Opinión

Liquidar a Cataluña

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 16 de diciembre de 2013
Aunque ya es difícil sorprenderse de las diversas machadas que provienen del ámbito nacionalista, confieso que me quedé más que asombrado cuando leí que ese genio de la dialéctica que es Francesc Homs i Molist decía que “los populares quieren liquidar a Cataluña como nación”. Los populares, que se sepa, consideran a Cataluña parte esencial de España y nadie desea amputarse una parte de su propio cuerpo. Este Homs yo le apellido “el malo”, porque quiero diferenciarle de otro Francesc Homs, también de CiU y creo que ahora retirado de la política, que conocí hace años y que era un gigante al lado de este enano de la maledicencia. Inteligente y bien preparado no me imagino a Homs “el bueno” diciendo la sarta de sandeces con que nos obsequia día sí y día también este aprendiz de Goebbels del nacional-soberanismo catalán, que dicen que es “la mano derecha de Mas”. (¡Cómo será la izquierda!). Dime de quién te rodeas y te diré quién eres.

En cuanto a lo de nación, es casi inevitable recordar aquella otra machada de aquel otro personaje de infausta memoria, que tiene que ver con todo esto mucho más de lo que parece, según la cual se trata de un “concepto discutido y discutible”. Otro genio del pensamiento político. Lo cierto –y, desde luego, en absoluto discutible- es que según la Constitución vigente –y todas las que la han precedido durante doscientos años- aquí no hay más que una Nación que se llama España. Después, uno se puede adornar con los títulos que más le petan, pero en este terreno es en definitiva la Historia –así, con mayúscula- quien decide quiénes y cuáles son las naciones que tienen derecho a considerarse como tales. El veredicto de los siglos está más que claro.

Pero los historiadores nacionalistas han manipulado descaradamente la historia y, como demostró en su momento el historiador aragonés Ubieto, han llegado incluso a falsificar documentos del Archivo de la Corona de Aragón, aprovechándose de que se encuentra en Barcelona. Pero ningún historiador bien formado admite las fábulas de la “confederación catalano-aragonesa” y tantas otras con las que han compuesto una falsa historia de Cataluña con la que llevan decenios intoxicando las mentes de las jóvenes generaciones catalanas. Ahí está, como ejemplo reciente, ese simposio que ha dirigido Jaume Sobrequés y que es todo un poema de imparcialidad histórica. Su metodología es la misma que usaban los nazis para emponzoñar las mentes de los jóvenes alemanes haciéndoles creer que todos los males de la patria provenían de la raza judía. Ahora se trata de atribuir a los odiados españoles los supuestos fiascos históricos de Cataluña.

Por cierto que también este Sobrequés se merece lo de “el malo” pues hubo otro, su padre Santiago, que fue un reconocido historiador de la escuela de Vicens Vives, alguno de cuyos libros yo estudié en mi lejano bachillerato. Eran los tiempos de la dictadura y el hecho de que sus libros fueran oficialmente aceptados como libros de texto mostraba que no se iba por los vericuetos nacionalistas, como otros historiadores catalanes de la época, tal el caso de Ferrán Soldevila, que tuvo que exiliarse, aunque volvió pronto y hasta trabajó en el Archivo de la Corona de Aragón.

La presente situación se ha ido gestando a lo largo de estos treinta-cuarenta años. El viejo Tarradellas, en una carta de 1981 dirigida al entonces director de “La Vanguardia” Horacio Sáenz Guerrero, que yo he comentado ampliamente aquí hace varios años, entre otras muchas interesantes cuestiones (la misiva tenía quince folios y medio), manifestaba que, con la llegada de Pujol a la presidencia de la Generalidad, “se había roto una etapa que había comenzado con esplendor, confianza e ilusión el 24 de octubre de 1977, y que tenía el presentimiento de que iba a iniciarse otra que nos conduciría a la ruptura de los vínculos de comprensión, buen entendimiento y acuerdos constantes que durante mi mandato habían existido entre Cataluña y el Gobierno”. Remito a aquel artículo (2 de agosto de 2010) donde me ocupo con más detalle de aquella profética carta.

