Antonio Hualde | Miércoles 11 de diciembre de 2013
Decía Platón que “a menudo el odio se disfraza con una careta sonriente y la lengua se expresa en tono amistoso, mientras el corazón está lleno de hiel”. Y a menudo es verdad. Otras veces, el odio rezuma tanto que asoma a la cara, esa que es espejo del alma. Me vienen a la cabeza las imágenes de esos terroristas de ETA cuyo semblante esconde un miedo atroz camuflado tras la careta del odio.
No es el caso de monseñor Uriarte, obispo emérito de San Sebastián, que ha vuelto a mancillar una vez más la memoria de las víctimas saliendo en defensa de los “suyos”. A juicio de monseñor, “el Estado debe pedir perdón -a ETA, se entiende- por haberse sobrepasado en su respuesta a la banda”. También opina monseñor que “el proceso de paz puede fracasar por maximalismos impacientes o por el inmovilismo de una u otra parte”, y se atreve a pedir a las asociaciones de víctimas que “faciliten que legisladores, jueces y gobernantes tomen medidas que, en este momento, contribuyan a la paz y a la reconciliación”.
La náusea me impide seguir entrecomillando “lindezas” de un pastor que, en lugar de cuidar del rebaño, parece disfrutar cuando los lobos lo despedazan. No es la primera vez que esto ocurre, ni es el único que piensa así. Su antecesor en el cargo, monseñor Setién, basó toda su acción pastoral en confraternizar con los verdugos mientras las víctimas eran humilladas con total impunidad. Si ya era horrible perder a un ser querido asesinado por ETA, lo era aún más comprobar cómo quien teóricamente debía confortar a la familia no sólo no lo hacía, sino que se negaba a oficiar el funeral por la víctima. Así se las gasta una parte significativa de la iglesia vasca.
Monseñor Uriarte sonríe siempre. Y Rafa Larreina también. Quizá porque ven que la doctrina Parot está poniendo la alfombra roja para que los “suyos” salgan a la calle. O quizá porque el brazo político de la banda -Bildu, Sortu, Amaiur; los mismos perros con distinto collar- gana cada día más protagonismo. Por cierto, Rafa Larreina no es obispo, sino numerario del Opus Dei, y diputado en el Congreso. Todo un prodigio de consecuencia, el tal Rafa Larreina: ora cristiano, ora justificando el asesinato de inocentes en nombre del nacionalismo. Y es independentista, sí, pero cobra del Parlamento español. Que la Obra aún no haya dicho “esta boca es mía” a propósito de este sujeto es algo que, como católico, me cuesta mucho entender.
Actualmente, hay otro obispo en San Sebastián -monseñor Munilla- que, éste sí, tiene claro que Dios es amor y no goma 2. Uriarte es, a fin de cuentas, un curita venido a menos que necesita destilar su veneno de vez en cuando para no se sabe muy bien qué. Ocurre que el sacerdocio imprime carácter, y a estas alturas, monseñor debería estar peregrinando por los cementerios donde yacen las casi mil víctimas asesinadas por sus amiguitos y rezar por ellas, en lugar de seguir insultando su memoria. Por más que ya no luzca mitra a diario.
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