Francisco Delgado-Iribarren | Martes 17 de diciembre de 2013
Es la hora de la verdad. Se acabaron las muchas horas de mentiras. Mentiras, muchas mentiras son las que nos han traído hasta aquí. Hasta la activación de un reloj despertador que amenaza con sobresaltarnos el 9 de noviembre. O, peor aún, de una bomba de relojería. Tic-tac, tic-tac, tic-tac. La pesadilla ya ha comenzado, y se llama Cataluña independiente.
Es bastante difícil que Cataluña pueda llegar a ser independiente. Pero lo van a intentar. El problema es el precio que la democracia española va a tener que pagar para evitarlo. Y eso forma parte de la pesadilla. Después del conmovedor anuncio de la pregunta y repregunta del pretendido referéndum por parte de Artur Mas, los analistas políticos dibujan dos posibles escenarios. Digamos que uno light (ligero) y otro cargado.
Al light lo llaman pasteleo. Se basa en la premisa de que todo está más o menos acordado entre el ejecutivo español y el ejecutivo autonómico catalán: el primero rechazará el referéndum y el segundo desistirá. Cada uno actúa según le marca el guión y al final los dos salen airosos de la obra: el primero como garante del orden constitucional y el segundo como víctima de la cerrazón matritense.
Pero luego está el segundo escenario posible, el cargado. A este lo llaman choque de trenes. Se basa en la premisa de que no existe el acuerdo y de que cada parte va a seguir pujando por sus intereses, como en el juego de la sogatira. El Congreso de los Diputados no autorizará el referéndum, o el Tribunal Constitucional lo suspenderá, pero el ejecutivo catalán seguirá erre que erre en su reto y tratará de llevarlo a término. Entonces se tendrá que imponer la fuerza del Estado.
A mi juicio, hay bastantes más razones para temer el segundo escenario que para esperanzarse con el primero. En primer lugar, la expresión “choque de trenes” es la que se maneja en La Moncloa desde hace algún tiempo. En segundo lugar, la Generalidad de Cataluña trabaja desde hace meses en la logística del referéndum, a través de la Consejería de Gobernación dirigida por Joana Ortega, quien viajó a Quebec para tomar nota de sus referéndums de independencia. La Generalidad ha cuantificado el coste de la mal llamada consulta en 5 millones de euros y ya se afana en la elaboración del censo y la organización de las urnas.
Ni aun en el caso de que hubiera un acuerdo o sobreentendido con el Gobierno español debe este fiarse. ¿O acaso la lealtad se cuenta entre las virtudes de los gobernantes nacionalistas?
No es el momento para medias tintas ni discursos empáticos. Como siempre ocurre, los más interesados en causar un mal se esfuerzan en quitarle gravedad. Así, Duran i Lleida: “Es sólo una consulta”. Afirmar esto es tomar el pelo a todos los españoles. Nadie puede entender la posición política de un hombre que es -¡todavía y desde 2004!- presidente de la Comisión permanente de Asuntos Exteriores del Congreso, que canta “la consulta será legal o no será”, que se felicita por el pacto del 12 de diciembre y que invita al PSC a sumarse a él. El oscense Durán y Lérida (si me permiten la traducción) está disputando seriamente a Pérez Rubalcaba el Premio Maquiavelo.
Hablando del rey de Ferraz, tampoco es del todo correcta la frase estrella y guay que emplea este para sintetizar el grave conflicto que se avecina: “Le digo a Artur Mas que no lleve al pueblo catalán a un callejón sin salida”. Porque es evidente que para Mas y para una parte del “pueblo catalán” sí que hay una salida, que consiste precisamente en la salida de España. Hacia allí van y hacia allí les conduce Mas, quien, como todos sus socios, está más que dispuesto a intentar esa escapatoria aunque ello suponga una quiebra muy grave del orden constitucional.
Que el rey de Ferraz afirme que “el PSOE siempre ha trabajado y trabajará por la unidad de España” parece más bien un ejercicio de cinismo, pues bastaría recordarle que él fue vicepresidente con un tal José Luis Rodríguez Zapatero, y que ese tal José Luis Rodríguez Zapatero fue quien estrechó la mano del mismísimo Arturo Mas para sellar el engendro del Estatut. Lo que es la vida, tanta guerra que dio el Estatut y no ha servido para nada, salvo para envalentonar a los nacionalistas y convertir a casi todos ellos en separatistas.
Hablando del supervisor de nubes, va por los platós diciendo que las preguntas del pretendido referéndum son “ininteligibles”. Serán ininteligibles para él, porque yo creo que la inmensa mayoría de los españoles –víctimas de la LOGSE incluidos- las entiende perfectamente.
La palabrería hueca y el funambulismo político han hecho mucho daño a España, y por eso Rajoy hace bien hablando claro y citando artículos de la Constitución. Si hay que empezar por el principio, por el artículo 1, pues se empieza. Nunca es tarde si la dicha es buena. Aunque a algunos les duela aceptarlo, ni el imperio español ni el imperio catalán existen. El primero pasó a los libros de historia y el segundo es un sueño quimérico de los anexionistas catalanes –sí, amable lector valenciano o balear, muchos independentistas sueñan con expandir su dominio a tu hermosa comunidad autónoma-. El único imperio que queda aquí es el imperio de la ley.
El separatismo catalán avanza simposio pero sin pausa. Aún estamos a tiempo de organizar un simposio con menos pose y con más poso, en el que conferencien animadamente historiadores como Fernando García de Cortázar, Juan Pablo Fusi o Ricardo de la Cierva. Propongo que se celebre en el Centro Cultural Blanquerna de Madrid –con seguridad policial para evitar asaltos indeseados- y que los ponentes estrella del simposio sin pase y sin peso organizado en Barcelona sean invitados a este para contrastar sus lecciones. Yo no me lo perdería por nada del mundo.
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