan por reformar, y no solo reforzar, la misma. Tampoco es cuestión de pelearse por una letra ni darle miles de vueltas a un debate hermenéutico porque aquí lo importante, más que qué se haga, es cómo se haga y que el melón salga bueno después de abierto. Que cada español lleve un seleccionador nacional de fútbol y un padre de la Constitución dentro de sí está muy bien porque estimula el pensamiento y, además, es una de las ventajas de vivir en un régimen constitucional. Pero quizá si San Ignacio de Loyola tuviera voz y voto en estos días nos prescribiría: “En tiempos de desolación, no hacer reforma constitucional”. O quizá estaría a otras cosas.

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