Opinión

Yuste

Alfonso Cuenca Miranda | Miércoles 18 de diciembre de 2013
Pocas veces la Historia nos ofrece ejemplos de abandono del poder. La pulsión humana por el mismo es de tal entidad que no dejan de sorprendernos las contadas ocasiones en que un dirigente renuncia al mando y al privilegio de cambiar la realidad con sus actos. Pero el caso objeto de estas líneas, Carlos V, va más allá, pues a la renuncia de la gloria mundana se une la reclusión en un entorno, Yuste, cargado de especial significación.

Yuste encarna múltiples metáforas y –también- realidades. Ante todo, como se ha señalado, el desprendimiento del oropel, de la lisonja, de la veneración, esto es, de todo lo que rodea al poder. Frente a lo que suele indicarse, Yuste no es la consecuencia de un fracaso, el proyecto de “universitaschristiana” de un emperador derrotado por los príncipes protestantes alemanes en connivencia con su sempiterna rival, la Francia Valois, pues no hay que olvidar que, a pesar de los reveses que anteceden a la abdicación en Bruselas (derrota en Alemania, en donde ha de huir en plena noche para evitar ser capturado, fracaso del sitio de Metz) el poder imperial sobrepasaba con creces a cualquier otro que osara disputarle la primacía. Es más, la renuncia no es sino la concreción de una idea que rondó siempre en la cabeza de Carlos, llegando incluso a hacer planes al respecto con su idolatrada esposa Isabel. Se trata de una tentación largamente acariciada que cuenta con antecedentes en su propio linaje. Así, el mito del rey prisionero, del rey retirado, lo encarna como nadie su propia madre, encontrando precedentes más lejanos en sus antepasados portugueses. De hecho será la muerte de la “Reina Propietaria”, apenas unos meses antes, lo que decida finalmente a su hijo a llevar a cabo su viejo proyecto –aún hoy resulta ciertamente estremecedor adivinar lo sentimientos que en el corazón de Carlos suscitaba la evocación de su madre.

Pero, como se indicara anteriormente, Yuste es mucho más. Así, cabe destacar que, de entre todas las ubicaciones posibles de sus más que extensos dominios, el emperador eligiera esta pequeña localidad situada en el país que, en principio, más alejado estaba de sus orígenes y, por lo tanto, de su inicial personalidad (Borgoña y los propios principados alemanes le serían a priori más cercanos). Sin embargo, en sus dominios españoles Carlos había conocido sus horas más felices, junto su compañera inseparable, Isabel, a quien tras su prematura muerte tuvo siempre muy presente hasta el fin de sus días y, precisamente en éstos el viejo César tenía la intuición de que “todo pasaba por allí”. Intuye que la aventura americana ha cambiado la historia del mundo y que, por tanto, la suerte de su linaje se ha unido de manera definitiva a Castilla. Tanto es así que la antepone a la antaño joya de la Corona, el Imperio, decantándose por la primera en el legado dejado a su hijo (lo que más valoraba o quería para quien más quería). Lo afirmado trasciende el ámbito de una cuestión dinástico-familiar, yendo mucho más allá. Así, bien puede decirse que con Carlos V lo español entra definitivamente en la historia universal. Bien ejemplificativo de ello es el hecho de que tras su entrada triunfal en Túnez, en su encuentro con el Papa y otros altos dignatarios en Roma Carlos utilice en su discurso público el castellano (que pasa de la urbe al orbe), y ello a pesar de su aprendizaje tardío del mismo (con sus hermanas siempre utilizaría el francés).

Por otra parte, Yuste es un monasterio y como tal es elegido para que el emperador vaya a encontrarse con la Eternidad (si en él el monasterio es cenotafio, en su hijo será además casa-Palacio). Carlos quiere preparar su muerte (algunas fuentes hablan de que llega a ensayarse su propio funeral), enfrentarse cara a cara con ella, como hombre y, sobre todo, como cristiano (en este sentido, el ritual del enterramiento de los Augsburgo en la Iglesia de los capuchinos de Viena es claramente ilustrativo de lo afirmado). Ciertamente, los últimos meses en Yuste no serán espartanos (especialmente en lo que hace referencia a la mesa), aunque sí austeros. Por otra parte, bien es verdad que el César no se desentiende por completo en ese tiempo de los asuntos del mundo, como demuestra claramente su correspondencia. Pero, en todo caso, su estancia allí tiene un propósito de preparación para su última hora, de la que quiere ser plenamente consciente en soledad, pues llegará a prohibir a su hermana y a su hija que vayan a visitarle.

Llama sobremanera la atención cómo alguien que por su formidable posición y poder puede considerarse la máxima expresión del “mundo” buscó desligarse del mismo en un pequeño monasterio cacereño. El viajero (aunque sea de fin de semana) que hoy se acerque a la Vera y pasee por las estancias carolinas (apenas cinco) verificará la modestia y reducidas dimensiones de la última morada del Emperador, de un personaje único en la Historia. Por otra parte, en unos tiempos, como los actuales, en los que la autoestima de un país como España no se halla precisamente en su cénit, el acudir a Yuste bien puede ser una inyección de “moral”, al comprobar cómo un extranjero, el hombre más poderoso de su tiempo, amaba nuestras tierras por encima de muchas otras.