brasil 2014
Diego García | Miércoles 11 de diciembre de 2013
El presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) capea a duras penas el punto álgido de la crisis de legitimidad que arrastra el máximo organismo gestor del balompié internacional. La evidencia de los agujeros en la seguridad e inestabilidad social que arrastra Brasil se unen a los problemas que está viviendo el país carioca para terminar a tiempo los estadios para el próximo año. Blatter, que sigue levantando polvareda con sus declaraciones, no cuenta con un plan alternativo. Por Diego García
El icónico estadio Azteca permanece inscrito en la leyenda del balompié como el envoltorio de la obra de arte que Diego Armando Maradona pintó sobre la sombra de cuatro zagueros y el meta inglés en junio de 1986. El mejor gol que ha conocido este deporte, precedido de la “mano de Dios”, se vivió sobre el colorido césped del coliseo mexicano por excelencia, pero, pocos recuerdan que aquella memorable exhibición del “Pelusa” debía haberse degustado bajó el ardor del estadio Nemesio Camacho “El Campín” de Bogota, Colombia. El país sudamericano resultó elegido el 9 de junio de 1976 para organizar el Mundial de Fútbol del 86, pero la reiterada negativa gubernamental a aportar “un solo centavo” de dinero público para la organización del campeonato en base al orden de preferencias de gasto en el estado cafetero precipitó la renuncia. Joao Havelange -presidente de la FIFA expulsado de la institución por aceptar sobornos-, empeñado en la necesidad de no entregar el torneo a manos privadas, envió a Bogotá el conocido “Cuaderno de Cargos” en el que exigía, entre otros elementos de complicada gestión, una profunda remodelación de los estadios en un espacio de tiempo tan breve que convirtió la organización del mundial en una utopía. La estocada de la FIFA obligó a la renuncia del sueño de Colombia´86 con cuatro años de antelación y México resultó elegido, con urgencia y sospechosa unanimidad, para acoger el segundo entorchado argentino. Esta es la primera y única vez que un país renuncia por la imposibilidad de afrontar el gasto que conlleva gestionar esta cita, pero podría no ser la última.
Casi tres décadas más tarde, el conflicto de Brasil 2014 no nace de la oposición de los gobiernos cariocas a emplear el dinero del fondo común para construir estadios o adecentar los existentes -anquilosados por el paso del tiempo y la dejadez-. Más bien peca de lo contrario: el gasto presupuestado para la construcción de infraestructuras, transportes y acondicionamiento de todo lo relativo al fútbol alcanzará, según la versión oficial del ejecutivo abanderado por Dilma Roussef y tras varias ampliaciones forzosas del presupuesto, los 13.300 millones de euros, y las cuentas todavía no salen. Tras la pasada Copa Confederaciones, incendiada por las protestas sociales, Blatter confesó que “si estas condiciones vuelven a suceder (protestas en las calles e improvisación en lo relativo a infraestructuras y seguridad) tendremos que preguntarnos si tomamos una decisión equivocada al otorgar la sede a Brasil”.
Esta reflexión habrá regresado, con razonable probabilidad, a la mente de Blatter esta semana. Las dramáticas imágenes de la guerra perpetrada en las gradas del estadio Santa Catarina por los hinchas radicales del Atlético Paranaense -con primer plano distribuido a cualquier rincón del planeta de malhechores golpeando sin piedad ni atisbo de humanidad a un cuerpo que yacía inerte sobre el cemento de la tribuna- han refrescado en el peor momento posible -para la organización y la FIFA- una de las terribles sombras que torturan al fútbol carioca: la inseguridad que aleja al público de los estadios. "No están respetando lo más importante, que son las vidas, porque no hay policías y quiero retirar a mi equipo de la cancha por la falta de seguridad pero no lo hago porque podemos ser sancionados", declaraba el atónito presidente del equipo visitante, el Vasco da Gama, que comprobó como tras una hora de suspensión del encuentro, su club descendía a segunda amén de vivir una escena dantesca. Cabe recordar en este punto la infamia que tuvo a Sao Paolo como protagonista hace casi un año: Tigre, club argentino, decidió abandonar, al descanso, la final de la Copa Sudamericana -disputada en terreno brasileño- porque cuando entraron en el tunel de vestuarios en el entretiempo sufrieron la agresión de la policía que se encargaba de la seguridad del evento, que lejos de racionalizar el uso de la fuerza, golpearon a los jugadores argentinos dentro del vestuario visitante e, incluso, encañoraron con un revólver a un miembro de la expedición argentina. Esta es otra de las legendarias vergüenzas que han convertido a la nación brasileña en territorio comanche en lo que a organización de citas futbolísticas se refiere.