Pujol sembró las semillas que ahora están dando su envenenado fruto, aunque algún ingenuo le eche de menos. Con aquel camelo de “la gobernabilidad del Estado”, con el que comulgaron demasiados dirigentes españoles, Pujol –que hasta llegó a negar que España fuera una nación- obtuvo abusivas situaciones de privilegio, consiguió sabrosos réditos para la institución y los suyos y preparó el camino que ha llevado a la situación actual. Mas cada vez da más la impresión de ser una marioneta manejada a la vez por los tradicionales hilos soberanistas de su partido (en el que siempre han mandado, pero escondiendo sus cartas, los independentistas, esto es los pujolistas) y por los supuestamente más radicales de ERC y su socio Junqueras.

El guión está escrito desde hace tiempo y el actual dirigente separatista no hace más que intentar representarlo de la mejor manera posible que, a la vista está, no se distingue precisamente por su brillantez ni por su inteligencia. En buena medida, su más bien burdo plan lo desveló íntegro en la carta que dirigió a Mariano Rajoy el pasado 26 de julio (2013) en la que, entre otras lindezas, es de destacar este párrafo: “La sentencia posterior del Tribunal Constitucional diluyó y en gran parte anuló la voluntad democrática de los catalanes expresada en las urnas, y evidenció la imposibilidad de continuar desarrollando la capacidad de autogobierno de Cataluña por la vía transitada hasta este momento”. A partir de ahí se reclamaba ese supuesto “derecho a decidir”, máscara del más viejo y gastado “derecho de autodeterminación” .

Con la adopción de la doble pregunta que los separatistas quieren proponer al manipulado electorado catalán (quieren incluir en el censo a los mayores de 16 años, por razones que se entienden muy bien) y con la tajante negativa del Presidente del Gobierno, en el sentido de que no permitirá la celebración de un referéndum que, a todas luces, sería ilegal y contrario a la Constitución, se ha llegado al momento de la verdad, a eso que los anglosajones llaman el “showdown”. Todas las cartas están boca arriba y en estos momentos solo hay una cosa clara: Mas y los partidos y personas que le siguen se han colocado fuera de la ley, están en plena rebeldía y han traicionado abiertamente la Constitución de la que derivan sus poderes y que tenían la obligación de guardar y hacer guardar. Carecen en estos momentos de cualquier atisbo de legitimidad.

Se equivocan los que hablan de choque de trenes porque las fuerzas en presencia no son comparables. Vendría a ser un choque entre un AVE y unos de esos trenes casi de juguete que ruedan por las zonas turísticas. El Gobierno del Estado tiene a su disposición todos los recursos que le atribuyen la Constitución y las leyes. El ilegítimo gobierno de la Generalidad –porque entiendo que, voluntariamente, se ha colocado en esa situación de ilegitimidad- ni siquiera dispone, plena y legalmente, de las competencias de que gozaba anteriormente pues con su ilegítima e ilegal conducta las ha vaciado de contenido. Además, el Gobierno del Estado puede, en cualquier momento que lo estimase oportuno, aplicar las normas constitucionales previstas para los casos en que “una Comunidad Autónoma no cumpliera las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España”. ¿Hay algo más contrario al interés general de España que intentar trocearla?

Los actuales dirigentes de la Generalidad han llevado a los catalanes a un callejón sin salida posible. Después de haberlos intoxicado gravemente con patrañas inasumibles y con graves manipulaciones del estilo de la de “España nos roba” y todos esos cuentos chinos de las balanzas fiscales y de la opresión sistemática de los malvados españoles, que muchos catalanes han aceptado, ahora los condenan a la frustración y a un profundo desengaño. La culpabilidad histórica –pero también jurídica y política- de tal clase dirigente es enorme.

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