Opinión

El anzuelo ruso en Ucrania

Jueves 19 de diciembre de 2013
El presidente ruso Vladimir Putin ha movido ficha en Ucrania por segunda vez para desbaratar el impulso popular de la exrepública soviética favorable a la integración en la Unión Europea. Se trata de un movimiento de distracción obviamente engañoso como el cebo puesto en el anzuelo de una caña de pescar. El señuelo empleado consiste en la concesión al mandatario ucraniano Victor Yanukovich de una rebaja sustancial en el precio del gas y la promesa de invertir más de 10.000 millones de euros en bonos de deuda ucraniana sin exigir aparentemente contrapartidas, como las demandadas a cambio de un préstamo del Fondo Monetario Internacional (FMI).

Un anzuelo mordido sin remilgos por el presidente ucraniano precisamente porque estuvo precedido por un chantaje en toda regla del Kremlin, que amenazó con prohibir las importaciones de Ucrania si firmaba el tratado con Europa. Chantaje y señuelo que han doblegado a las autoridades de Ucrania que ahora han rechazado ratificar el Acuerdo de Asociación con la Unión Europea y se preparan para ingresar, por el contrario, en la Unión Aduanera rusa. Maniobras que, sin embargo, no han engañado a la mayoría de la población ucraniana que mantiene una formidable presión popular en las calles de Kiev pese a las gélidas temperaturas y la represión violenta decretada por las autoridades. Aunque el dinero ruso pueda suponer un balón de oxígeno a muy corto plazo, la ciudadanía de Ucrania es consciente de que se trata de un regalo envenenado que sí tiene profundas contrapartidas económicas y políticas derivadas de quedar atados a la órbita rusa durante muchas generaciones. Lo que impulsa la movilización popular en Ucrania no es solo un respiro económico transitorio, sino un empuje dirigido a la modernización del país, sacándolo del nepotismo y las viciadas estructuras empresariales, para profundizar en la democracia, los derechos ciudadanos y la renovación del sistema productivo. Objetivos anhelados por una inmensa mayoría que los ve factibles dentro de la Unión Europea, y prácticamente inalcanzables si son convertidos en un peón de Moscú, percepción cargada de verdad.

El modo de operar de Vladimir Putin en esta crisis ha rozado un estilo gansteril más que preocupante. La Unión Europea ha tratado a la actual Rusia con las fórmulas propias de una colaboración entre democracias. El reciente despliegue de misiles rusos en las fronteras con Europa y los rudos chantajes económicos utilizados en conflictos como el ucraniano, revelan con claridad que el Kremlin no responde a ese trato con la misma moneda sino con una mentalidad imperialista derivada de la extinta “guerra fría”, cuyo fin es doblegar e imponer su criterio como renovada superpotencia. La Unión Europea debe tomar buena nota de esta forma de comportarse y trazar una línea de acción que frene las crecientes coacciones rusas.

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