Regresando al relato mundialista, la realidad del proyecto vive asociada a la lucha contrarreloj durante la recta final de la gestión organizativa, una batalla de urgencias que se cobraba la vida de dos trabajadores en un desgraciado accidente acontecido en las obras del Itaquerao, el estadio que acogerá, si llega a tiempo a abril -fecha límite de entrega renovada tras la anulación de la original, señalada para el cinco de enero-, la inauguración del Mundial. Ronaldo, ex delantero del Real Madrid y Barcelona y miembro del Comité Organizador, trató horas después del suceso de poner sentido común a la situación resaltando lo que, a su juicio, debe subrayar la organización: "El momento no es para hablar de la imagen de Brasil fuera, ni tampoco para buscar las soluciones para que el estadio esté listo para la inauguración del Mundial, es momento de estar junto a los familiares de los fallecidos". Pero el mensaje del mito brasileño se contrapone a la amoral presteza con la que las instituciones implicadas en la tarta del Mundial han gestionado la tragedia: mientras Corinthians -el club propietario del estadio- anunció que retomaría las obras después de guardar un luto de tres días por el deceso de los obreros, la Defensa Civil de Sao Paulo dio permiso para que se reanudaran de inmediato los trabajos en el coliseo y el Comité Organizador Local y demás autoridades deportivas brasileñas se apresuraron a recalcar que el estadio estará terminado a tiempo para el Mundial. Las prioridades de las autoridades siguen claras.
A las airadas críticas que el secretario general de la FIFA, Jerome Vackle, efectuó en marzo de 2012 -“Brasil necesita una patada en el trasero si quiere llegar a tiempo para organizar la Copa del Mundo de 2014”- se sumó la sorpresa de los futbolistas extranjeros que viajaron a la nación carioca para disputar la Confederaciones meses más tarde. El estupor ante lo vivido por los visitantes quedó resumido por el balance de la experiencia que Fernando Torres y Sergio Ramos expusieron en su regreso a territorio patrio. “Ha sido duro para todos, por el clima y las infraestructuras, porque dependiendo de la ciudad que te toque tienes una suerte u otra, pero ya sabemos que nos vamos a encontrar con desplazamientos larguísimos (más de 1.000 kilómetros) para ir a entrenarnos y unas condiciones que no esperábamos”, confesó el delantero del Chelsea. Ramos, por su parte, recalcó que “uno se intenta adaptar a las condiciones pero la realidad es que no se puede pedir más de lo que hay y es la FIFA la que debe decidir a la hora de tomar decisiones sobre el nivel de las instalaciones y los hoteles”. Los futbolistas españoles quedaron recluidos en los hoteles por la falta de seguridad en Recife y Fortaleza, hecho que, además, no evitó que seis de nuestros internacionales sufrieran robos en sus habitaciones. Anécdotas como la imposibilidad de ducharse en uno de los centros de entrenamiento, la inundación del propio campo de práctica y la falta de iluminación en el recinto -estas dos últimas situaciones sufridas por la delegación uruguaya- completan la oda a la improvisación que representó la Confederaciones.
Pero no hay “plan B” en este polémico viaje. Si Brasil no llegase a tiempo para completar los plazos de reconstrucción y habilitación de las infraestructuras proyectadas, no hay marcha atrás. Se ejecutaría un plan de urgencia para responder como resultara posible, es decir, como en la pasada Confecup. Así lo ha confirmado un portavoz de la Federación Internacional de Fútbol Asociación a El Imparcial. “No existe ninguna disposición en los estatutos de la FIFA ni en otras regulaciones concernientes a la situación mencionada (el cambio de sede ante la imposibilidad de completar las obras)”, precisa la fuente consultada por este diario. “El país que haya resultado designado para organizar la competición firma unos acuerdos relativos a la licitación y organización del evento en los que se incluyen derechos relevantes y una serie de obligaciones con las que se debe estar de acuerdo antes de la firma”, concluye el portavoz, que deja entrever la imposibilidad de cancelar dichos acuerdos y las responsabilidades adquiridas -destacando el monto económico a embolsarse por las partes contratantes como el ingrediente motor de dicha indisolubilidad-. Brasil se ha jugado su futuro a esta carta, cueste lo que cueste a las arcas públicas.
A pesar de los evidentes problemas de organización y seguridad por los que atraviesa Brasil y los rumores que apuntan a un acercamiento de delegados de diverso pelaje de Estados Unidos, Inglaterra, Alemania y Japón a la FIFA para ofrecer su disponibilidad para sustituir a Brasil como país organizador -hecho difundido por el titular del Ministerio de Deportes carioca, Aldo Rebelo-, el gigante gestor del balompié sigue decidido. Vackle expresó al ser cuestionado por la viabilidad del proyecto que la FIFA “ha invertido más de 31 millones de dólares en empresas brasileñas para contratar seguridad privada” -punto de especial sensibilidad tras el explícito agujero en el control experimentado hace días- y no hay posibilidad de plantear un cambio de sede. En Brasil no media la batalla de intereses enfrentados que hierve en Qatar, y la multinacional de Blatter necesita mejorar sus registros monetarios de Sudáfrica para seguir “expandiendo el fútbol por todo el planeta”.
TEMAS RELACIONADOS: